La estupidez como fenómeno de condicionamiento.

En uno de los contextos más oscuros del siglo XX, el pensador alemán Dietrich Bonhoeffer elaboró una reflexión que, aún hoy, conserva una vigencia inquietante.

Lejos de entender la estupidez como una limitación intelectual, la describió como un fenómeno mucho más complejo y, en cierto sentido, más peligroso: una forma de incapacidad para pensar de manera autónoma.

Para Bonhoeffer, el problema no radicaba en la falta de inteligencia, sino en la renuncia a ejercerla.

Esta distinción resulta fundamental.

Porque mientras la ignorancia puede ser corregida a través del conocimiento, la estupidez —en el sentido que él propone— se presenta como una resistencia activa a la reflexión. Una especie de cierre frente a la posibilidad de cuestionar aquello que se ha incorporado como verdad.

En el contexto actual, este fenómeno puede observarse con particular claridad en ciertos modos de circulación de la información.

Las redes sociales y los entornos digitales han ampliado de manera exponencial el acceso al conocimiento. Sin embargo, también han generado dinámicas en las que las ideas no siempre son procesadas, sino simplemente adoptadas y reproducidas.

En muchos casos, las personas comparten afirmaciones, opiniones o interpretaciones sin haberlas examinado en profundidad. No necesariamente por falta de capacidad, sino porque esas ideas encajan con marcos previos, con creencias ya instaladas, con paradigmas que operan de manera implícita.

Lo relevante no es el contenido en sí, sino el mecanismo.

Una idea es aceptada no por haber sido comprendida, sino por resultar familiar. Y, una vez incorporada, es defendida con una convicción que no siempre se corresponde con un análisis consciente.

En ese proceso, se configura una forma de pensamiento que se refuerza a sí misma. Las opiniones circulan dentro de espacios donde rara vez son cuestionadas, y cualquier disonancia tiende a ser descartada antes de ser considerada.

Así, lo que podría ser una oportunidad para ampliar la mirada se convierte, en algunos casos, en una reafirmación constante de lo ya conocido.

Desde la perspectiva desarrollada por Dietrich Bonhoeffer, este tipo de dinámica no responde simplemente a la desinformación, sino a una forma más profunda de funcionamiento: la dificultad para ejercer una reflexión autónoma en medio de estructuras que facilitan la adhesión inmediata.

Y es aquí donde el concepto de condicionamiento vuelve a cobrar relevancia.

Porque lo que se pone en juego no es solo qué se piensa, sino la capacidad de advertir cómo se está pensando. Cuando esa capacidad se debilita, el individuo puede quedar atrapado en circuitos de repetición que refuerzan sus propias creencias sin abrir espacio a la revisión.

Adquirir la capacidad de la auto observación de pensamientos y actitudes es un comienzo para salir de este laberinto de condicionamientos.

Condicionamientos: el instante antes de actuar.

Los condicionamientos suelen ser comprendidos como estructuras mentales: ideas, creencias, interpretaciones que organizan la manera en que percibimos la realidad. Sin embargo, su manifestación más evidente no ocurre en el plano del pensamiento, sino en el de la experiencia inmediata.

Un condicionamiento no es solo algo que se piensa. Es, ante todo, algo que se siente.

Todo parece suceder en una secuencia inevitable.

Se expresa como una reacción emocional que emerge con rapidez, muchas veces antes de que la conciencia pueda intervenir. Un gesto, una palabra, una situación aparentemente simple pueden activar respuestas intensas: enojo, miedo, ansiedad, rechazo. Y en ese mismo instante, el cuerpo se tensa, la respiración se altera, la mente comienza a justificar

Desde esta perspectiva, podría decirse que los paradigmas no operan únicamente como marcos conceptuales, sino como estructuras vivas que atraviesan el cuerpo y la emoción. No solo determinan lo que pensamos sobre el mundo, sino cómo lo experimentamos.

Por eso, comprender un paradigma no es suficiente para transformarlo.

Una persona puede reconocer racionalmente que ciertos patrones ya no le resultan útiles —en sus vínculos, en su trabajo, en su forma de vivir— y, sin embargo, seguir reaccionando de la misma manera. Esto ocurre porque el condicionamiento no ha sido desactivado en el plano donde realmente se sostiene: el de la respuesta emocional automática.

