Ojos que no ven, corazón que no siente.

Hace unos años, me encontraba circunstancialmente en una ciudad del interior de nuestro país. En esa oportunidad una persona amiga, conocedor de mi sensibilidad hacia la protección de los animales, me invitó a participar de la fiesta de aniversario de la Asociación Protectora de Animales de esa localidad. Acepté sin dudarlo y con el deseo de poder colaborar con la Asociación.

Al llegar a la fiesta, me recibió el presidente que era quién me había invitado y recorrimos el lugar. Llegamos a un amplio patio en donde se apreciaban grandes parrillas y asadores laboriosos que transpiraban sobre el fuego para cocinar variados tipos de animales que serían las atracciones especiales del festejo. Grandes cruces mostraban sobre el fuego a corderos y cerdos cocinándose a fuego lento mientras en las habituales parrillas se doraban en largas filas chorizos y morcillas.

Me sentí impresionado y sorprendido… tomé del brazo a mi amigo y lo invité a acompañarme hasta un letrero en donde se anunciaba que estábamos en la Sociedad Protectora de Animales.
Señalé el cartel indicador y le pregunté: perdóname, pero esta es una entidad dedicada a proteger la vida de los animales, ¿verdad? ¿De cuáles? ¿De los que no se comen?…
Mi amigo me miró, y en voz muy baja me respondió diciéndome: Tenés razón, es un poco incoherente, pero así logramos que más personas participen.
En más de cuatro décadas de no comer carne y sus derivados, fui encontrando distintas formas de resistencia por parte de las personas que sí la comen y que por paradigmas o simplemente por hábito no se abren a otras posibilidades.

Al viajar a otros países con culturas gastronómicas diferentes, pude comprobar que la alimentación es predominantemente un hecho cultural y social y que existen diversas opciones que no incluyen las carnes en sus dietas, negando la afirmación que su ingesta es imprescindible para estar bien nutrido.

Me marcó esa historia y me hizo pensar en la frase de Paul McCartney: si los mataderos tuvieran paredes de cristal todos seríamos vegetarianos.

Tal vez sería una buena excursión para el próximo fin de semana visitar un frigorífico o matadero y después decidir de qué deseamos alimentarnos.

Hasta la próxima.

Resetear nuestra mente.

Foto por: Callun Shaw

Estamos atravesando una situación de crisis e incertidumbre a nivel global que debe hacernos reflexionar sobre cómo actuamos en general. Es habitual que empresas, grupos diversos y asociaciones se reúnan para trazar estrategias y analizar debilidades. Puntos flacos donde un eventual ataque podría generar un daño importante a sus estructuras.

Sin embargo, no recuerdo haber participado de ninguna reunión en la cual se haya considerado en forma previa la posibilidad de ser atacados por un virus que desatara una pandemia a nivel mundial.

De haberse tenido en cuenta esa posibilidad, se habrían tomado precauciones que habrían reducido los daños que se registraron prácticamente en todos los países.

Mi intención es reflexionar sobre nuestra baja capacidad para predecir lo que aún no ha ocurrido. Lo que sabemos no nos puede hacer daño, porque nos da tiempo para prepararnos. La cuestión es cómo anticiparnos a los hechos.

A pesar de ello, erróneamente actuamos como si pudiésemos predecir lo que ocurrirá a largo plazo. Sobreactuamos y hacemos proyecciones de cómo será la economía a treinta años o el valor del dólar en la próxima década o el futuro que tendrá un joven que estudia una carrera universitaria que le llevará seis o más años para ingresar al mercado laboral, en una sociedad tan cambiante. Sabemos que su preparación no le servirá para mucho, pero seguimos actuando como hace treinta o cuarenta años.

Es el momento de recurrir a modelos nuevos, de poner patas para arriba la sabiduría convencional, ese fárrago de palabras propias de una intelectualidad compleja que busca más dar de comer a egos famélicos que aportar sabiduría verdadera, simple y práctica.  De descondicionarnos de los modelos de análisis y formas de aprendizaje que ya no sirven y que servirán menos en el futuro inmediato.

