Presente y futuro

Estamos viviendo una etapa de mucho cambio y a una velocidad que se va acelerando, con consecuencias altamente desgastantes. Es como seguir conduciendo el mismo vehículo que antes, recorriendo los mismos caminos, pero a velocidades muy superiores a las que estábamos habituados, lo que genera un constante estrés.

Además, los caminos nos sorprenden con nuevos obstáculos y nos ofrecen atajos, curvas y encrucijadas que aparecen de manera sorpresiva, obligándonos a tomar decisiones inmediatas, con escaso análisis de las consecuencias que traerá aparejada cada una de ellas. Sin tiempo para analizar la decisión adoptada, ya se nos aparece otra situación que, antes de haber asimilado la anterior, nos fuerza a otro gasto de energía importante para optar por la acción que, en lo inmediato, consideramos más necesaria.

En este punto, se generaron diferentes formas de reacción, pero lo que más se observó fue la sensación de impotencia y ansiedad para modificar algo nuevo, invisible y que nos acechaba permanentemente. La crisis existencial, con esa sensación de que la vida carece de sentido, genera agobio, cansancio, desgaste orgánico, tensión emocional y estrés anticipado por situaciones aún no ocurridas, pero que imaginamos que nos harán estar peor.

Unas décadas atrás, la palabra futuro nos conectaba con una sensación de porvenir distante del momento presente. En la actualidad esa percepción cambió y el presente le pisa los talones a ese futuro que se percibe cada vez más cercano. Se ha producido una desestructuración de lo temporal. Darío Sztajnszrajber, para analizar la extrañeza que nos genera esta ruptura en la forma de sentir el tiempo, recurre a aquella escena en la que Hamlet ve al fantasma de su padre y dice: «El tiempo está fuera de quicio».

En este sentido, la última pandemia trajo un sinceramiento. Algo que ya venía gestándose se aceleró de manera inesperada, por un proceso repentino que causó desestabilización y un elevado estrés en una sociedad que ya estaba en el límite de su capacidad de resiliencia.

Esta incertidumbre acerca de un porvenir que no augura mayor felicidad y, en consecuencia, eleva la tensión al límite de lo recomendable, tiende a alimentar en forma compensatoria la incorporación de algunas válvulas de escape a esa presión: consumismo, trabajo excesivo, acceso a las drogas o el alcohol, constantes búsquedas terapéuticas, místicas y otras formas que suelen presentarse como recursos posibles para encontrar alivio, aunque más no sea temporario.

Es necesario que tomemos las riendas de nuestra propia vida y procuremos fortalecernos en forma integral, aprender a lidiar mejor con los obstáculos y situaciones que debamos atravesar y contar con recursos para adaptarnos rápidamente a los cambios y al estrés que nos generan. Debemos revisar nuestra forma de vivir y efectuar modificaciones que nos permitan asumir las exigencias de la actualidad, comprendiendo que no estamos viviendo una etapa excepcional y por lo tanto la velocidad de la transformación seguirá aumentando.

Si nos adaptamos, podremos administrar nuestras emociones y estrés. Es simple: se trata de aprender a usar otras herramientas. La administración de los sentidos, la concentración y la meditación están entre las más efectivas.

Hasta la próxima.

La claridad es poder

En la actualidad, la palabra meditación despierta expectativas, especialmente en las grandes ciudades, donde el ritmo de vida acelerado genera un creciente estrés y, entre otras cosas, cansancio neuronal.

A partir de la necesidad y consecuente demanda, surgen escuelas, métodos y lugares que, en forma on line o presencial, ofrecen alternativas para aprender a meditar como una manera de solucionar los problemas.

Este crecimiento de la búsqueda de opciones para lograr más eficiencia y calidad de vida es positivo y muestra que hay una necesidad en ciernes en gran parte de la sociedad: encontrar otras respuestas a sus problemas, lo que ya constituye un paso hacia una lenta evolución.

Sin embargo, es bueno aclarar que, si buscamos antecedentes en textos antiguos y serios, observaremos que la meditación no era considerada una técnica desarrollada para dar respuesta a problemas cotidianos, como pueden ser el elevado estrés o la tensión muscular. Situaciones que incluso otras disciplinas podrían solucionar. Por el contrario, desde sus orígenes se consideró la meditación como un estado de conciencia expandida, un proceso por el cual se accede al desarrollo de la intuición lineal con miras al autoconocimiento. Los efectos benéficos inmediatos que produce su práctica son simple consecuencia de los hábitos comportamentales que acompañan el proceso y que, si bien son muy importantes para la calidad de vida, no constituyen la meta buscada.

