Preservar lo esencial

Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo. Benjamín Franklin

Hace unos días tuvimos exámenes de instructores y profesores en la Federación del DeROSE Method de Argentina. Como es habitual se rindieron en un fin de semana las evaluaciones escritas y en el siguiente las pruebas prácticas.

Son días de plena inmersión en la tarea más importante: enseñar y aprender. Jornadas que se extienden desde la ocho de la mañana hasta el atardecer. Son muchas horas de atención para evaluar y ser evaluados.

Es la oportunidad de valorar y reencontrarnos con la ortodoxia del Método DeROSE, preservando su característica de transmisión del conocimiento sin modificaciones.

Cada año, se hacen presentes instructores de distintas localidades que revalidan y alumnos nuevos que rinden por primera vez, vibrantes de entusiasmo por comenzar a enseñar. La tecnología actual nos permite extender nuestras fronteras geográficas con eficiencia.

Los más antiguos, que ya son instructores o profesores, aunque se trata de un momento en que deben mostrar sus capacidades y progresos, tienen la tranquilidad de saber cómo será la jornada. Generalmente es más la ansiedad por ver el desempeño de sus alumnos, que las cosquillas que les produce su propio examen.

Es habitual que los que participan de las pruebas por primera vez se sorprendan al ver que los más antiguos son evaluados frente a los propios alumnos que ellos presentan a examen, sin temor de recibir observaciones y haciendo saber a los nuevos que cada año seremos evaluados y también estaremos evaluando a otros colegas en una sincera actitud de colaboración mutua para seguir mejorando.

Hay un compromiso para que todo se desarrolle sin tensiones, en un excelente clima de compañerismo y de alegría, sin que esto perjudique el profesionalismo, el buen desempeño y la preparación de los que rinden como así también por aquellos que tienen la gran responsabilidad de integrar las mesas examinadoras. Se perciben en estas jornadas dos importantes características de nuestra institución: alegría sincera y seriedad superlativa.

Ver a instructores y profesores dando excelentes clases y disertaciones o efectuando sólidas devoluciones en su función de examinadores, es consecuencia de su crecimiento profesional. Además, ser testigo de jóvenes que llenos de energía abrazan esta cultura para incorporarla a sus vidas y deciden transmitirla desde el rol profesional de instructores, me deja un caudal de sensaciones reconfortantes que oscilan entre la satisfacción del ideal cumplido y la renovación de los bríos para seguir con esta siembra, con dedicación y plenamente involucrados en el deseo de hacer un aporte a este mundo que compartimos.

Estas jornadas de evaluación se realizan en las distintas Federaciones que funcionan en varias ciudades y países, percibiéndose el mismo clima de compañerismo y a su vez un elevado sentido profesional.

En síntesis, hay un compromiso verdadero de asumir la tarea de preservar un legado basado en raíces muy antiguas, sistematizado por el Profesor DeRose, sin modificar su autenticidad y evitando que se pierda en el tiempo. Este ideal se enlaza perfectamente con la solidez del proceso formativo presente en las escuelas para los interesados en formarse profesionalmente, logrando que la filosofía y la profesión constituyan dos pilares que se sostienen mutuamente.

Un abrazo.

De quejas y fantasías.

Foto por Nicholas Kampouris

Observo en los que integran grupos de trabajo un proceso frecuente y progresivo de pérdida de entusiasmo en la tarea que realizan. Sin embargo, al conversar con ellos, me confiesan que antes de ingresar a ese trabajo o grupo, lo deseaban mucho.

Es más, habitualmente se han esforzado hasta lograrlo. Sin embargo, al poco tiempo de estar trabajando en ello surgen las decepciones, los reclamos, la sensación de estar exigidos de sobremanera y muchas otras impresiones generadoras de desánimo. Pareciera que durante la etapa del deseo se proyecta una fantasía que, a posteriori, no se condice con la realidad y genera frustración.

Como agudo observador de las emociones humanas, el escritor DeRose nos deja una frase que sintetiza esta conducta: “la felicidad o infelicidad son efectos ilusorios de causas relativas a la condición inmediatamente anterior”.

Antes de tener ese trabajo, el quejoso actual lo deseaba con intensidad. Al obtenerlo, la necesidad cambia y ahora prevalecen las insatisfacciones propias de la tarea que, por una proyección fantasiosa, no se habían tenido en cuenta.