Como nos señala Nassim Taleb en su libro El cisne negro, vivimos en un entorno complejo, moderno y cada vez más recursivo, con un número creciente de bucles de retroalimentación que hacen que los sucesos sean la causa de más sucesos (ejemplo: compramos un libro porque otro lo compró o el consumo de horas valiosas de videos con breves consejos que producirán inmediatas conquistas y que solo van creando olas y efectos arbitrarios e impredecibles, con tendencia a una creciente práctica: la infodemia.

Solemos desdeñar lo abstracto, lo sutil. Nos importa más lo ocurrido que lo que aún no ocurrió. Descalificamos la intuición porque es una forma de sabiduría abstracta, tan resistida que el ser humano ha perdido esa capacidad que le corresponde como especie.

Para mí, esa es la clave. Aquietar la vorágine mental, inquieta y dispersa, siempre fue la propuesta de culturas milenarias que nos dejaron prácticas como mindfulness (concentración) y meditación. Lo interesante es que, al detener la inestabilidad perturbadora de nuestros pensamientos, se abre el canal de la intuición. Ejercitando, extendemos el flash intuicional hacia una intuición lineal, expandida en el tiempo. Un proceso de superconciencia que la ciencia ya ha aceptado, corroborando lo que se viene anunciando y practicando desde hace 5.000 años.

Nos da la oportunidad de auto-observarnos, de poner en práctica la introspección, de valorar las cosas esenciales y simples. Desde el abrazo, la mirada o la buena charla con el abuelo o con el niño, estando allí totalmente presentes y sin mirar el reloj, hasta cambiar nuestros hábitos de consumo colaborando con un planeta cansado de ser tan exprimido.

Así como incorporamos las últimas tecnologías, tan útiles y valiosas, no dejemos de reaprender y utilizar nuestras propias capacidades. La intuición está en nosotros, pero hecha para un entorno con causas más simples y una información que se mueve más lenta. La aleatoriedad actual, de un dinamismo extremo, necesita que entrenemos para resetear el sistema y actualizarlo.

¿Cómo hacerlo? Con deseo de hacerlo, más voluntad, un poco de disciplina y una conducción experimentada. Por experiencia, me atrevo a afirmar que vale la pena. Recordemos que la meditación no favorece la evasión, por el contrario es despertar, es el acceso a un encuentro sereno con la realidad.

Hasta la próxima semana.

Un líder sabio utiliza la prudencia.

Foto por: Tim Gouw

En la antigüedad, la prudencia era muy valorada como atributo del ser humano. Era una virtud que se exigía de los gobernantes y personas con responsabilidades importantes, dado que formaba parte de la sabiduría. Pero todo cambia y, en los actuales tiempos, signados por la velocidad y el estrés, es tal vez una de las cualidades más olvidadas.

La prudencia es la virtud de saber actuar en el momento justo. Es lo que diferencia la acción meditada de la temeridad, guiada por la pasión y que contiene el riesgo de un resultado azaroso. Es el deseo lúcido y razonado. Es la acción estratégica y el alcance de la visión del líder, que ve el resultado futuro como consecuencia de lo actuado en el presente.

En la velocidad de nuestros tiempos, la prudencia se asoció con la falta de reacción y perdió jerarquía.

Muy diferente era la interpretación que realizaban los filósofos y analistas antiguos, que la calificaban diciendo: la prudencia no prohíbe el riesgo ni evita siempre el peligro; por el contrario, consiste en un desarrollado sentido de realidad que permite a quien la aplica decidir lo mejor en cada circunstancia.

Es un componente de la tan necesaria tolerancia. Casi me atrevo a decir que es la más moderna y necesaria de las virtudes que debemos utilizar. Una especie de luz que disipa las sombras de un mundo ansioso y acelerado, no siempre conducido con las certezas necesarias.