En este punto aparece una de las claves más sutiles del proceso de cambio.

Entre lo que ocurre y la reacción que se desencadena, existe un instante. Un intervalo breve, casi imperceptible, que suele pasar desapercibido. Sin embargo, es allí donde reside la posibilidad de transformación.

En ese espacio, la reacción aún no se ha completado. El impulso está presente, la emoción ya se ha activado, pero la acción todavía no ha sido ejecutada.

Ese instante es el lugar de la auto observación.

No como una idea, sino como una capacidad: la de observar lo que está ocurriendo sin quedar completamente absorbido por ello.

El problema es que, en la mayoría de los casos, ese espacio no es percibido. La velocidad del condicionamiento, sumada a la identificación con la emoción, hace que la reacción se despliegue automáticamente. No se elige responder de cierta manera: simplemente sucede.

Por eso, el desarrollo de la conciencia no consiste en eliminar las emociones ni en evitar los estímulos, sino en entrenar la capacidad de administrar ese intervalo.

De ampliar, aunque sea levemente, ese espacio entre el estímulo y la respuesta.

A partir de allí, el cambio deja de ser una imposición externa para convertirse en una posibilidad real.

Porque cuando la reacción no es inmediata, aparece algo distinto: la observación y la elección. Administrar la respiración, entrenar la concentración y meditación son poderosas y necesarias herramientas para incorporar.

Sentir el mundo que habitamos

María Mitchell, la primera astrónoma académica de los EEUU, escribía: “No mires las estrellas únicamente como puntos brillantes. Trata de absorber la inmensidad del universo”.

Saint-Exuperí en su inolvidable libro El Principito, nos decía “solo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible a los ojos”

Podría seguir citando frases o pensamientos que expresan una necesidad humana de conectar con una forma de vida más integrada a una existencia de la cual somos parte y que dejamos de percibir.

Una manera que trascienda nuestra individualidad y nos permita estar en sintonía con algo más grande que uno. Una actitud que le dará mayor sentido a nuestras vidas.

Esta conexión nos enriquece, amplía nuestra perspectiva sobre el mundo y sus fenómenos, y nos hace sentir más completos. Por el contrario, cuando salimos de esa sensación de unión, perdemos el eje, desperdiciamos energía, nos desenfocamos y en consecuencia equivocamos el rumbo. Como consecuencia tenemos menos certezas y crece una sensación de vacío existencial, que no siempre conseguimos explicar racionalmente.

Para compensar la angustia que suele acompañar este proceso, la humanidad corre detrás de pequeños logros, cuyo tiempo de disfrute es finito. Finalizada esa sensación de efímera felicidad, comienza todo otra vez y se va instalando un bucle que se actualiza y realimenta constantemente, cambiando el objeto de deseo de manera interminable. Una especie de sensación de vivir viviendo.

Mircea Eliade en su libro Lo sagrado y lo profano, nos ayuda a comprender la gran diferencia entre la forma de estar en el mundo de los integrantes de las sociedades arcaicas y las comunidades occidentales y modernas. El autor nos habla de lo sagrado y lo profano, constituyendo dos situaciones existenciales asumidas por el ser humano a lo largo de su historia y utiliza la palabra hierofanía para denominar el acto de esa manifestación de lo sagrado en lo cotidiano, en la realidad profana.

Esta actitud ante la existencia, no debe ser tomada como un proceso religioso, dado que estamos hablando de sociedades anteriores a las religiones institucionalizadas. Sociedades que convivían con la naturaleza, aprendían de ella y la respetaban porque también dependían de todo lo que les proporcionaba. Para este ser humano -primitivo- un objeto cualquiera como una piedra o un árbol o todo lo que formaba parte de sus funciones vitales (alimentos, sexualidad, trabajo, etc.), se podía transmutar a una condición de carácter sagrado, a pesar de seguir siendo árbol o piedra. La naturaleza o el cosmos en su totalidad podía convertirse en hierofanía.

Hace muchos años, pude comprender el significado de hierofanía, al escuchar una charla que dio el cacique de la comunidad guaraní Fortín Mbororé, en las cercanías de Puerto Iguazú, provincia de Misiones. Era una conmemoración interna de la comunidad, relacionada al día de la tierra y a la que tuve el privilegio de poder asistir, por integrar un grupo que colaboraba con ellos. Escuchar a Don Antonio, así se llamaba el anciano cacique, hablar de la tierra y su valor para su comunidad con un lenguaje simple, pero desde un sentir verdadero y profundo, trascendía el leguaje verbal y me permitió comprender lo que es estar verdaderamente integrado a la Naturaleza. Nunca lo olvidaré.