En todas las profesiones existen aspectos que no nos entusiasman, pero son necesarios para poder desarrollarnos en lo que sí nos apasiona. Tengo un amigo que siempre fue un entusiasta de los deportes y la actividad física, y por ello estudió Educación Física, consiguió fortalecer su economía y llevó adelante su gran sueño: abrir un gimnasio. En la actualidad dedica más horas a tareas administrativas y comerciales que al trabajo corporal, que es su verdadera pasión… Otro conocido, artista plástico, me contaba su desazón por tener que dedicar horas de su día para conectarse con galerías y lugares que le permitan exponer sus obras y, además, comercializarlas, para poder vivir de su arte.

Podría mencionar otros casos similares, en diferentes profesiones. Siempre habrá aspectos de la tarea profesional que no son exactamente lo que más deseamos. En esos casos podemos hacer que esos aspectos comiencen a gustarnos, reconociendo que son necesarios para disfrutar de lo que nos apasiona.

Una decisión puede ser alimentar nuestra insatisfacción juntándonos con otros insatisfechos, para aumentar el desánimo y construir verdaderos clubes de frustrados.

Siempre lo más fácil será sentirnos víctimas en lugar de hacer una autocrítica auténtica reconociendo nuestras propias falencias y aproximarnos a los que están bien para aprender de ellos y obtener buenos resultados.

Lo único que verdaderamente permitirá el cambio será aquietar la emocionalidad y poner los pies sobre la tierra. Seguramente habrá que trabajar duro por lo que anhelamos, y persistir con entusiasmo, porque los buenos logros requieren tiempo para ser alcanzados.

Si en su empresa o lugar de trabajo hay cosas que le gustaría que cambien, no se queje volátilmente. Elabore una idea, genere un proyecto y preséntelo a los responsables con capacidad de decisión, ofreciéndose a ayudar.

El verdadero cambio, el que nos hace mejores personas, está más presente en el proceso que en el propio resultado.

¡Hasta la semana próxima!

El líder y el pintor

Fotografía por Ricardo Viana

Mi madre era dibujante y pintora. Nacida en Rosario en 1921, fue la única mujer aceptada por la Universidad de Bellas Artes de su ciudad natal, en épocas en que ellas eran objeto de fuerte discriminación para acceder a estudios universitarios, especialmente en carreras que socialmente se consideraban poco dignas para una mujer de buena familia y costumbres.

Su decisión y el apoyo de su padre hicieron posible que ingresara y lograra terminar los estudios.

Desde niño me gustaba mucho observarla en su atelier, retratando personajes diversos, con frecuencia mendigos que contrataba en la calle; ponía especial cuidado en ser fiel a las duras o variadas marcas que denotaban sus caras curtidas.

Mi madre trataba muy bien a esos modelos vivos: los alimentaba, dialogaba con ellos para tratar de conocerlos y, según me decía, “colocar en sus pinturas no solamente lo externo sino también algo de sus experiencias de vida”.

Cuando recuerdo esto, y especialmente el proceso previo de disponer los colores en su paleta, lo asocio con la preparación de la persona en cualquier actividad en la que desee avanzar y conquistar buenos resultados.

Los líderes, especialmente, se construyen mediante experiencias surgidas del acierto y el error. Para lograr liderar personas debemos conocerlas, y ese conocimiento surge de nuestras propias experiencias de vida.

Por ello, así como el pintor que cuenta con una paleta de muchas tonalidades podrá expresar en la tela variadas combinaciones y generar mejores resultados, el buen líder que amplía su mundo podrá acumular más experiencias para comprender a sus equipos. Logrará conducirlos utilizando diversos matices en su relación con ellos, tal como el artista suma gamas y tonalidades para llegar a la imagen final.

Liderar es un arte, tan complejo y cambiante como la pintura. Sujeto a las distintas tendencias sociales que van ocurriendo y a los cambios de emociones en las personas, de la misma forma en que constantemente cambian la luz o la sombra para el artista.

Sabemos que cada persona es un individuo singular y complejo al cual debemos comprender y conocer para ayudar a que desarrolle sus talentos y los sume al equipo que integra.

Así como el artista, mediante trazos firmes, va logrando aproximarse a la imagen más cercana a la realidad que observa o imagina, el líder debe lograr que su equipo comparta sus sueños y lo acompañe en el rumbo que su experiencia le indica como favorable en ese momento.