Una sabiduría sin prudencia sería una sabiduría insensata, por lo cual no sería sabiduría, nos recuerda André-Comte Sponville.

Hoy, al conducir personas, debemos ser prudentes para entenderlas y saber tomar decisiones que las incluyan, favoreciendo la construcción de fuerzas grupales entusiasmadas por conquistar buenos resultados y con la capacidad de asimilar como equipo las equivocaciones, cuando se produzcan.

No caigamos en el error de creer que prudencia y velocidad no pueden andar juntas. Por el contrario, se asisten y fortalecen mutuamente.

Hasta la semana próxima.

Aprender a integrarnos sinceramente con nuestros equipos de trabajo.

Hace un tiempo, y dando un curso sobre liderazgo para empresarios en la hermosa ciudad de Madrid, uno de los presentes me confió durante el intervalo que se le estaba haciendo difícil conectarse con sus liderados. Consideraba que en la actualidad, como la diversidad entre las personas se defiende más, cuando él dictaba una norma o instrucción no funcionaba de inmediato. Se le hacía necesario dialogar y dar muy buenos fundamentos, para que lo solicitado fuera comprendido y aceptado por aquellos que tenían diferentes opiniones.

Le pregunté cómo reaccionaba ante esta situación y me dijo que frecuentemente se irritaba y que, en lugar de explicar los motivos de la toma de decisión, simplemente la imponía haciendo valer su jerarquía y posición en la estructura. Esto, que se venía repitiendo, dificultaba la comunicación, lo estaba preocupando y quería modificarlo.

Le conté una anécdota que me ocurrió hace años, cuando lideraba a un grupo que no cumplía satisfactoriamente con mis expectativas. A medida que fallaban, me decepcionaba, me alejaba de ellos enfurecido y la productividad se perjudicaba. Eran épocas en las que todavía no había adquirido la experiencia y recursos que tengo en la actualidad.

Una mañana al despertar tuve un insight y me decidí a producir un cambio inmediato: lo que debía modificar era mi actitud. Me dije a mí mismo: “yo quiero a esas personas, nos necesitamos y tenemos que aprender a confiar mutuamente para seguir juntos”.

Compré regalos, los reuní, les hablé con cariño y sinceridad. A partir de ese momento nuestra relación comenzó a ser totalmente distinta. Acordamos reuniones de ajuste, más horizontales y con la aceptación de un feedback positivo en el que habláramos de males y no de malos. Fijamos valores comportamentales del grupo, que favorecieron las relaciones. En consecuencia, empezamos a disfrutar de estar juntos y los resultados fueron excelentes en todos los aspectos.

El principal cambio de paradigma fue que decidí aproximarme, entenderlos, escucharlos y hacerles saber que sentía cariño por ellos. Fue una gran enseñanza para mí.

El dramaturgo y humorista George Bernard Shaw decía: “no siempre hagas a los demás lo que desees que te hagan a ti: ellos pueden tener gustos diferentes”.

Fernando Savater, en su Ética para Amador, escribe: “Sin duda los hombres somos semejantes, sin duda sería estupendo que llegásemos a ser iguales (en cuanto a oportunidades al nacer y luego ante las leyes), pero desde luego no somos ni tenemos por qué empeñarnos en ser idénticos. Ponerte en el lugar del otro es hacer un esfuerzo de objetividad para ver las cosas como él las ve, no echar al otro y ocupar tú su sitio… O sea que, él debe seguir siendo él y tú tienes que seguir siendo tú. Para entender del todo lo que el otro puede esperar de ti no hay más remedio que amarle un poco, aunque no sea más que amarle sólo porque también es humano…”

Hasta la semana próxima.

Una forma de entender el liderazgo.