Podemos empezar tratando de concentrarnos sobre un único objeto. Lo que en sánscrito se denomina êkagrata y que podríamos traducir como técnicas de fijación de la atención en un solo punto. Puede ser un objeto físico, un punto en el entrecejo, la punta de la nariz u otro elemento en el cual podamos enfocarnos en forma sostenida. Continuamente la actividad de los sentidos y el inconsciente introducen en la conciencia inestabilidades que la dominan y modifican, pero con la práctica constante es posible inhibir poco a poco los automatismos psicomentales que dispersan nuestra atención.

Para lograr avanzar hacia el estado de meditación es necesario fortalecer la voluntad, y esto ya comienza a potenciarse ejercitando la concentración en un solo punto con disciplina y regularidad. El entrenamiento espasmódico no ayuda, dado que si un día dedicamos mucho tiempo y los días siguientes nada, y nuevamente en otro espasmo de entusiasmo nos forzamos hasta el agotamiento, lo único que lograremos es fortalecer la dispersión. Es más útil entrenar unos minutos cada día e ir generando el hábito, que actuar en forma irregular.

El Profesor DeRose, en su libro Meditación y autoconocimiento, explica con claridad que “todo se basa sencillamente en practicar concentración dos o más veces por día, haciendo que la mente se eduque y deje de dispersarse todo el tiempo. El alimento de la mente es la diversificación. Por eso a las personas les gusta divertirse, y se sienten tan atraídas por las cosas nuevas”.

En su libro 21 lecciones para el siglo XXI, el historiador Yuval Harari destaca la importancia de practicar meditación al señalar que “en un mundo inundado de información irrelevante, la claridad es poder”.

Por experiencia propia puedo afirmar que gradualmente la mente se va disciplinando y su resistencia inicial se transforma en aquietamiento y en la conquista de momentos de mucho placer, en los cuales el tiempo se expande y se obtiene mayor intuición, claridad y certezas.

Edgardo Caramella

Recuperemos la intuición.

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De acuerdo con investigaciones científicas se ha establecido que aproximadamente hace unos ciento veinte mil años surgió una variedad de seres humanos que hoy denominamos homo sapiens-sapiens. Los investigadores estiman que su aceleración evolutiva fue causada por varios factores, entre los cuales se destacan el efecto generado por el desarrollo tecnológico y la progresiva y constante avidez de conocer, enseñar, descubrir y trabajar en grupos colaborativos.

Es difícil imaginar cómo funcionaba la primitiva conciencia que tenía aquel ser humano, que debía enfrentar peligros y tomar decisiones rápidas ante situaciones de las cuales no siempre poseía conocimiento previo.

Siguiendo la línea con que Immanuel Kant define el conocimiento en su Crítica de la razón pura, es fácil suponer que aquel antiguo habitante poseía menos conceptos a priori que lo condicionaran y, por lo tanto, observaba los fenómenos y tomaba decisiones veloces por vía de la intuición pura, sin intervención del conocimiento anterior, que actúa como un condicionante en la interpretación de los hechos y las acciones inmediatas.

Su instinto de supervivencia, aguzado por la necesidad y el uso constante, le indicaba que debía actuar siguiendo su intuición, mecanismo diferente y más rápido que recurrir a un conocimiento basado en análisis surgidos de una razón que observa y procesa, comparando con datos del intelecto.

No tenemos documentos que permitan comprender con certeza cómo funcionaba ese mecanismo en aquella conciencia de nuestros antecesores y, además, si los tuviéramos seguramente los interpretaríamos en forma equivocada, al observarlos a través del prisma de la cultura e inteligencia actuales. Sin embargo, lo que no podemos negar es que el uso de la intuición les permitió aprender de cada experiencia y sobrevivir como especie.

Con el paso del tiempo, conscientes de esta capacidad humana que es la intuición, filósofos y pensadores fueron elaborando y codificando técnicas de concentración y meditación para entrenarla y desarrollarla de manera efectiva y metódica, especialmente en escuelas filosóficas surgidas hace aproximadamente unos cinco mil años.