Para incrementar nuestro bagaje de experiencias tendremos que ampliar las fronteras de nuestro mundo en el trabajo. Implementar cosas creativas, como por ejemplo pasar un tiempo en la empresa de un cliente y conocer sus necesidades. Acercarnos a los líderes con más experiencia, integrar equipos multidisciplinarios, escuchar a los más antiguos y conversar con aquellos que ya se retiraron de la actividad y serán generosos por no estar ligados a intereses particulares. Conocer las necesidades y dificultades de los otros departamentos, encontrar un Mentor, liderar emprendimientos de cualquier tipo para desarrollar la capacidad de conducir, desde organizar una fiesta familiar o integrar grupos solidarios, hasta asumir la responsabilidad de un gran proyecto. Además, extender el aprendizaje a lo externo, viajando más, estudiando idiomas para comunicarnos mejor, leyendo mucho, ampliando nuestra cultura general (teatro, cine, museos, etc). Es fundamental mantener el cuerpo en buena forma cuidando la alimentación, practicando actividad física inteligente con disciplina, entrenando técnicas de concentración y meditación con miras al autoconocimiento.

En todas estas actividades conoceremos personas diversas y pasaremos por experiencias que enriquecerán nuestra capacidad de liderar grupos y tomar decisiones creativas.

Así como muchos pintan y pocos son artistas, observo a gran cantidad de personas que dirigen grupos, pero no son tantos los que verdaderamente lideran, como consecuencia de sus estrechos mundos personales.

Hasta la semana próxima.

El tiempo: intangible, fugaz y valioso.

El tiempo es algo difícil de encasillar en una consideración. Intangible, fugaz, relativo, valioso, flexible, ambiguo… Podríamos compararlo con un ave, que eternamente vuela.
El hombre, ha logrado medir el tiempo mediante tecnologías diversas y paradójicamente, como una venganza de quien no quiere ser apresado, el tiempo es quien ahora domina al hombre.Regulado por el reloj, se ha transformado en una mercancía de mucho valor. Algo lineal y mensurable como en algún momento de la historia definió Benjamín Franklin al decir el tiempo es dinero.

Desde hace décadas se trabaja contra reloj, sin embargo, definiciones del recordado filósofo Heródoto ilustran una diferencia conceptual sobre el tiempo y la actividad productiva: decía el historiador de Halicarnaso que en aquellas épocas se medía al tiempo por lo que el sujeto producía y no lo contrario.Como vemos, el tiempo es fugaz, vago, impreciso y de difícil captura. Con una clara apreciación, el genial Albert Einsten ejemplificaba: …cuando te sientas dos horas junto a una muchacha agradable, te parecen dos minutos. Cuando te sientas dos minutos sobre una plancha caliente, te parecen dos horas. Eso es la relatividad.Este análisis del tiempo y su valor, me conduce al valioso momento especial para la comunicación.

El instante preciso para interferir en la vida del otro. Puede ser por medio de una caricia, un abrazo, una mirada expresiva, una palabra aleccionadora, un llamado de atención, un consejo o tantas otras posibilidades como diversas son nuestras maneras de comunicarnos. Lo importante es sentirlo, tener la sensibilidad de percibir cuándo el receptor está permeable a aquello que estamos generando y transmitiéndole.

De nada valdrá insistir, y mucho menos si recurrimos a la agresión, la fuerza o la violencia. El receptor se bloqueará y construirá la más inexpugnable coraza que consiga. Como un antiguo fuerte medieval, levantará sus puentes levadizos, cerrará sus portalones y tratará de defender su posición con energía, sin analizar la naturaleza de lo que su paradigma está considerando un ataque.

Por ello, debemos desarrollar la sensibilidad del conocimiento correcto. De conocer al otro, de comprenderlo imaginando que somos él y descubrir qué siente.
En mis años de liderar grupos humanos, descubrí el valor del “mejor momento” para establecer contacto y lograr la verdadera comunicación. ¿Sabemos comunicarnos o estamos condicionados a imponer nuestras opiniones a ultranza? Para empezar, lo mejor es bajar la ansiedad y la emocionalidad que producen las elevadas expectativas. El paso siguiente, administrar la palabra que brota de nuestra garganta, alimentada por condicionamientos que impiden la certeza del análisis correcto.