Foto por Manuel Nageli

Herbert von Karajan, quien dirigió la Orquesta Filarmónica de Berlín durante treinta y cinco años, decía que “el arte de dirigir consiste en saber cuándo hay que dejar la batuta para no molestar a la orquesta”. Esta idea es muy apropiada en el momento actual al liderar equipos de trabajo, dado que implica la necesidad de transferir conocimiento y responsabilidad al grupo y, como consecuencia, que cada integrante libere su potencial y brinde lo mejor de sí.

Otorgar libertad y escuchar las propuestas creativas de los liderados es una tarea fundamental para los que desean empoderar a los integrantes de un equipo. Así se irá generando en ellos la autosuficiencia necesaria para pensar en plural y proyectarse en acciones concretas, alineadas con la estrategia macro de la empresa o institución.

Es fundamental que cada integrante del equipo conozca el valor de sus tareas y en qué contexto se ubican. Debe saber por qué realiza lo que hace y cuáles son los objetivos de toda la institución; de lo contrario, no tendrá la motivación suficiente para despertar cada mañana con ganas de sumar su esfuerzo al proyecto.

De esta forma se podrá salir del paradigma aún existente de funcionar desde la orden, el control y la verificación de los resultados. Es la herencia todavía vigente de la era industrial, tan bien reflejada en la película Tiempos Modernos del genial Charles Chaplin, donde los trabajadores ejecutaban tareas mecánicas y repetitivas sin otra aspiración que obtener el salario que les permitiera subsistir.

Hasta hace poco tiempo se intentaba convencer a las personas de realizar trabajos que no querían realizar. En la actualidad, es necesario que el líder ayude a sus liderados a llevar a cabo tareas de las que no se creían capaces.

La intención debe estar orientada a construir una visión compartida y fortalecer un propósito de conjunto, siendo muy necesarias la transferencia de conocimiento y la integración.

Según mi experiencia, siempre es de gran ayuda construir entre todos una unión solidaria basada en la buena comunicación, la honestidad, la confianza y la empatía mutua. Esto reduce conflictos y alinea la fuerza individual y grupal  con miras a conquistar mejores resultados sin perder la fundamental dosis de idealismo que nos inspira cada día.

En Ciudadela, su obra póstuma, Antoine de Saint-Exupéry nos dice: “Si quieres construir un barco, no empieces por buscar madera, cortar tablas o distribuir el trabajo. Evoca primero en los hombres y mujeres el anhelo del mar libre y ancho”.

¡Hasta la próxima semana!

Descubrir el sentido de misión

Me gusta decir que para lograr despertarse cada mañana y sentir felicidad de empezar el nuevo día, es necesario enamorarse de un propósito que constituya algo más grande que uno. Sentir que lo que hacemos nos trasciende. En otras palabras, lo podríamos definir como sentido de misión.

Una especie de fe apasionada en una filosofía personal que establezca las bases para fijar objetivos, administrar nuestras propias energías, enfocarnos y generar ese impulso esencial para superarnos y alcanzar el logro deseado.

Los japoneses utilizan el término ikigai. Una palabra compuesta por iki, vida en japonés y gai, que podría definirse como la realización de lo que uno espera. Un claro despertarse con ganas de vivir y hacer cosas en la dirección de aquello que da sentido a cada día, valorando cada momento, cada detalle y aplicando un sentido de gratitud práctico y no místico.

Cada mañana es una nueva oportunidad para aprovechar en nuestro crecimiento y construcción como individuos. Abraham Maslow nos dejó una frase que en cierta forma sintetiza ese deseo y oportunidad de alcanzar objetivos que nos brinden el estímulo para la superación personal: el hombre tiene su futuro en su interior, dinámicamente vivo en este momento.

Este concepto nos enfrenta a la responsabilidad que tenemos de hacernos cargo de nuestra propia vida y establecer un propósito que nos inspire a aprender y tratar de ser la mejor versión de nosotros mismos, cada día. Una construcción en proceso constante, que alcanza todos los niveles de nuestra existencia y debería constituir nuestra ética personal, proporcionándonos una satisfacción que nos aleja del dolor y nos aproxima a la felicidad.