Debemos reaprender a vivir con lo que está vivo. Volver a sentir el mundo que habitamos, a percibirlo desde el corazón y conectarnos con lo esencial.

Sentir el mundo que habitamos

María Mitchell, la primera astrónoma académica de los EEUU, escribía: “No mires las estrellas únicamente como puntos brillantes. Trata de absorber la inmensidad del universo”.

Saint-Exuperí en su inolvidable libro El Principito, nos decía “solo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible a los ojos”

Podría seguir citando frases o pensamientos que expresan una necesidad humana de conectar con una forma de vida más integrada a una existencia de la cual somos parte y que dejamos de percibir.

Una manera que trascienda nuestra individualidad y nos permita estar en sintonía con algo más grande que uno. Una actitud que le dará mayor sentido a nuestras vidas.

Esta conexión nos enriquece, amplía nuestra perspectiva sobre el mundo y sus fenómenos, y nos hace sentir más completos. Por el contrario, cuando salimos de esa sensación de unión, perdemos el eje, desperdiciamos energía, nos desenfocamos y en consecuencia equivocamos el rumbo. Como consecuencia tenemos menos certezas y crece una sensación de vacío existencial, que no siempre conseguimos explicar racionalmente.

Para compensar la angustia que suele acompañar este proceso, la humanidad corre detrás de pequeños logros, cuyo tiempo de disfrute es finito. Finalizada esa sensación de efímera felicidad, comienza todo otra vez y se va instalando un bucle que se actualiza y realimenta constantemente, cambiando el objeto de deseo de manera interminable. Una especie de sensación de vivir viviendo.

Mircea Eliade en su libro Lo sagrado y lo profano, nos ayuda a comprender la gran diferencia entre la forma de estar en el mundo de los integrantes de las sociedades arcaicas y las comunidades occidentales y modernas. El autor nos habla de lo sagrado y lo profano, constituyendo dos situaciones existenciales asumidas por el ser humano a lo largo de su historia y utiliza la palabra hierofanía para denominar el acto de esa manifestación de lo sagrado en lo cotidiano, en la realidad profana.

Esta actitud ante la existencia, no debe ser tomada como un proceso religioso, dado que estamos hablando de sociedades anteriores a las religiones institucionalizadas. Sociedades que convivían con la naturaleza, aprendían de ella y la respetaban porque también dependían de todo lo que les proporcionaba. Para este ser humano -primitivo- un objeto cualquiera como una piedra o un árbol o todo lo que formaba parte de sus funciones vitales (alimentos, sexualidad, trabajo, etc.), se podía transmutar a una condición de carácter sagrado, a pesar de seguir siendo árbol o piedra. La naturaleza o el cosmos en su totalidad podía convertirse en hierofanía.

Hace muchos años, pude comprender el significado de hierofanía, al escuchar una charla que dio el cacique de la comunidad guaraní Fortín Mbororé, en las cercanías de Puerto Iguazú, provincia de Misiones. Era una conmemoración interna de la comunidad, relacionada al día de la tierra y a la que tuve el privilegio de poder asistir, por integrar un grupo que colaboraba con ellos. Escuchar a Don Antonio, así se llamaba el anciano cacique, hablar de la tierra y su valor para su comunidad con un lenguaje simple, pero desde un sentir verdadero y profundo, trascendía el leguaje verbal y me permitió comprender lo que es estar verdaderamente integrado a la Naturaleza. Nunca lo olvidaré.

Debemos reaprender a vivir con lo que está vivo. Volver a sentir el mundo que habitamos, a percibirlo desde el corazón y conectarnos con lo esencial.

Hasta la próxima

La conexión y la comunicación

Hace unos días observaba a la mamá de un hermoso bebé, en una instintiva y tierna conversación. Ella realizaba diversos sonidos acompañados de gestos y el niño trataba de imitarlos iluminando su carita con asombro y sonrisas divertidas. Los sonidos eran solo eso. No tenían un significado particular, no eran palabras ni frases codificadas. Solo estímulos sonoros, cargados de expresividad, amor y energía maternal, viajando desde la mamá al niño que, atento, intentaba retribuirlo.

