Autor: edgardo (Página 2 de 25)

¿Jesucristo o Pantagruel?

Las fiestas navideñas y de Pascua constituyen importantes celebraciones de la tradición cristiana. Tienen -entre otras- una característica principal: el exceso de comidas y bebidas. Pareciera que, en lugar de la recordación cristiana que celebra el nacimiento o resurrección de Jesús, el festejo se inclina hacia una marcada evocación de Pantagruel y Gargantúa, los personajes de Francois Rabelais. Este autor, con especial humor, narra la historia de dos gigantes totalmente diferentes de los malvados ogros que formaban parte de los clásicos relatos de su época. En este caso, se trataba de dos gigantes glotones y bonachones.

En nuestras tradicionales evocaciones, unos más y otros menos, los festejantes se vuelcan hacia mesas atiborradas de alimentos diversos, elaborados tanto con cariño y esmero como con excesivo tenor graso.

Además de las comidas, se incluyen todas las variedades de típicas golosinas, dulces, frutos secos, tortas, panes dulces, turrones y otras delicias de origen más comercial que tradicional, destacándose en la celebración de Pascua los clásicos huevos y animalitos de chocolate.

Las bebidas hacen lo suyo: cantidades abundantes de glucosa son transportadas por los torrentes de bebidas gaseosas, y el alcohol muchas veces transforma el centro de gravedad en un columpio en movimiento.

No estoy en contra de las celebraciones, es un momento de encuentro, de alegría, de placer social, y es bueno dejarse llevar por todo esto, que ayudará al abrazo sentido y cariñoso con los seres queridos y al recuerdo posterior.

Pero pasado el tiempo de festejo, es el momento de dar un poco de descanso a nuestro cuerpo, que ha sido sometido a excesos diversos y acumula secuelas que muchas veces se perciben en los días sucesivos.

Lo ideal sería iniciar unos días de limpieza orgánica mediante el consumo de frutas, que además de proveer agua y minerales, estimulan la depuración orgánica.

Para los que tienen una voluntad más poderosa, es recomendable un ayuno de 36 horas. Esto es muy fácil de hacer: podemos comenzar no cenando, pasar el día siguiente bebiendo mucha agua mineral, y luego de dormir esa noche, iniciar el próximo día comiendo algunas frutas frescas (no ácidas), para gradualmente volver a nuestra alimentación habitual. (Consejo: hacer esto en un día de plena actividad. Realizar un ayuno en domingo será triste y antisocial.)

¡Hasta la próxima!

Intuición: una capacidad olvidada.

En la actualidad estamos sobrecargados de información. Ya no hay tiempo para analizar la cascada de datos y noticias que nos llega por distintas vías. Considerando únicamente lo que recibimos por medio de los teléfonos llamados inteligentes, necesitaríamos invertir muchas horas para ver o escuchar todo.

Como falta el tiempo, recurrimos a la superficialidad. Es así como incorporamos datos bursátiles, análisis políticos o el casamiento de un integrante de la farándula como si tuvieran el mismo grado de importancia.

Esto fortalece nuestras decisiones o simplemente nos aturde; me inclino a pensar en la segunda opción como resultado para la mayoría de las personas.

Lo más complicado es que esta saturación de informaciones diversas trae dispersión y la sensación de que sabemos más. Que tenemos más recursos a la hora de tomar decisiones acertadas.

En lo personal valoro la información, pero siempre aplico el axioma que suele utilizar el escritor DeRose: “¡no crea…!” Lacónico y extraordinariamente útil para la vida práctica y la construcción de una vida propia.

Actualmente se analiza todo, en forma exagerada, teorizando en general sobre los hechos ya ocurridos. Esta mecánica nos aleja cada vez más de una capacidad propia del ser humano: el desarrollo y uso de la intuición para la toma de decisiones rápidas y con sentido práctico.

Hay una excesiva credulidad en el análisis que realiza el considerado especialista. Una excesiva confianza en el conocimiento teórico.