Es un importante cambio de paradigma salir del clásico y angustiante vivir, viviendo, descubriendo el sentido de nuestra existencia. Para comenzar, debemos definir los objetivos, identificarlos y enfocar nuestras energías en uno por vez. Visualizaremos acciones voluntarias para ir construyendo imágenes claras y precisas. A partir de allí esa realidad ya existe, en el plano mental. No basta únicamente visualizar, también es necesario trabajar para concretarlo en el plano material. Tener siempre presente que las realizaciones proyectadas sean positivas, generando de esta forma un círculo virtuoso que se retroalimenta.

Darle valor a nuestra intuición, evitando que las opiniones de los demás nos impidan llevar adelante el propósito o proyecto que deseamos realizar. Es bueno escuchar opiniones, pero nunca debemos perder la confianza en lo que nos dicen el corazón y la intuición.

Si pretendemos ser mejores personas cada día y construir un mundo mejor, es imprescindible cuidar el proceso y estar atentos a no salirnos de la coherencia entre la ética personal y la obtención del resultado.

El DeROSE Method por medio de su estructura que combina de forma eficiente gran cantidad de técnicas y la revisión de nuestro comportamiento, favorece  la incorporación de este sentido de misión a nuestra vida y nos lleva a descubrir un potencial que generalmente ignoramos poseer. Esa liberación de vitalidad concede una expansión de conciencia que nos permitirá alcanzar el futuro en lugar de repetir el pasado.

Hasta la próxima semana.

¿Jesucristo o Pantagruel?

Las fiestas navideñas y de Pascua constituyen importantes celebraciones de la tradición cristiana. Tienen -entre otras- una característica principal: el exceso de comidas y bebidas. Pareciera que, en lugar de la recordación cristiana que celebra el nacimiento o resurrección de Jesús, el festejo se inclina hacia una marcada evocación de Pantagruel y Gargantúa, los personajes de Francois Rabelais. Este autor, con especial humor, narra la historia de dos gigantes totalmente diferentes de los malvados ogros que formaban parte de los clásicos relatos de su época. En este caso, se trataba de dos gigantes glotones y bonachones.

En nuestras tradicionales evocaciones, unos más y otros menos, los festejantes se vuelcan hacia mesas atiborradas de alimentos diversos, elaborados tanto con cariño y esmero como con excesivo tenor graso.

Además de las comidas, se incluyen todas las variedades de típicas golosinas, dulces, frutos secos, tortas, panes dulces, turrones y otras delicias de origen más comercial que tradicional, destacándose en la celebración de Pascua los clásicos huevos y animalitos de chocolate.

Las bebidas hacen lo suyo: cantidades abundantes de glucosa son transportadas por los torrentes de bebidas gaseosas, y el alcohol muchas veces transforma el centro de gravedad en un columpio en movimiento.

No estoy en contra de las celebraciones, es un momento de encuentro, de alegría, de placer social, y es bueno dejarse llevar por todo esto, que ayudará al abrazo sentido y cariñoso con los seres queridos y al recuerdo posterior.

Pero pasado el tiempo de festejo, es el momento de dar un poco de descanso a nuestro cuerpo, que ha sido sometido a excesos diversos y acumula secuelas que muchas veces se perciben en los días sucesivos.

Lo ideal sería iniciar unos días de limpieza orgánica mediante el consumo de frutas, que además de proveer agua y minerales, estimulan la depuración orgánica.

Para los que tienen una voluntad más poderosa, es recomendable un ayuno de 36 horas. Esto es muy fácil de hacer: podemos comenzar no cenando, pasar el día siguiente bebiendo mucha agua mineral, y luego de dormir esa noche, iniciar el próximo día comiendo algunas frutas frescas (no ácidas), para gradualmente volver a nuestra alimentación habitual. (Consejo: hacer esto en un día de plena actividad. Realizar un ayuno en domingo será triste y antisocial.)