Al observarlos, en mi mente florecían recuerdos de mis hijos cuando eran muy pequeños y de tantos otros niños que en algún momento iniciaron ese aprendizaje tan complejo, bello y sutil que es la comunicación con los otros seres.

La escena me hizo entender en forma práctica que los humanos traemos una necesidad de comunicarnos, como la tienen también todos los integrantes del reino animal. La diferencia es que en nuestras queridas mascotas ese lenguaje es innato, y en los Sapiens se requiere un aprendizaje de códigos que varía de cultura en cultura.

Este conjunto de sonidos y gestos que nos permite comunicarnos está profundamente vinculado a una manera de pensar. Las palabras evocan imágenes, las imágenes predicen a nuestra mente realidades, generan reacciones biológicas y emocionales, transmiten certezas o dudas, se transforman en acciones y mantienen activa esa fascinante maquinaria que es la comunicación humana.

Ahora bien, volviendo a mi pequeño maestro -que me está enseñando cómo se comunica sin todavía saber los códigos de lenguaje que durante años deberá incorporar-, observo que el vínculo de confianza con su mamá es el gran paso para establecer el deseo de entenderse.

Y allí está un importante nudo que dificulta el entendimiento, la falta de confianza con el otro. Traslademos la situación a un ejemplo simple: cuando alguien toca a nuestra puerta, si confiamos le abrimos, lo recibimos sonrientes, le ofrecemos hospitalidad y lo dejamos ingresar a nuestro espacio. Estaremos predispuestos a recibir su persona y su mensaje. En una conversación ocurre lo mismo: podemos abrir la puerta de acceso a nosotros, recibirlo con alegría e interesarnos por lo que tiene para decirnos con la intención de comprenderlo, o bien bloquear, cerrar, no escuchar y en algunos casos desencadenar violencia, de la cual no siempre es posible retornar. Generalmente esto ocurre por paradigmas incorporados.

Si el lenguaje y la comunicación están entonces tan ligados a la cultura formativa, debemos poner atención en revisar, actualizar y hasta modificar barreras preestablecidas. Recordemos que frecuentemente repetimos actitudes de las cuales no nos sentimos orgullosos.

Reacciones que incorporamos generalmente por imitación y utilizamos sin pensar. Si no lo modificamos, en cada oportunidad que esto ocurre el paradigma o condicionamiento se actualiza y fortalece. Si hay ganas, siempre podremos mejorar y lograr que muchas puertas comiencen a abrirse.

Hoy, millones de otros seres humanos están distribuidos en el planeta, con costumbres y formas diferentes, deseando vincularse. La tecnología impulsa la conexión y nosotros debemos favorecer la comunicación que establece la conexión. Hacerlo es reducir fronteras y un ejercicio para humanizarnos. Gracias, pequeño maestro por hacerme reflexionar.

Hasta la próxima.

El jardín de los senderos únicos

Una historia sobre paradigmas…

En una región de suaves colinas existía un jardín famoso por su orden perfecto. Desde la entrada partía un único sendero recto que atravesaba el lugar de punta a punta. A ambos lados crecían árboles podados con exactitud y flores que abrían todas a la misma hora.

Los visitantes caminaban sin dudar. El sendero indicaba por dónde ir, qué ver, cuánto detenerse. Al final, un cartel decía: “Así se recorre el jardín”.

Con los años, la gente dejó de notar el sendero. No lo elegían: lo seguían.

Un día, un jardinero nuevo comenzó a trabajar allí. Mientras regaba, observó algo curioso: entre las raíces de los árboles había huellas antiguas, casi borradas, que se desviaban del camino principal. Pequeños trazos de pasos olvidados.

Movido por la curiosidad, despejó un tramo de maleza y apareció un sendero tenue que conducía a un claro donde el viento sonaba distinto y la luz caía oblicua sobre el agua de una fuente escondida.

El jardinero no colocó carteles. Tampoco cerró el camino recto. Solo dejó visible el desvío.

Los primeros visitantes pasaron de largo. El sendero principal era claro, confiable, suficiente. Pero una niña se detuvo ante la abertura y miró hacia el claro. No sabía si ese era “el modo correcto” de recorrer el jardín. Dudó. Luego dio un paso fuera del trazado.