Al fin de cuentas yo estoy aquí porque, hace miles de años, alguno de mis antecesores tomó una rápida decisión cuando iba a ser atacado por un tigre hambriento. No se detuvo a pensar y realizar un análisis de las probabilidades. Simplemente decidió algo, tal vez luchar o huir… Los Emprendedores en la actualidad saben de eso, prueban, intentan, confían más que otros en sus propios instintos y en su capacidad intuicional. Se equivocan muchas veces, pero cuando aciertan nos brindan un conocimiento nuevo y favorecen la evolución.

Como nos sugieren los estudiosos del fenómeno denominado el cisne negro, tenemos una fuerte tendencia a justificar los hechos que nos sorprenden haciéndolos predecibles en forma retrospectiva. Sería más natural fortalecernos y desarrollar la capacidad de adaptación inmediata ante lo que nos impacte, sabiendo que existen muchos episodios en nuestra vida que no sabemos que ocurrirán. La historia nos muestra una gran cantidad de hechos que parecía imposible que ocurriesen, que nadie los imaginó y que causaron un fuerte impacto modificando la vida de miles de personas.

La intuición es una capacidad que está como una herramienta disponible para ser usada. La práctica de la técnica de meditación es la más efectiva de esas herramientas, pero es común que esté herrumbrada y olvidada por falta de uso. Lo bueno es que existen mecanismos técnicos para ponerla en uso y a nuestro favor. Vale la pena.

Hasta la semana próxima.

Valoremos la sonrisa.

La sonrisa se remonta más lejos en la Prehistoria que cualquier antepasado que vagamente se asemeje al homo sapiens.

La sonrisa nerviosa y fugaz del monito retozando, la ancha sonrisa del chimpancé que se dispone a gestar una broma pesada, la primera sonrisa reflexiva del bebé humano a su madre, todos estos gestos son recuerdos de un antiguo linaje.

En las esculturas griegas observamos cómo estos modelos, barbados o lampiños, con peinados o uniformes diferentes poseen algo en común: los labios curvados, formando una sonrisa. Tal vez la denominada “sonrisa arcaica” que intenta simbolizar un destello de divinidad presente en el hombre feliz.

La ciencia nos dice que la tendencia tan humana de mirar hacia el futuro con optimismo descansa en lo profundo del cerebro. Investigadores de la Universidad de Nueva York identificaron una red de circuitos cerebrales que se activa cuando nos imaginamos viviendo una vida larga, sana y plena de logros.

El periodista Andrés Oppenheimer señala en su reciente libro ¡Cómo salir del pozo! que habiendo entrevistado a distintos investigadores de prestigiosas universidades existe un consenso cada vez mayor que el éxito no conduce a la felicidad sino que es la felicidad un factor que conduce al éxito.

“Nuestros resultados sugieren que mientras el pasado está cerrado, el futuro está abierto a interpretación, lo que permite a las personas tomar distancia de posibles eventos negativos y acercarse hacia aquellos que son positivos”, conforme el informe publicado por los científicos del Phelps Lab de la Universidad de Nueva York.

El equipo de científicos sometió a un grupo de voluntarios a estudios de resonancia magnética funcional, para examinar sus cerebros mientras se les pedía que se imaginaran a sí mismos en futuros eventos como “ganar un premio” o “terminar con una relación amorosa”.

En esta complejidad de elementos que se ponen en funcionamiento ante lo positivo, la sonrisa es la llave que da inicio a una secuencia de reacciones en cadena.

La sonrisa aproxima, conecta. Es alivio y genera el bienestar del buen humor. Y el buen humor es lucidez, es una forma de inteligencia que nos hace reír de todo a condición de que en primer lugar logremos reírnos de nosotros mismos. Como la autocrítica del gran Woody Allen, que con sutil ironía nos dice: “de lo único que me quejo es de no ser otro”.

Hasta la próxima.

¡Limpiá el mundo, empezá por vos!

El ser humano se encuentra perturbado en su equilibrio biológico por sus costumbres de vida y por la invasión química del medio que lo rodea y que no cesa de crecer.