¡Hasta la próxima!

Intuición: una capacidad olvidada.

En la actualidad estamos sobrecargados de información. Ya no hay tiempo para analizar la cascada de datos y noticias que nos llega por distintas vías. Considerando únicamente lo que recibimos por medio de los teléfonos llamados inteligentes, necesitaríamos invertir muchas horas para ver o escuchar todo.

Como falta el tiempo, recurrimos a la superficialidad. Es así como incorporamos datos bursátiles, análisis políticos o el casamiento de un integrante de la farándula como si tuvieran el mismo grado de importancia.

Esto fortalece nuestras decisiones o simplemente nos aturde; me inclino a pensar en la segunda opción como resultado para la mayoría de las personas.

Lo más complicado es que esta saturación de informaciones diversas trae dispersión y la sensación de que sabemos más. Que tenemos más recursos a la hora de tomar decisiones acertadas.

En lo personal valoro la información, pero siempre aplico el axioma que suele utilizar el escritor DeRose: “¡no crea…!” Lacónico y extraordinariamente útil para la vida práctica y la construcción de una vida propia.

Actualmente se analiza todo, en forma exagerada, teorizando en general sobre los hechos ya ocurridos. Esta mecánica nos aleja cada vez más de una capacidad propia del ser humano: el desarrollo y uso de la intuición para la toma de decisiones rápidas y con sentido práctico.

Hay una excesiva credulidad en el análisis que realiza el considerado especialista. Una excesiva confianza en el conocimiento teórico.

Al fin de cuentas yo estoy aquí porque, hace miles de años, alguno de mis antecesores tomó una rápida decisión cuando iba a ser atacado por un tigre hambriento. No se detuvo a pensar y realizar un análisis de las probabilidades. Simplemente decidió algo, tal vez luchar o huir… Los Emprendedores en la actualidad saben de eso, prueban, intentan, confían más que otros en sus propios instintos y en su capacidad intuicional. Se equivocan muchas veces, pero cuando aciertan nos brindan un conocimiento nuevo y favorecen la evolución.

Como nos sugieren los estudiosos del fenómeno denominado el cisne negro, tenemos una fuerte tendencia a justificar los hechos que nos sorprenden haciéndolos predecibles en forma retrospectiva. Sería más natural fortalecernos y desarrollar la capacidad de adaptación inmediata ante lo que nos impacte, sabiendo que existen muchos episodios en nuestra vida que no sabemos que ocurrirán. La historia nos muestra una gran cantidad de hechos que parecía imposible que ocurriesen, que nadie los imaginó y que causaron un fuerte impacto modificando la vida de miles de personas.

La intuición es una capacidad que está como una herramienta disponible para ser usada. La práctica de la técnica de meditación es la más efectiva de esas herramientas, pero es común que esté herrumbrada y olvidada por falta de uso. Lo bueno es que existen mecanismos técnicos para ponerla en uso y a nuestro favor. Vale la pena.

Hasta la semana próxima.

Valoremos la sonrisa.

La sonrisa se remonta más lejos en la Prehistoria que cualquier antepasado que vagamente se asemeje al homo sapiens.

La sonrisa nerviosa y fugaz del monito retozando, la ancha sonrisa del chimpancé que se dispone a gestar una broma pesada, la primera sonrisa reflexiva del bebé humano a su madre, todos estos gestos son recuerdos de un antiguo linaje.

En las esculturas griegas observamos cómo estos modelos, barbados o lampiños, con peinados o uniformes diferentes poseen algo en común: los labios curvados, formando una sonrisa. Tal vez la denominada “sonrisa arcaica” que intenta simbolizar un destello de divinidad presente en el hombre feliz.