El estado de meditación se alcanza al detener la fluctuación de las ondas mentales o, para expresarlo en forma más simple, al parar de pensar. Cuando permanece en estado de concentración profunda, la mente llega a un nivel de saturación y pasa al siguiente estado, la superconciencia, que podríamos denominar también intuición expandida o intuición lineal.

En cierta forma ponemos en uso aquella capacidad que hace tantos siglos el ser humano ya utilizaba de manera natural y espontánea. Durante mucho tiempo hemos dejado de usarla y la razón se impuso al punto que, si alguien fundamentara sus decisiones en la intuición, su opinión no sería tomada en cuenta con seriedad. Se considera más valioso el proceso lento, menos creativo y transformador, de la razón y el intelecto.

Todo lo que oprime reduce capacidades y resultados. Si la razón oprime a la conciencia y no le permite liberarse y expandirse como superconciencia, se dificulta el proceso de acceder a la meditación y al autoconocimiento.

Coincido plenamente con el Profesor DeRose cuando señala en su libro Mindfulness y meditación: “la conquista de mindfulness y meditación es un proceso de autoconocimiento que constituye una de las tareas más nobles y gratificantes y uno de los mayores desafíos que un ser humano puede enfrentar durante su existencia”.

Por mi experiencia puedo asegurarles que vale la pena poner en práctica esta capacidad tan valiosa y humana.

Pequeños cuidados, evitan grandes problemas

Mejorar la dieta es construir el futuro

Desde hace milenios, desde los orígenes mismos de la humanidad, el acto de comer ha sido de fundamental importancia en nuestra vida. En distintas épocas y de diferentes maneras, el hombre se ha reunido cotidianamente en torno a la comida, no solamente para saciar su hambre y satisfacer el impulso biológico de nutrirse, sino para participar de ese ritual de íntima comunicación.

Este acto increíble y a la vez simple y cotidiano de tomar elementos del mundo existente para nutrirnos, nos demuestra que somos parte de un todo interrelacionado y nos obliga a reflexionar desde lo ético -e incluso lo ecológico- sobre cuál es la dieta adecuada para el ser humano.

La relación del hombre con el mundo, con el orden natural de las cosas, debe ser claramente entendido por la sociedad actual. La historia nos muestra el ejemplo de sensibles naturalistas, filósofos y sabios de la antigüedad que priorizaban un sistema alimentario biológico, consciente y equilibrado, generador de menor cantidad de residuos y toxinas y, por lo tanto, favorecedor de mejor salud, mayor vitalidad y del placer necesario en su camino de evolución. Ya es hora de incorporar una dieta ética que mantenga a nuestros cuerpos y al planeta en un estado de salud y bienestar, minimizando la agresión y la destrucción del medio ambiente.

En la actualidad, los conceptos e investigaciones más modernas alertan sobre los peligros a los que se exponen los grandes consumidores de carnes, grasas y proteínas. Estadísticas elaboradas en los países más desarrollados demuestran que gran cantidad de enfermedades son producto de una inadecuada cultura alimentaria, y por ese motivo los nutricionistas advierten sobre la necesidad de retornar a una dieta basada en frutas, verduras frescas, hortalizas, semillas y cereales, de preferencia orgánicos, para reducir la cantidad de productos químicos que poseen.

En el momento actual, las opciones de alimentos que tenemos a nuestro alcance nos permite, sin esfuerzo, la posibilidad de inclinarnos a una alimentación biológica y respetuosa de la vida en general. Además de todos los beneficios ya comprobados, nos brinda la satisfacción de encontrarnos frente a un universo de sabores, colores, aromas y posibilidades ilimitadas de combinaciones placenteras, que transforman la tarea de cocinar en un maravilloso arte y, a quien lo realiza, en un verdadero y exigente alquimista.

Disfrutemos del crepitar de las especias dentro de las ollas, del sonido de la sopa al hervir recordándonos los almuerzos en la casa de la abuela, del suave aroma de un pan recientemente amasado al cocinarse dentro del horno. De la alimentación depende entre otros aspectos, el desarrollo, la salud, la vitalidad e incluso la conducta.

Ya sería hora de colocar en los programas de estudio de los colegios, clases de nutrición y de cocina práctica. En forma lúdica, los niños se familiarizarían con la elección de los alimentos y la creatividad al cocinar, además de aprender a ser solidarios al compartir algo tan simbólico como es el alimento con sus compañeros y docentes.