Esto es consecuencia del progreso y debemos asumir sus consecuencias.

Randall Fitzgerald, en su libro Cien años de mentira, nos informa que en los EEUU más de 3000 substancias químicas sintéticas son adicionadas a los productos alimenticios y ninguna de ellas fue testeada con relación a su potencial sinérgico (interactivo) con otras substancias y la capacidad de producir toxinas en el organismo. Esto se extiende a cosméticos, productos de limpieza y muchos otros.

Si a esto le sumamos la contaminación ambiental, la polución del aire y de las aguas, las cuales sufren un deterioro progresivo alarmante, pareciera ser que estamos ante un cuadro que podría generar una profunda desazón.

Sin embargo, tenemos que tomar actitudes positivas e inteligentes para actuar en consecuencia. Con relación a la selectividad de alimentos dar prioridad a los menos procesados y principalmente orgánicos. Al elegir frutas y verduras demos prioridad a las de estación, las cuales tienen mayor cantidad de nutrientes por haber estado menos tiempo en depósitos o cámaras frigoríficas.

Eliminar las carnes y sus derivados, en virtud de que constituyen la mayor fuente de toxinas, además de las hormonas, antibióticos y drogas diversas que llegan a nuestros platos. Esto sin considerar cuestiones de sensibilidad y sentido común. Como alguna vez expresó Kafka un día que su mirada se posó en unos peces del acuario de Berlín: “Ahora al menos puedo mirarlos en paz, ya no me los como”.

Y en esta incorporación de hábitos saludables es recomendable la utilización de técnicas de limpieza orgánica, las cuales ya eran utilizadas por antiguas culturas para estimular el funcionamiento de los emuntorios o sistemas de eliminación que posee nuestro organismo.

El Método DeROSE utiliza técnicas milenarias simples y efectivas, para fortalecer la capacidad inmunológica, recuperando la energía que habitualmente gastamos en la lucha constante del cuerpo contra los agentes que nos intoxican.

¡Hasta la próxima semana!

Hablando sobre conciencia.

Habitualmente encontramos esta palabra escrita de dos formas diferentes: conciencia y consciencia. Según el Diccionario panhispánico de dudas, de la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española (Santillana, 2005), conciencia significa ‘reconocimientos en ámbitos de ética y moral’: conciencia del bien y el mal.

Mientras que consciencia alude al ‘reconocimiento de la realidad, en un sentido metafísico más general’, ya no sólo relacionado con la ética y moral. Aunque las dos voces son válidas, el diccionario citado indica que conciencia, sin s, expresa ambos sentidos; por lo que es más recomendable emplear ésta en todos los casos.

Teniendo en cuenta esta recomendación avancemos para tratar de determinar qué es la conciencia. Algunos autores, entre los que cito a Annie Besant,  definen que conciencia y vida son idénticas, dos nombres distintos para una misma cosa, según se la mire interior o exteriormente. No habría vida sin conciencia y no habría conciencia sin vida.

Al decir que la vida es más o menos conciente no pensamos abstractamente en la vida, sino en algo “viviente” y con la capacidad de ser, más o menos, conocedor de lo que le rodea.

Es muy habitual que en el deseo de entender lo que se denomina conciencia caigamos en lo complejo, en lo abstracto e incluso en lo místico, lo cual termina siendo una paradoja, dado que lo grandioso es tornar simple lo complejo y no lo contrario.

Mi interés es simplificar y proporcionar elementos para comprender el fenómeno desde una perspectiva real y concreta. Por lo tanto tomaré el término conciencia simplemente como mayor conocimiento de algo. Sartre afirmaba  que la conciencia es todo el conocimiento, no sólo un acto.