Muchas veces habrá que aguardar el momento ideal. Otras, bastará simplemente incorporar una de las más poderosas tecnologías de avanzada: sonreír con sinceridad y esperar a que el puente baje y el portón se abra. Puedo asegurar que será más fácil que corazones y mentes establezcan sintonía. Todo grupo necesita aprender a generar vínculos inteligentes, de comprensión y de uniones constructivas. La Era de la Comunicación, es hoy.

Hasta la próxima.

Ojos que no ven, corazón que no siente.

Hace unos años, me encontraba circunstancialmente en una ciudad del interior de nuestro país. En esa oportunidad una persona amiga, conocedor de mi sensibilidad hacia la protección de los animales, me invitó a participar de la fiesta de aniversario de la Asociación Protectora de Animales de esa localidad. Acepté sin dudarlo y con el deseo de poder colaborar con la Asociación.

Al llegar a la fiesta, me recibió el presidente que era quién me había invitado y recorrimos el lugar. Llegamos a un amplio patio en donde se apreciaban grandes parrillas y asadores laboriosos que transpiraban sobre el fuego para cocinar variados tipos de animales que serían las atracciones especiales del festejo. Grandes cruces mostraban sobre el fuego a corderos y cerdos cocinándose a fuego lento mientras en las habituales parrillas se doraban en largas filas chorizos y morcillas.

Me sentí impresionado y sorprendido… tomé del brazo a mi amigo y lo invité a acompañarme hasta un letrero en donde se anunciaba que estábamos en la Sociedad Protectora de Animales.
Señalé el cartel indicador y le pregunté: perdóname, pero esta es una entidad dedicada a proteger la vida de los animales, ¿verdad? ¿De cuáles? ¿De los que no se comen?…
Mi amigo me miró, y en voz muy baja me respondió diciéndome: Tenés razón, es un poco incoherente, pero así logramos que más personas participen.
En más de cuatro décadas de no comer carne y sus derivados, fui encontrando distintas formas de resistencia por parte de las personas que sí la comen y que por paradigmas o simplemente por hábito no se abren a otras posibilidades.

Al viajar a otros países con culturas gastronómicas diferentes, pude comprobar que la alimentación es predominantemente un hecho cultural y social y que existen diversas opciones que no incluyen las carnes en sus dietas, negando la afirmación que su ingesta es imprescindible para estar bien nutrido.

Me marcó esa historia y me hizo pensar en la frase de Paul McCartney: si los mataderos tuvieran paredes de cristal todos seríamos vegetarianos.

Tal vez sería una buena excursión para el próximo fin de semana visitar un frigorífico o matadero y después decidir de qué deseamos alimentarnos.

Hasta la próxima.

Resetear nuestra mente.

Foto por: Callun Shaw

Estamos atravesando una situación de crisis e incertidumbre a nivel global que debe hacernos reflexionar sobre cómo actuamos en general. Es habitual que empresas, grupos diversos y asociaciones se reúnan para trazar estrategias y analizar debilidades. Puntos flacos donde un eventual ataque podría generar un daño importante a sus estructuras.

Sin embargo, no recuerdo haber participado de ninguna reunión en la cual se haya considerado en forma previa la posibilidad de ser atacados por un virus que desatara una pandemia a nivel mundial.

De haberse tenido en cuenta esa posibilidad, se habrían tomado precauciones que habrían reducido los daños que se registraron prácticamente en todos los países.

Mi intención es reflexionar sobre nuestra baja capacidad para predecir lo que aún no ha ocurrido. Lo que sabemos no nos puede hacer daño, porque nos da tiempo para prepararnos. La cuestión es cómo anticiparnos a los hechos.

A pesar de ello, erróneamente actuamos como si pudiésemos predecir lo que ocurrirá a largo plazo. Sobreactuamos y hacemos proyecciones de cómo será la economía a treinta años o el valor del dólar en la próxima década o el futuro que tendrá un joven que estudia una carrera universitaria que le llevará seis o más años para ingresar al mercado laboral, en una sociedad tan cambiante. Sabemos que su preparación no le servirá para mucho, pero seguimos actuando como hace treinta o cuarenta años.

Es el momento de recurrir a modelos nuevos, de poner patas para arriba la sabiduría convencional, ese fárrago de palabras propias de una intelectualidad compleja que busca más dar de comer a egos famélicos que aportar sabiduría verdadera, simple y práctica.  De descondicionarnos de los modelos de análisis y formas de aprendizaje que ya no sirven y que servirán menos en el futuro inmediato.