Debemos informarnos para fortalecer la capacidad de elegir, especialmente en los niños, debido a la cantidad de publicidades, marcas y comercios que generan verdaderas adicciones al consumo constante de productos alimenticios que no son recomendables. Productos industrializados y saturados de sustancias químicas como el GMS o glutamato monosódico que resalta los sabores e intensifica el deseo de seguir comiendo.

Vamos entonces a adentrarnos en este camino sensorial de nuevos paradigmas, reforzando la capacidad de elegir con más consciencia lo que comemos y así, conectando con este saludable proceso de alquimia ilimitada que nos brinda la cocina. Todavía estamos a tiempo de crear una sociedad más saludable y consciente.

Edgardo Caramella

La cuarentena y la caja de herramientas

Entrevista realizada por el Diario El Territorio para la campaña solidaria VamosZoomAr.

El Territorio y VamosZoomAr como mejorar la calidad de vida durante la cuarentena

📍¿Cómo podemos transitar la cuarentena de la mejor manera posible?@ecaramella es formador y mentoring de decenas de emprendedores del Método DeRose🧘‍♀️🧘‍♂️🧘 en Argentina, Estados Unidos, Europa y América Latina. 💜ADEMÁS: Sigue la campaña de donación junto a @fundacionmasvoces para ayudar a 8 proyectos con impacto social del NEA (que alcanzan a más de 20.000 personas) en medio de la pandemia👑🦠. Más info en www.vamosazoomar.org/donar#Yomecomprometo#yomesumo

Posted by El Territorio on Thursday, June 11, 2020

Tolerancia, una cualidad que favorece la convivencia.

Te invito a leer mi columna de opinión en Bioguia. El tema es sobre la tolerancia, algo muy importante para ser tenido en cuenta en la cuarentena. Un abrazo sin virus…!

https://www.bioguia.com/autor/Edgardo-Caramella_77547993

@bioguia

¿Cómo seremos después de la cuarentena?

 

 

 

No hay duda de que estamos en una crisis difícil de administrar. Seguramente esta etapa será estudiada con atención, para analizar las consecuencias sociales, culturales y comportamentales que se deriven de ella.

Una situación extraordinaria nos “atropelló” sin capacidad de haberlo previsto. Todo se ha modificado aceleradamente, tenemos la sensación de haber quedado fuera del orden habitual. Horarios, rutinas y hábitos se han alterado, y buscamos formas para adaptarnos a esta situación incierta que nos obliga a aprender sobre la marcha.

Tal vez Zygmunt Bauman nos diría que estamos en una sociedad líquida que se ha visto obligada a profundizar el estado de transformación en forma inesperada. Un mundo que ha ingresado en una suerte de interregno, una etapa social en que no sabemos cómo actuar y en qué posición ubicarnos para avanzar hacia un futuro que ya llegó.

Si lo relacionamos con los cambios de paradigmas, podríamos aplicar la regla formulada por Thomas Kuhn, quien en su libro La estructura de las revoluciones científicas deja en claro que, cuando cambiamos un paradigma, todo vuelve a cero. Profundo enunciado que nos lleva a pensar que, al salir de una zona conocida o de confort, todo será nuevo y desconocido para nosotros: todo volverá a cero.

En algunos esto puede producir inestabilidad y pánico; en otros, genera el entusiasmo de ingresar a una fascinante etapa de aprendizaje y superación.

Mientras escribo, recuerdo las épocas en que, viviendo en la provincia de Misiones, me gustaba practicar natación en ríos caudalosos. Para enfrentar los desafíos que planteaban las corrientes rápidas, veteranos nadadores que solían acompañarme me enseñaron que la forma más segura y efectiva de superar esa contingencia era dejarme llevar por la fuerza de la corriente y no gastar mis energías en una lucha desigual.

Así, aprendí a relajarme y, sin miedo, tratar de recuperar energías y flotar, hasta que ese río que no conseguía vencer me acercara a la costa, transformándose en un vehículo aliado y no en un enemigo.

La experiencia se repitió más de una vez y me permitió comprobar que, si me entregaba al pánico, esa fuerte emoción eclipsaba mi mente y me impedía usar la razón para tomar las mejores decisiones. Más tarde, aplicando técnicas y conceptos provenientes de antiguas filosofías, aprendí cómo administrar de manera más consciente la relación entre la mente y las emociones.