En el pensamiento occidental, se concibe el conocimiento como una relación entre sujeto y objeto más un tercer elemento que es la imagen, o un concepto, en caso de algo muy abstracto. Sin embargo, en textos antiguos que reflejan la interpretación imperante en la India Antigua, se establece que al haber una ampliación de la conciencia existe un real conocimiento, trascendiendo la relación sujeto y objeto y alcanzando al proceso de identidad completa entre conocedor y objeto conocido. El observador deja de simplemente ver y pasa a ser aquello que observa, conociendo su verdadera naturaleza o identidad.

La forma de obtener esa capacidad es por medio del aquietamiento de la mente, la concentración y la meditación.

Recomiendo el libro del Profesor DeRose Mindfulness y meditación https://ebooks.derosemethod.com/library/publication/mindfulness-meditacao

Recuerde que en un mundo plagado de incertidumbre quien tenga certezas, tendrá poder.

Hasta la próxima.

Conectarnos con la inmensidad de la que somos parte.

Foto por Cameron Kirby

María Mitchell, la primera astrónoma académica de los EEUU, escribió: “No mires las estrellas únicamente como puntos brillantes. Trata de absorber la inmensidad del universo”. Y en su inolvidable libro El Principito, nos dice Saint-Exupery: “solo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible a los ojos”.

Podría citar otras frases o pensamientos que expresan la necesidad humana de conectar con una forma de vida más integrada a una existencia de la cual somos parte y que hemos dejado de percibir. Una manera que trascienda nuestra individualidad y nos permita estar en sintonía con algo más grande que nosotros. Esa actitud dará mayor sentido a nuestras vidas.

Esta conexión nos enriquece, amplía nuestra perspectiva sobre el mundo y sus
fenómenos, y nos hace sentir más completos. Por el contrario, cuando salimos de esa sensación de unión, perdemos el eje, desperdiciamos energía, nos desenfocamos y finalmente equivocamos el rumbo. Como consecuencia tenemos menos certezas y crece en nosotros una sensación de vacío existencial que no siempre conseguimos explicar racionalmente.

Para compensar la angustia que suele acompañar este proceso, la humanidad corre detrás de pequeños logros cuyo tiempo de disfrute es finito. Finalizada esa sensación de efímera felicidad, comienza todo otra vez y se va instalando un bucle que se actualiza y realimenta constantemente, cambiando el objeto de deseo de manera interminable. Una especie de sensación de vivir viviendo.

Mircea Eliade, en su libro Lo sagrado y lo profano, nos ayuda a comprender la gran
diferencia entre la forma de estar en el mundo de los integrantes de las sociedades
arcaicas y la de las comunidades occidentales y modernas. El autor presenta lo sagrado y lo profano como dos situaciones existenciales asumidas por el ser humano a lo largo de su historia, y utiliza la palabra hierofanía para denominar el acto de esa manifestación de lo sagrado en lo cotidiano, en la realidad profana.

Esta actitud ante la existencia no debe ser tomada como una vivencia religiosa, dado que estamos hablando de sociedades anteriores a las religiones institucionalizadas. Sociedades que convivían con la naturaleza, aprendían de ella y la respetaban, porque también dependían de todo lo que les proporcionaba. Para aquel ser humano —primitivo— un objeto cualquiera, como una piedra o un árbol, o todo lo que formaba parte de sus funciones vitales (alimentos, sexualidad, trabajo, etc.) se podía transmutar a una condición sagrada, a pesar de seguir siendo árbol, piedra o lo que fuera. La naturaleza o el cosmos en su totalidad podían convertirse en hierofanía.

El concepto de hierofanía lo comprendí hace muchos años, al escuchar una charla que dio el cacique de la comunidad guaraní Fortín Mbororé, en las cercanías de Puerto Iguazú, provincia de Misiones. Era una conmemoración interna de la comunidad, relacionada con el día de la tierra, a la que tuve el privilegio de asistir porque integraba un grupo que colaboraba con ellos. Escuchar a Don Antonio —así se llamaba el anciano cacique— hablar de la tierra y su valor para su comunidad, con lenguaje simple pero desde un sentir verdadero y profundo, me permitió comprender lo que es estar verdaderamente integrado a la Naturaleza. Nunca lo olvidaré.