La ciencia nos dice que la tendencia tan humana de mirar hacia el futuro con optimismo descansa en lo profundo del cerebro. Investigadores de la Universidad de Nueva York identificaron una red de circuitos cerebrales que se activa cuando nos imaginamos viviendo una vida larga, sana y plena de logros.

El periodista Andrés Oppenheimer señala en su reciente libro ¡Cómo salir del pozo! que habiendo entrevistado a distintos investigadores de prestigiosas universidades existe un consenso cada vez mayor que el éxito no conduce a la felicidad sino que es la felicidad un factor que conduce al éxito.

“Nuestros resultados sugieren que mientras el pasado está cerrado, el futuro está abierto a interpretación, lo que permite a las personas tomar distancia de posibles eventos negativos y acercarse hacia aquellos que son positivos”, conforme el informe publicado por los científicos del Phelps Lab de la Universidad de Nueva York.

El equipo de científicos sometió a un grupo de voluntarios a estudios de resonancia magnética funcional, para examinar sus cerebros mientras se les pedía que se imaginaran a sí mismos en futuros eventos como “ganar un premio” o “terminar con una relación amorosa”.

En esta complejidad de elementos que se ponen en funcionamiento ante lo positivo, la sonrisa es la llave que da inicio a una secuencia de reacciones en cadena.

La sonrisa aproxima, conecta. Es alivio y genera el bienestar del buen humor. Y el buen humor es lucidez, es una forma de inteligencia que nos hace reír de todo a condición de que en primer lugar logremos reírnos de nosotros mismos. Como la autocrítica del gran Woody Allen, que con sutil ironía nos dice: “de lo único que me quejo es de no ser otro”.

Hasta la próxima.

¡Limpiá el mundo, empezá por vos!

El ser humano se encuentra perturbado en su equilibrio biológico por sus costumbres de vida y por la invasión química del medio que lo rodea y que no cesa de crecer.

Esto es consecuencia del progreso y debemos asumir sus consecuencias.

Randall Fitzgerald, en su libro Cien años de mentira, nos informa que en los EEUU más de 3000 substancias químicas sintéticas son adicionadas a los productos alimenticios y ninguna de ellas fue testeada con relación a su potencial sinérgico (interactivo) con otras substancias y la capacidad de producir toxinas en el organismo. Esto se extiende a cosméticos, productos de limpieza y muchos otros.

Si a esto le sumamos la contaminación ambiental, la polución del aire y de las aguas, las cuales sufren un deterioro progresivo alarmante, pareciera ser que estamos ante un cuadro que podría generar una profunda desazón.

Sin embargo, tenemos que tomar actitudes positivas e inteligentes para actuar en consecuencia. Con relación a la selectividad de alimentos dar prioridad a los menos procesados y principalmente orgánicos. Al elegir frutas y verduras demos prioridad a las de estación, las cuales tienen mayor cantidad de nutrientes por haber estado menos tiempo en depósitos o cámaras frigoríficas.

Eliminar las carnes y sus derivados, en virtud de que constituyen la mayor fuente de toxinas, además de las hormonas, antibióticos y drogas diversas que llegan a nuestros platos. Esto sin considerar cuestiones de sensibilidad y sentido común. Como alguna vez expresó Kafka un día que su mirada se posó en unos peces del acuario de Berlín: “Ahora al menos puedo mirarlos en paz, ya no me los como”.

Y en esta incorporación de hábitos saludables es recomendable la utilización de técnicas de limpieza orgánica, las cuales ya eran utilizadas por antiguas culturas para estimular el funcionamiento de los emuntorios o sistemas de eliminación que posee nuestro organismo.

El Método DeROSE utiliza técnicas milenarias simples y efectivas, para fortalecer la capacidad inmunológica, recuperando la energía que habitualmente gastamos en la lucha constante del cuerpo contra los agentes que nos intoxican.

¡Hasta la próxima semana!

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