No encontró un paisaje mejor. Encontró otro.

Cuando regresó, alguien le preguntó qué había visto. La niña respondió:

—Que el jardín no termina donde termina el camino.

Con el tiempo, algunos comenzaron a elegir. Unos preferían la recta segura. Otros exploraban los desvíos. El jardín dejó de ser un recorrido único y se volvió una experiencia.

El viejo cartel permaneció, pero alguien escribió debajo, con letra pequeña:

“Vivir es elegir por dónde mirar”.Y el jardinero, al pasar, añadió sin firma:

“Elegir no crea el jardín; revela al caminante”.

La historia nos muestra que cuando el camino aprendido se vuelve el único imaginable, la elección desaparece sin que lo advirtamos. El paradigma organiza la experiencia como un sendero que parece natural. Pero basta un gesto de atención para descubrir que hay desvíos posibles. Vivir es elegir: no entre cosas externas, sino entre utilizar sin cuestionar el trazado o ver el marco que lo dibuja. Cambiar paradigmas heredados expande nuestras vidas.

Hasta la próxima.

El tiempo y la comunicación.

El tiempo es algo difícil de encasillar en una consideración. Intangible, fugaz, relativo, valioso, flexible, ambiguo… Podríamos compararlo con un ave, que eternamente vuela.
El hombre, ha logrado medir el tiempo mediante tecnologías diversas y paradójicamente, como una venganza de quien no quiere ser apresado, el tiempo es quien ahora domina al hombre.

Regulado por el reloj, se ha transformado en una mercancía de mucho valor. Algo lineal y mensurable como en algún momento de la historia definió Benjamín Franklin al decir el tiempo es dinero.

Desde hace décadas se trabaja contra reloj, sin embargo, definiciones del recordado filósofo Heródoto ilustran una diferencia conceptual sobre el tiempo y la actividad productiva: decía el historiador de Halicarnaso que en aquellas épocas se medía al tiempo por lo que el sujeto producía y no lo contrario.

Como vemos, el tiempo es fugaz, vago, impreciso y de difícil captura. Con una clara apreciación, el genial Albert Einsten ejemplificaba: …cuando te sientas dos horas junto a una persona querida, te parecen dos minutos. Cuando te sientas dos minutos sobre una plancha caliente, te parecen dos horas. Eso es la relatividad.Este análisis del tiempo y su valor, me conduce al valioso momento especial para la comunicación. El instante preciso para interferir en la vida del otro.

Puede ser por medio de una caricia, un abrazo, una mirada expresiva, una palabra aleccionadora, un llamado de atención, un consejo o tantas otras posibilidades como diversas son nuestras maneras de comunicarnos. Lo importante es sentirlo, tener la sensibilidad de percibir cuándo el receptor está permeable a aquello que estamos generando y transmitiéndole.

De nada valdrá insistir, y mucho menos si recurrimos a la agresión, la fuerza o la violencia. El receptor se bloqueará y construirá la más inexpugnable coraza que consiga. Como un antiguo fuerte medieval, levantará sus puentes levadizos, cerrará sus portalones y tratará de defender su posición con energía, sin analizar la naturaleza de lo que su paradigma está considerando un ataque.

Por ello, debemos desarrollar la sensibilidad del conocimiento correcto. De conocer al otro, de comprenderlo imaginando que somos él y descubrir qué siente.

En mis años de liderar grupos humanos, descubrí el valor del “mejor momento” para establecer contacto y lograr la verdadera comunicación. ¿Sabemos comunicarnos o estamos condicionados a imponer nuestras opiniones a ultranza? Para empezar, lo mejor es bajar la ansiedad y la emocionalidad que producen las elevadas expectativas. El paso siguiente, administrar la palabra que brota de nuestra garganta, alimentada por condicionamientos que impiden la certeza del análisis correcto.

Muchas veces habrá que aguardar el momento ideal. Otras, bastará simplemente incorporar una de las más poderosas tecnologías de avanzada: sonreír con sinceridad y esperar a que el puente baje y el portón se abra. Puedo asegurar que será más fácil que corazones y mentes establezcan sintonía.

Todo grupo necesita aprender a generar vínculos inteligentes, de comprensión y de uniones constructivas. En esta etapa de sobrada conexión recuperemos la capacidad de invertir tiempo en la verdadera comunicación.