Debemos reaprender a vivir con lo que está vivo. Volver a sentir el mundo que habitamos, percibirlo desde el corazón y conectarnos con lo esencial.

Hasta la próxima.

La libertad, una oportunidad para ser mejor.

Mucho se ha escrito sobre esta palabra, mucho se ha hecho en nombre de este bien, muchos ofrendaron su vida para frenar el avance de aquellos que pretendían cercenar libertades de cualquier índole.

Himnos, marchas, canciones, poemas, esculturas, pinturas y diferentes manifestaciones artísticas  expresaron esa innegable necesidad humana de sentirse libre y luchar contra la opresión.

Nada de lo que nutre nuestra historia ha sido en vano. Esfuerzos y sacrificios nos permitieron construir una forma de vivir en donde existen más libertades y posibilidades.

Cuantos nombres quedaron grabados en mentes y corazones, como emblemas del sentimiento de “ser libres”.

Sin embargo, existe un concepto de libertad que es más profundo. Que trasciende los derechos sociales y las conquistas políticas. Es la libertad interior del hombre: esa conquista que solamente podremos obtener instalando la vocación de libertarnos de nuestros condicionamientos y que conlleva a  la superación.Un deseo anhelado por filósofos y pensadores de todos los tiempos y diversas culturas.

Albert Camus, el célebre escritor y ensayista que obtuviera el premio Nobel de literatura nos dejó una frase muy interesante: “La libertad no es nada más que una oportunidad para ser mejor.»

Desde este pensamiento, podemos afirmar que efectivamente la conquista de la verdadera condición de libre, el ser humano debe buscarla  desde el deseo de mejorar.

Instalando  la voluntad de modificar la raíz de los condicionamientos y paradigmas que nos llevan a actuar por inercia y no siempre por elección consciente.

No se entiendan mal mis palabras, no se trata de un pensamiento individualista para aislarse, recluirse o no participar de las causas justas y necesarias que nos permitan obtener mayores libertades sociales, por el contrario, la intención es estar totalmente integrados a la sociedad. Y justamente, para ser más útiles y solidarios, debemos ser más libres, auténticos y lúcidos.

No es fácil porque cada uno de nosotros es a la vez cincel y escultura. Somos nosotros mismos los que debemos observarnos, para superarnos, para construirnos cada día.

Como la práctica es mucho más valiosa que la teoría, hagamos un simple ejercicio: sentémonos cómodos, cerremos los ojos y hagamos un par de respiraciones profundas y nasales para aquietarnos. Primero el cuerpo, luego la respiración que empieza a ser más lenta y sutil. Gradualmente se irán aquietando las emociones y pensamientos.

Ya en este estado de mayor introspección  imaginemos que podemos observarnos a nosotros mismos, desde un plano más elevado. Veamos cómo transcurre un día de nuestras vidas. Que hacemos, que nos causa placer y que cosas no nos gusta hacer. Observemos nuestros hábitos y costumbres. En este momento la realidad adquiere otra dimensión, todo es pequeño, analizable y posible de cambiar o mejorar.

Algunas cosas están bien, pero tal vez no sean suficientes. Otras, las hacemos sin conciencia, sin haberlas elegido, sin placer.

Algunas obedecerán a elecciones realizadas y desearemos mantenerlas. Tal vez realicemos un trabajo que no nos gratifica y podamos recordar aquella cosa que nos apasionaba y que dejamos de hacer, pero siempre anidamos el deseo de retomar.

Observemos  nuestro cuerpo, nuestra forma física, nuestra salud general. ¿Está temporalmente olvidado? ¿Necesitamos ocuparnos más de él?

¿Y nuestra alimentación es inteligente y se adapta a nuestra actividad?

¿Podemos mejorar nuestra situación afectiva o familiar?

¿Tenemos conductas agresivas? ¿Imponemos nuestra voluntad a otros como si fuera un derecho que nos asiste? ¿Creemos ser dueños de verdades absolutas?