Como nos señala Nassim Taleb en su libro El cisne negro, vivimos en un entorno complejo, moderno y cada vez más recursivo, con un número creciente de bucles de retroalimentación que hacen que los sucesos sean la causa de más sucesos (ejemplo: compramos un libro porque otro lo compró o el consumo de horas valiosas de videos con breves consejos que producirán inmediatas conquistas y que solo van creando olas y efectos arbitrarios e impredecibles, con tendencia a una creciente práctica: la infodemia.

Solemos desdeñar lo abstracto, lo sutil. Nos importa más lo ocurrido que lo que aún no ocurrió. Descalificamos la intuición porque es una forma de sabiduría abstracta, tan resistida que el ser humano ha perdido esa capacidad que le corresponde como especie.

Para mí, esa es la clave. Aquietar la vorágine mental, inquieta y dispersa, siempre fue la propuesta de culturas milenarias que nos dejaron prácticas como mindfulness (concentración) y meditación. Lo interesante es que, al detener la inestabilidad perturbadora de nuestros pensamientos, se abre el canal de la intuición. Ejercitando, extendemos el flash intuicional hacia una intuición lineal, expandida en el tiempo. Un proceso de superconciencia que la ciencia ya ha aceptado, corroborando lo que se viene anunciando y practicando desde hace 5.000 años.

Nos da la oportunidad de auto-observarnos, de poner en práctica la introspección, de valorar las cosas esenciales y simples. Desde el abrazo, la mirada o la buena charla con el abuelo o con el niño, estando allí totalmente presentes y sin mirar el reloj, hasta cambiar nuestros hábitos de consumo colaborando con un planeta cansado de ser tan exprimido.

Así como incorporamos las últimas tecnologías, tan útiles y valiosas, no dejemos de reaprender y utilizar nuestras propias capacidades. La intuición está en nosotros, pero hecha para un entorno con causas más simples y una información que se mueve más lenta. La aleatoriedad actual, de un dinamismo extremo, necesita que entrenemos para resetear el sistema y actualizarlo.

¿Cómo hacerlo? Con deseo de hacerlo, más voluntad, un poco de disciplina y una conducción experimentada. Por experiencia, me atrevo a afirmar que vale la pena. Recordemos que la meditación no favorece la evasión, por el contrario es despertar, es el acceso a un encuentro sereno con la realidad.

Hasta la próxima semana.

Un líder sabio utiliza la prudencia.

Foto por: Tim Gouw

En la antigüedad, la prudencia era muy valorada como atributo del ser humano. Era una virtud que se exigía de los gobernantes y personas con responsabilidades importantes, dado que formaba parte de la sabiduría. Pero todo cambia y, en los actuales tiempos, signados por la velocidad y el estrés, es tal vez una de las cualidades más olvidadas.

La prudencia es la virtud de saber actuar en el momento justo. Es lo que diferencia la acción meditada de la temeridad, guiada por la pasión y que contiene el riesgo de un resultado azaroso. Es el deseo lúcido y razonado. Es la acción estratégica y el alcance de la visión del líder, que ve el resultado futuro como consecuencia de lo actuado en el presente.

En la velocidad de nuestros tiempos, la prudencia se asoció con la falta de reacción y perdió jerarquía.

Muy diferente era la interpretación que realizaban los filósofos y analistas antiguos, que la calificaban diciendo: la prudencia no prohíbe el riesgo ni evita siempre el peligro; por el contrario, consiste en un desarrollado sentido de realidad que permite a quien la aplica decidir lo mejor en cada circunstancia.

Es un componente de la tan necesaria tolerancia. Casi me atrevo a decir que es la más moderna y necesaria de las virtudes que debemos utilizar. Una especie de luz que disipa las sombras de un mundo ansioso y acelerado, no siempre conducido con las certezas necesarias.

Una sabiduría sin prudencia sería una sabiduría insensata, por lo cual no sería sabiduría, nos recuerda André-Comte Sponville.

Hoy, al conducir personas, debemos ser prudentes para entenderlas y saber tomar decisiones que las incluyan, favoreciendo la construcción de fuerzas grupales entusiasmadas por conquistar buenos resultados y con la capacidad de asimilar como equipo las equivocaciones, cuando se produzcan.

No caigamos en el error de creer que prudencia y velocidad no pueden andar juntas. Por el contrario, se asisten y fortalecen mutuamente.