En esta etapa que estamos atravesando, considero fundamental aplicar entre otras, algunas de las enseñanzas que me dejaron los ríos misioneros: abandonar las durezas y tratar de ser más flexibles, adaptables, creativos, colaborativos, solidarios, prudentes y tolerantes.

Podemos ejercitarlo desde ahora, al finalizar esta lectura. Mirá a tu alrededor y, si pasás la cuarentena con otras personas, aprovechá este tiempo diferente para acercarte, para conectarte desde lo profundo, para generar aquella charla que tenés postergada porque no había tiempo; para jugar en grupo, conectándote desde lo lúdico, o realizar una tarea que habitualmente no realizabas, y así poner en marcha ese espíritu solidario que necesitamos reforzar. Y si estás solo, comunicate de alguna forma, on line o por cualquiera de las posibilidades que nos brinda la tecnología, con algunas de esas personas que integran nuestra historia y que hace tiempo no frecuentamos.

Desearía que, cuando esta etapa sea estudiada como un hecho histórico, se pueda constatar que al retornar de la pandemia la especie humana se distinguió por haberse tornado más colaborativa y solidaria. Observo a mi nietita Emi, de apenas tres años, y guardo esa esperanza.

Hasta el próximo encuentro.

 

 

 

Edgardo Caramella

@bioguia

 

La relación con el tiempo en la cuarentena

Foto por Markus Spiske

El tiempo es muy especial: parece avanzar muy lentamente cuando queremos que vaya rápido y demasiado rápido cuando queremos saborear cada instante. Esta etapa que estamos atravesando nos enfrenta a la influencia del tiempo en nuestros estados emocionales. O lo contrario, las emociones nos relacionan de diferentes formas con el paso del tiempo.

Cuando el tiempo se torna muy lento en la vida normal y somos conscientes de ello, sentimos que no pasa, y que en ese no pasar del tiempo no nos pasa nada a nosotros. No nos hace sentir, no nos hace vibrar, simplemente pasa y eso no nos produce ninguna reacción.

Los antiguos romanos relacionaban ese estado con la palabra tedio, de la cual deriva fastidio. La sensación de que el tiempo pasa y no nos pasa nada nos fastidia profundamente y hasta puede llevar a la depresión.

Otras veces nos desorientamos, no detectamos qué está pasándonos, por qué causa estamos aburridos. Ortega y Gasset se refería a ello diciendo que lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa, y eso es lo que nos pasa.

Sin embargo, este repentino cambio puede ser muy interesante para liberarnos del condicionamiento que aún tenemos de la estandarización que proviene de recordados sistemas como el Taylor. Se llegó al punto de filmar a los trabajadores y establecer qué cantidad de tiempo perdían en su tarea al limpiarse la nariz o al abrir un cajón o si se les caía una herramienta al piso. El obrero era considerando un mero elemento de producción, un simple complemento de la máquina.

Charles Chaplin protagonizó una divertida crítica de la mecanización industrial, de la robotización del hombre, del taylorismo y el fordismo en su película Tiempos Modernos. Taylorismo y fordismo fueron métodos de producción que imperaron entre 1940 y 1970, la edad de oro del capitalismo, y la película los refleja de forma visionaria.

Este plan de estandarizar la vida en la era industrial, ajustando todo a una maquinita que es el reloj, produjo un fuerte cambio en la psicología de las personas. Se impuso una diferencia con respecto a la medición del tiempo que hacían los antiguos, relacionada con los acontecimientos, tales como la salida o puesta del sol, la llegada de lluvias o vientos monzones, el tiempo de brote de las semillas, la gestación o el nacimiento de los hijos.

Estamos en una crisis no elegida que podemos aprovechar para revisar todo, realizar un trabajo introspectivo y ver si logramos establecer una nueva relación con el tiempo, a fin de sentirnos más libres y menos estresados, sin que esto nos conduzca a perder efectividad.

Para mí es un gran aporte practicar técnicas como mindfulness y meditación. En ese estado de conciencia, establecemos otra relación con un tiempo que es vivencial y no mecánico, es de adentro hacia afuera y no de afuera hacia adentro. Si estamos en meditación, en ese tiempo logramos una quietud de lo externo, pero en nuestro interior el proceso es altamente dinámico.

Tal vez podemos empezar ahora y, de esta forma, ganar un mejor tiempo.

Hasta la semana próxima

Edgardo

Una caja de herramientas personales para pasar mejor la cuarentena

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