Elijamos algo para modificar o potenciar, sabiendo que esa decisión incidirá para mejor en nuestra calidad de vida y estaremos ejerciendo el derecho a nuestra libertad de elección, a construir la vida que verdaderamente deseamos vivir y que es el derecho de todo ser humano. Ser más libres permitirá también conceder más libertad a las personas con las cuales convivimos.

Sin olvidarnos de la recomendación del Educador DeRose: La libertad es nuestro bien más precioso. En el caso de tener que confrontarla con la disciplina, si esta violentase a aquella, opte por la libertad.

Hasta la próxima.

DeRose, el saber que no envejece

Comienzo a escribir estas líneas pensando: ¿DeRose tendrá vida eterna? Un fácil acertijo cuya respuesta, todos conocemos. Comparto esta pregunta con el deseo de generar una reflexión íntima al regresar del aeropuerto en el cual DeRose y su esposa embarcaron de regreso a su ciudad, habiendo finalizado el evento que los trajo de visita a Buenos Aires. Una vez más tuve el honor de alojarlo y compartir tres días completos, lado a lado, con nuestro querido Profesor.

Fueron días de mucha actividad durante los cuales me sumé a su vida dinámica y cargada de docencia, logrando sumergirme en disertaciones, cursos, lanzamiento de algunos de sus libros con firma de autor y otros  momentos diversos, en donde siempre se rescata el ejemplo, la palabra justa, el silencio valioso y el afecto que llega con espontaneidad y simpleza.

En los momentos de esparcimiento también está presente el detalle aleccionador. Desde el plato especialmente elegido con delicadeza para compartir una sabrosa y agradable comida, hasta el paseo sin pretensiones, disfrutando del sol y las cosas bellas que aparecen en el camino. Todo está impregnado de un deseo de enseñar y compartir saberes que brotan con generosidad.

No hay comunidad, credo, disciplina o artesanía que no tenga sus maestros y discípulos, sus profesores y aprendices. El conocimiento es transmisión. Los maestros protegen e imponen la memoria. Los discípulos realzan, diseminan o traicionan la identidad del saber.

Es esencial estar cerca de aquellos que saben y enseñan con generosidad, incorporar su estilo, su manera de andar por la vida, el uso en la práctica de los conceptos y formas de vincularnos por medio de buenas relaciones humanas.

De esta forma, simple y natural, el conocimiento llegará a nuestros alumnos y personas queridas, como el agua de deshielo que se desliza desde lo alto de las cumbres nevadas.

Hasta la próxima.

Aprender de los ángeles

En la década del ‘80, Win Wenders dirigió una película excelente llamada originalmente El cielo sobre Berlín y conocida en español como Las alas del deseo.

En ella se relata la historia de dos ángeles que observan el mundo, en su mayor parte la ciudad de Berlín, y se sienten impactados por la vida que llevan los mortales, a quienes no pueden darse a conocer ni cambiarles hechos puntuales de su vida. Lo único que pueden hacer es reconfortarlos en situaciones de sufrimiento.

Lo interesante es que uno de estos ángeles comienza a sentir, con mucha fuerza, el deseo de formar parte de la vida mortal. Es tan intensa esa sensación, que incluso está dispuesto a sacrificar su inmortalidad para concretar ese deseo.

Los ángeles incorpóreos se cansan de su eterno voyeurismo y ansían la experiencia de vivir en forma corporal. Desean poder tomar cosas o sentir el contacto de una caricia.

Nosotros, en cambio, a pesar de la importancia que tiene en nuestra vida este cuerpo que habitamos, nos olvidamos de él y no siempre lo conocemos o cuidamos como lo merece. Tal vez porque estamos a diario inmersos en el fastuoso mundo físico por el cual suspiran los ángeles de la película de Wenders, solemos descuidarlo, acordándonos de él cuando nos expresa su malestar por medio de un dolor o somatización.