Hasta la semana próxima.

Aprender a integrarnos sinceramente con nuestros equipos de trabajo.

Hace un tiempo, y dando un curso sobre liderazgo para empresarios en la hermosa ciudad de Madrid, uno de los presentes me confió durante el intervalo que se le estaba haciendo difícil conectarse con sus liderados. Consideraba que en la actualidad, como la diversidad entre las personas se defiende más, cuando él dictaba una norma o instrucción no funcionaba de inmediato. Se le hacía necesario dialogar y dar muy buenos fundamentos, para que lo solicitado fuera comprendido y aceptado por aquellos que tenían diferentes opiniones.

Le pregunté cómo reaccionaba ante esta situación y me dijo que frecuentemente se irritaba y que, en lugar de explicar los motivos de la toma de decisión, simplemente la imponía haciendo valer su jerarquía y posición en la estructura. Esto, que se venía repitiendo, dificultaba la comunicación, lo estaba preocupando y quería modificarlo.

Le conté una anécdota que me ocurrió hace años, cuando lideraba a un grupo que no cumplía satisfactoriamente con mis expectativas. A medida que fallaban, me decepcionaba, me alejaba de ellos enfurecido y la productividad se perjudicaba. Eran épocas en las que todavía no había adquirido la experiencia y recursos que tengo en la actualidad.

Una mañana al despertar tuve un insight y me decidí a producir un cambio inmediato: lo que debía modificar era mi actitud. Me dije a mí mismo: “yo quiero a esas personas, nos necesitamos y tenemos que aprender a confiar mutuamente para seguir juntos”.

Compré regalos, los reuní, les hablé con cariño y sinceridad. A partir de ese momento nuestra relación comenzó a ser totalmente distinta. Acordamos reuniones de ajuste, más horizontales y con la aceptación de un feedback positivo en el que habláramos de males y no de malos. Fijamos valores comportamentales del grupo, que favorecieron las relaciones. En consecuencia, empezamos a disfrutar de estar juntos y los resultados fueron excelentes en todos los aspectos.

El principal cambio de paradigma fue que decidí aproximarme, entenderlos, escucharlos y hacerles saber que sentía cariño por ellos. Fue una gran enseñanza para mí.

El dramaturgo y humorista George Bernard Shaw decía: “no siempre hagas a los demás lo que desees que te hagan a ti: ellos pueden tener gustos diferentes”.

Fernando Savater, en su Ética para Amador, escribe: “Sin duda los hombres somos semejantes, sin duda sería estupendo que llegásemos a ser iguales (en cuanto a oportunidades al nacer y luego ante las leyes), pero desde luego no somos ni tenemos por qué empeñarnos en ser idénticos. Ponerte en el lugar del otro es hacer un esfuerzo de objetividad para ver las cosas como él las ve, no echar al otro y ocupar tú su sitio… O sea que, él debe seguir siendo él y tú tienes que seguir siendo tú. Para entender del todo lo que el otro puede esperar de ti no hay más remedio que amarle un poco, aunque no sea más que amarle sólo porque también es humano…”

Hasta la semana próxima.

Una forma de entender el liderazgo.

Foto por Manuel Nageli

Herbert von Karajan, quien dirigió la Orquesta Filarmónica de Berlín durante treinta y cinco años, decía que “el arte de dirigir consiste en saber cuándo hay que dejar la batuta para no molestar a la orquesta”. Esta idea es muy apropiada en el momento actual al liderar equipos de trabajo, dado que implica la necesidad de transferir conocimiento y responsabilidad al grupo y, como consecuencia, que cada integrante libere su potencial y brinde lo mejor de sí.

Otorgar libertad y escuchar las propuestas creativas de los liderados es una tarea fundamental para los que desean empoderar a los integrantes de un equipo. Así se irá generando en ellos la autosuficiencia necesaria para pensar en plural y proyectarse en acciones concretas, alineadas con la estrategia macro de la empresa o institución.

Es fundamental que cada integrante del equipo conozca el valor de sus tareas y en qué contexto se ubican. Debe saber por qué realiza lo que hace y cuáles son los objetivos de toda la institución; de lo contrario, no tendrá la motivación suficiente para despertar cada mañana con ganas de sumar su esfuerzo al proyecto.