Los sentidos, ventanas que conectan y confunden.


Tal vez nos resulte más sencillo describir o decir lo que nuestro sistema sensitivo no es, que intentar describir lo que es.
No se trata exclusivamente de un conjunto de cinco sentidos. No nos brinda una imagen real y auténtica del mundo exterior, e incluso puede ser engañado fácilmente. Toda sensación está ligada a la percepción, a la interpretación.

Como ha escrito el investigador y neurólogo Vernon B. Mountcastle, profesor emérito de la Universidad Johns Hopkins, “cada uno de nosotros cree que vive directamente en el mundo que lo rodea, que siente sus objetos y eventos en forma precisa, que vive en un tiempo real y actual. Yo afirmo que se trata de ilusiones de la percepción. Resumiendo, la sensación es una abstracción, no una réplica, del mundo real”.

A la información que nos trasladan las vías sensoriales se suman los condicionamientos adquiridos a priori, haciendo que cada persona perciba una realidad distinta.

La frase no vemos el mundo como es, lo vemos como somos, es muy acertada, porque nos revela que el conocimiento previo sobre lo que observamos modela nuestra interpretación y genera paradigmas que nos dificultan ver la realidad objetiva.

Desde niño escuché y me fue enseñado lo que ya en la antigüedad estableció el famoso Aristóteles, al postular el concepto de los cinco sentidos: vista, oído, gusto, olfato y tacto. Y allí terminaba la lista. En la actualidad la neurociencia ya ha comprobado que las informaciones sensoriales son más variadas y alimentan una mayor gama de sensaciones.

Cuántas percepciones, sensaciones y estímulos internos y externos captamos que no se encuentran catalogados en las famosas cinco vías sensoriales referidas por el célebre filósofo.

Además, existe una relatividad en las percepciones del sistema sensitivo y, como consecuencia, en la información que nos llega. Por ejemplo, si colocamos una mano en un recipiente con agua caliente y luego la pasamos a agua tibia, percibiremos una sensación fría. Si a continuación la metemos en agua fría y luego la volvemos a pasar al recipiente con agua tibia, nos parecerá más caliente que antes. Solamente en la piel poseemos miles de terminales nerviosas que captan estímulos y nos proporcionan sensaciones e informaciones variadas. La ciencia está buscando descubrir y comprender muchas otras percepciones interconectadas en complejas mallas de conexiones.

Hace milenios, antiguas filosofías percibieron empíricamente que cuando uno cierra los ojos y respira de manera lenta y profunda, se aquietan los sentidos y se abre un mundo de sensaciones sutiles y un estado de integración que reconforta y que ignorábamos poseer. La forma interna de sensación, llamada propiocepción, constituye un sentido que envía información de la misma forma que lo hace cualquiera de los otros. Sin una buena propiocepción los movimientos se vuelven torpes o desorganizados.

Para acceder a esos estados de conciencia ampliada se han elaborado técnicas que funcionan como llaves de acceso al autoconocimiento y, desde allí, nos dan la posibilidad de apreciar el mundo y sus fenómenos con mayor objetividad y certeza.
Una de esas llaves es la meditación.

La aspiración humana a ser libres

Cada día lo vivo como una aventura del conocimiento y la observación de las conductas humanas.

La variedad de reacciones que tenemos ante los mismos hechos es realmente inconmensurable. En ese mosaico de reacciones, observo que hay un gran miedo, tal vez inconsciente, a un valor fundamental: la libertad.

Como decía Jean Jacques Rousseau, el hombre nace libre, pero en todas partes está encadenado. Y justamente hacia esa línea de análisis dirijo mi reflexión. Al estado de libertad interior, absoluta, que supera grillos o cadenas de todo tipo.

Como las propias palabras limitan una de nuestras libertades, la de expresión, veamos qué podemos decir del concepto absoluto. Según los diccionarios de filosofía, ab solutus significa desligado de ataduras, algo que no depende de nada, que tiene su propia razón, causa y explicación en sí mismo. Para mí, una forma de referirse al autoconocimiento.

Y aquí empiezan mis barullos internos cuando observo que la aspiración humana a ser libre, por la cual el hombre ha luchado y continúa haciéndolo, se resume en un solo recurso: imponer una libertad sobre otra.