A través de los mitos, del arte y también de la ciencia, el hombre ha tratado de responder por medio del cuerpo a las tres preguntas que Paul Gauguin usó para titular uno de sus cuadros: ¿De dónde venimos? ¿Qué somos? ¿A dónde vamos?

Para obtener esas respuestas necesitamos establecer una relación más consciente con nuestra parte física. El DeROSE Method nos permite trabajarla de manera inteligente, sin espasmos ni excesos, disfrutando en esta tarea de sensaciones diversas, despertando todos los sentidos y construyendo los cimientos de una estructura fuerte que nos permitirá proyectarnos a una vida más plena y feliz.

Así como los ángeles, podremos ampliar nuestra sensorialidad, descubrir nuestros sentidos y percibir que, a través del cuerpo, el mundo nos toca.

Hasta la próxima semana.

La incertidumbre del porvenir

Estamos viviendo una etapa de mucho cambio y a una velocidad que se va acelerando, con consecuencias altamente desgastantes. Es como seguir conduciendo el mismo vehículo que antes, recorriendo los mismos caminos, pero a velocidades muy superiores a las que estábamos habituados, lo que genera un constante estrés.

Además, los caminos nos sorprenden con nuevos obstáculos y nos ofrecen atajos, curvas y encrucijadas que aparecen de manera sorpresiva, obligándonos a tomar decisiones inmediatas, con escaso análisis de las consecuencias que traerá aparejada cada una de ellas. Sin tiempo para analizar la decisión adoptada, ya se nos aparece otra situación que, antes de haber asimilado la anterior, nos fuerza a otro gasto de energía importante para optar por la acción que, en lo inmediato, consideramos más necesaria.

En este punto, se generaron diferentes formas de reacción, pero lo que más se observó fue la sensación de impotencia y ansiedad para modificar algo nuevo, invisible y que nos acechaba permanentemente. La crisis existencial, con esa sensación de que la vida carece de sentido, genera agobio, cansancio, desgaste orgánico, tensión emocional y estrés anticipado por situaciones aún no ocurridas, pero que imaginamos que nos harán estar peor.

Unas décadas atrás, la palabra futuro nos conectaba con una sensación de porvenir distante del momento presente. En la actualidad esa percepción cambió y el presente le pisa los talones a ese futuro que se percibe cada vez más cercano. Se ha producido una desestructuración de lo temporal. Darío Sztajnszrajber, para analizar la extrañeza que nos genera esta ruptura en la forma de sentir el tiempo, recurre a aquella escena en la que Hamlet ve al fantasma de su padre y dice: «El tiempo está fuera de quicio».

En este sentido, la última pandemia trajo un sinceramiento. Algo que ya venía gestándose se aceleró de manera inesperada, por un proceso repentino que causó desestabilización y un elevado estrés en una sociedad que ya estaba en el límite de su capacidad de resiliencia.

Esta incertidumbre acerca de un porvenir que no augura mayor felicidad y, en consecuencia, eleva la tensión al límite de lo recomendable, tiende a alimentar en forma compensatoria la incorporación de algunas válvulas de escape a esa presión: consumismo, trabajo excesivo, acceso a las drogas o el alcohol, constantes búsquedas terapéuticas, místicas y otras formas que suelen presentarse como recursos posibles para encontrar alivio, aunque más no sea temporario.

Es necesario que tomemos las riendas de nuestra propia vida y procuremos fortalecernos en forma integral, aprender a lidiar mejor con los obstáculos y situaciones que debamos atravesar y contar con recursos para adaptarnos rápidamente a los cambios y al estrés que nos generan. Debemos revisar nuestra forma de vivir y efectuar modificaciones que nos permitan asumir las exigencias de la actualidad, comprendiendo que no estamos viviendo una etapa excepcional y por lo tanto la velocidad de la transformación seguirá aumentando.

Si nos adaptamos, podremos administrar nuestras emociones y estrés. Es simple: se trata de aprender a usar otras herramientas. La administración de los sentidos, la concentración y la meditación están entre las más efectivas.

Hasta la próxima.

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