De esta forma se podrá salir del paradigma aún existente de funcionar desde la orden, el control y la verificación de los resultados. Es la herencia todavía vigente de la era industrial, tan bien reflejada en la película Tiempos Modernos del genial Charles Chaplin, donde los trabajadores ejecutaban tareas mecánicas y repetitivas sin otra aspiración que obtener el salario que les permitiera subsistir.

Hasta hace poco tiempo se intentaba convencer a las personas de realizar trabajos que no querían realizar. En la actualidad, es necesario que el líder ayude a sus liderados a llevar a cabo tareas de las que no se creían capaces.

La intención debe estar orientada a construir una visión compartida y fortalecer un propósito de conjunto, siendo muy necesarias la transferencia de conocimiento y la integración.

Según mi experiencia, siempre es de gran ayuda construir entre todos una unión solidaria basada en la buena comunicación, la honestidad, la confianza y la empatía mutua. Esto reduce conflictos y alinea la fuerza individual y grupal  con miras a conquistar mejores resultados sin perder la fundamental dosis de idealismo que nos inspira cada día.

En Ciudadela, su obra póstuma, Antoine de Saint-Exupéry nos dice: “Si quieres construir un barco, no empieces por buscar madera, cortar tablas o distribuir el trabajo. Evoca primero en los hombres y mujeres el anhelo del mar libre y ancho”.

¡Hasta la próxima semana!

Descubrir el sentido de misión

Me gusta decir que para lograr despertarse cada mañana y sentir felicidad de empezar el nuevo día, es necesario enamorarse de un propósito que constituya algo más grande que uno. Sentir que lo que hacemos nos trasciende. En otras palabras, lo podríamos definir como sentido de misión.

Una especie de fe apasionada en una filosofía personal que establezca las bases para fijar objetivos, administrar nuestras propias energías, enfocarnos y generar ese impulso esencial para superarnos y alcanzar el logro deseado.

Los japoneses utilizan el término ikigai. Una palabra compuesta por iki, vida en japonés y gai, que podría definirse como la realización de lo que uno espera. Un claro despertarse con ganas de vivir y hacer cosas en la dirección de aquello que da sentido a cada día, valorando cada momento, cada detalle y aplicando un sentido de gratitud práctico y no místico.

Cada mañana es una nueva oportunidad para aprovechar en nuestro crecimiento y construcción como individuos. Abraham Maslow nos dejó una frase que en cierta forma sintetiza ese deseo y oportunidad de alcanzar objetivos que nos brinden el estímulo para la superación personal: el hombre tiene su futuro en su interior, dinámicamente vivo en este momento.

Este concepto nos enfrenta a la responsabilidad que tenemos de hacernos cargo de nuestra propia vida y establecer un propósito que nos inspire a aprender y tratar de ser la mejor versión de nosotros mismos, cada día. Una construcción en proceso constante, que alcanza todos los niveles de nuestra existencia y debería constituir nuestra ética personal, proporcionándonos una satisfacción que nos aleja del dolor y nos aproxima a la felicidad.

Es un importante cambio de paradigma salir del clásico y angustiante vivir, viviendo, descubriendo el sentido de nuestra existencia. Para comenzar, debemos definir los objetivos, identificarlos y enfocar nuestras energías en uno por vez. Visualizaremos acciones voluntarias para ir construyendo imágenes claras y precisas. A partir de allí esa realidad ya existe, en el plano mental. No basta únicamente visualizar, también es necesario trabajar para concretarlo en el plano material. Tener siempre presente que las realizaciones proyectadas sean positivas, generando de esta forma un círculo virtuoso que se retroalimenta.

Darle valor a nuestra intuición, evitando que las opiniones de los demás nos impidan llevar adelante el propósito o proyecto que deseamos realizar. Es bueno escuchar opiniones, pero nunca debemos perder la confianza en lo que nos dicen el corazón y la intuición.

Si pretendemos ser mejores personas cada día y construir un mundo mejor, es imprescindible cuidar el proceso y estar atentos a no salirnos de la coherencia entre la ética personal y la obtención del resultado.

El DeROSE Method por medio de su estructura que combina de forma eficiente gran cantidad de técnicas y la revisión de nuestro comportamiento, favorece  la incorporación de este sentido de misión a nuestra vida y nos lleva a descubrir un potencial que generalmente ignoramos poseer. Esa liberación de vitalidad concede una expansión de conciencia que nos permitirá alcanzar el futuro en lugar de repetir el pasado.

Hasta la próxima semana.

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