Debemos reconocer que, como especie, vamos muy lento. En términos de paradigmas, emociones y reacciones, hoy somos un modelo antiguo, a pesar de la acelerada evolución tecnológica. Reaccionamos habitualmente como hace miles de años, motivados por la ira o el miedo.

Y para fundamentar nuestras reacciones, necesitamos encasillar al otro dentro de alguna característica que lo diferencie. Su piel, su credo, su afinidad política, su simpatía deportiva. La sociedad resultante puede ser peligrosamente similar a la que describe George Orwell en su novela 1984.

Sin embargo, soy optimista y creo que el primer gran cambio necesario es volcar la atención hacia nosotros mismos. Conocernos más, saber si lo que hacemos es producto de una elección verdadera y consciente, o se trata de un hábito adquirido por herencia cultural y repetido sin analizar. A partir de allí podremos relacionarnos mejor con nosotros mismos y en consecuencia, con los demás.

El uso de técnicas surgidas en culturas milenarias, como concentración y meditación, constituyen herramientas valiosas para observarnos, reconocer nuestras actitudes y los condicionamientos que las generan. A partir de allí con determinación, podremos decidir sostenerlos o modificarlos, si así lo deseamos. Un comienzo para abrir la puerta hacia la ansiada autonomía y el bienestar que esto nos genera.

Desde mi experiencia personal lo recomiendo. Vale la pena intentarlo. Tal vez aprendamos a ser libres entre seres libres.

Hasta la próxima semana.

El umbral del comienzo: la fuerza simbólica del primer día del año.

Cada comienzo de año trae consigo una energía particular. No porque el tiempo, en sí mismo, se renueve – en realidad el tiempo sigue fluyendo sin interrupciones – sino porque los seres humanos necesitamos marcar hitos, crear umbrales simbólicos que nos permitan ordenar la experiencia y dar sentido al cambio.

El primer día del año no es un hecho objetivo transformador, pero si un potente símbolo subjetivo. Los calendarios son construcciones culturales, pero cumplen una función profundamente humana: nos ayudan a cerrar ciclos, a mirar hacia atrás y hacia adelante, a narrarnos la propia vida.

El primer día de enero opera como un “punto y aparte” colectivo. En ese día, muchas personas sienten que algo puede empezar de nuevo, que existe la posibilidad de corregir rumbos, ensayar otras formas de vivir, o al menos intentarlo una vez más.

Desde esta perspectiva, el inicio del año funciona como un rito de pasaje laico. No hay sacerdotes ni templos, pero sí un concepto tácito: dejamos algo atrás y nos abrimos a lo nuevo. Este ritual compartido refuerza la motivación, porque el cambio deja de ser un acto solitario. Cuando “todo el mundo empieza”, el deseo de transformación encuentra sostén social y emocional.

Sin embargo, esta motivación simbólica es ambigua. Por un lado, puede despertar esperanza y compromiso; por otro, puede generar expectativas desmedidas. Muchas veces depositamos en la fecha una promesa que no estamos preparados para sostener internamente. Esperamos que el cambio ocurra porque el calendario avanzó, cuando en realidad el cambio profundo requiere reflexión, paciencia y comprensión.

Aquí es donde conviene detenerse y mirar con más profundidad. Desde una mirada filosófica y contemplativa, el verdadero inicio no está determinado por el tiempo externo, sino por un acto interno de claridad. En antiguas tradiciones como el Sámkhya, el sufrimiento humano se explica en gran parte, por la identificación con automatismos, hábitos y condicionamientos. El cambio real comienza cuando somos capaces de observarlos, distinguirlos y elegir otra respuesta. Es habitual creer que elegimos libremente, pero muchas veces solo reaccionamos desde viejos programas.

En este sentido, el año nuevo no crea la transformación, pero puede ser el disparador de un acto de discernimiento. Nos motiva a preguntarnos cómo estamos viviendo, desde donde tomamos decisiones, que fuerzas nos mueven. No se trata solo de proponerse hacer más cosas, sino de comprender mejor por qué hacemos lo que hacemos.

Así, el año nuevo puede ser entendido como un umbral. No uno que se cruza automáticamente, sino uno que nos invita a elegir con más conciencia, con más honestidad y con más amabilidad hacia nosotros mismos y en consecuencia al mundo que habitamos. Pienso que posiblemente sea el cambio más profundo que podemos emprender.

¡Feliz 2026 !!!

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