La aspiración humana a ser libres

Cada día lo vivo como una aventura del conocimiento y la observación de las conductas humanas.

La variedad de reacciones que tenemos ante los mismos hechos es realmente inconmensurable. En ese mosaico de reacciones, observo que hay un gran miedo, tal vez inconsciente, a un valor fundamental: la libertad.

Como decía Jean Jacques Rousseau, el hombre nace libre, pero en todas partes está encadenado. Y justamente hacia esa línea de análisis dirijo mi reflexión. Al estado de libertad interior, absoluta, que supera grillos o cadenas de todo tipo.

Como las propias palabras limitan una de nuestras libertades, la de expresión, veamos qué podemos decir del concepto absoluto. Según los diccionarios de filosofía, ab solutus significa desligado de ataduras, algo que no depende de nada, que tiene su propia razón, causa y explicación en sí mismo. Para mí, una forma de referirse al autoconocimiento.

Y aquí empiezan mis barullos internos cuando observo que la aspiración humana a ser libre, por la cual el hombre ha luchado y continúa haciéndolo, se resume en un solo recurso: imponer una libertad sobre otra.

Debemos reconocer que, como especie, vamos muy lento. En términos de paradigmas, emociones y reacciones, hoy somos un modelo antiguo, a pesar de la acelerada evolución tecnológica. Reaccionamos habitualmente como hace miles de años, motivados por la ira o el miedo.

Y para fundamentar nuestras reacciones, necesitamos encasillar al otro dentro de alguna característica que lo diferencie. Su piel, su credo, su afinidad política, su simpatía deportiva. La sociedad resultante puede ser peligrosamente similar a la que describe George Orwell en su novela 1984.

Sin embargo, soy optimista y creo que el primer gran cambio necesario es volcar la atención hacia nosotros mismos. Conocernos más, saber si lo que hacemos es producto de una elección verdadera y consciente, o se trata de un hábito adquirido por herencia cultural y repetido sin analizar. A partir de allí podremos relacionarnos mejor con nosotros mismos y en consecuencia, con los demás.

El uso de técnicas surgidas en culturas milenarias, como concentración y meditación, constituyen herramientas valiosas para observarnos, reconocer nuestras actitudes y los condicionamientos que las generan. A partir de allí con determinación, podremos decidir sostenerlos o modificarlos, si así lo deseamos. Un comienzo para abrir la puerta hacia la ansiada autonomía y el bienestar que esto nos genera.

Desde mi experiencia personal lo recomiendo. Vale la pena intentarlo. Tal vez aprendamos a ser libres entre seres libres.

Hasta la próxima semana.

El umbral del comienzo: la fuerza simbólica del primer día del año.

Cada comienzo de año trae consigo una energía particular. No porque el tiempo, en sí mismo, se renueve – en realidad el tiempo sigue fluyendo sin interrupciones – sino porque los seres humanos necesitamos marcar hitos, crear umbrales simbólicos que nos permitan ordenar la experiencia y dar sentido al cambio.

El primer día del año no es un hecho objetivo transformador, pero si un potente símbolo subjetivo. Los calendarios son construcciones culturales, pero cumplen una función profundamente humana: nos ayudan a cerrar ciclos, a mirar hacia atrás y hacia adelante, a narrarnos la propia vida.

El primer día de enero opera como un “punto y aparte” colectivo. En ese día, muchas personas sienten que algo puede empezar de nuevo, que existe la posibilidad de corregir rumbos, ensayar otras formas de vivir, o al menos intentarlo una vez más.

Desde esta perspectiva, el inicio del año funciona como un rito de pasaje laico. No hay sacerdotes ni templos, pero sí un concepto tácito: dejamos algo atrás y nos abrimos a lo nuevo. Este ritual compartido refuerza la motivación, porque el cambio deja de ser un acto solitario. Cuando “todo el mundo empieza”, el deseo de transformación encuentra sostén social y emocional.

Sin embargo, esta motivación simbólica es ambigua. Por un lado, puede despertar esperanza y compromiso; por otro, puede generar expectativas desmedidas. Muchas veces depositamos en la fecha una promesa que no estamos preparados para sostener internamente. Esperamos que el cambio ocurra porque el calendario avanzó, cuando en realidad el cambio profundo requiere reflexión, paciencia y comprensión.

Aquí es donde conviene detenerse y mirar con más profundidad. Desde una mirada filosófica y contemplativa, el verdadero inicio no está determinado por el tiempo externo, sino por un acto interno de claridad. En antiguas tradiciones como el Sámkhya, el sufrimiento humano se explica en gran parte, por la identificación con automatismos, hábitos y condicionamientos. El cambio real comienza cuando somos capaces de observarlos, distinguirlos y elegir otra respuesta. Es habitual creer que elegimos libremente, pero muchas veces solo reaccionamos desde viejos programas.

En este sentido, el año nuevo no crea la transformación, pero puede ser el disparador de un acto de discernimiento. Nos motiva a preguntarnos cómo estamos viviendo, desde donde tomamos decisiones, que fuerzas nos mueven. No se trata solo de proponerse hacer más cosas, sino de comprender mejor por qué hacemos lo que hacemos.

Así, el año nuevo puede ser entendido como un umbral. No uno que se cruza automáticamente, sino uno que nos invita a elegir con más conciencia, con más honestidad y con más amabilidad hacia nosotros mismos y en consecuencia al mundo que habitamos. Pienso que posiblemente sea el cambio más profundo que podemos emprender.

¡Feliz 2026 !!!

El valor de la mirada

Siempre me llamaron la atención los ojos. Los hay brillantes, limpios, encendidos…, otros nos miran desde la tonalidad azulada, verdosa o grisácea.
También opacos, sin luz…, y aquellos que son llamativamente oscuros como el azabache. Diversidad de formas y colores, en ojos que expresan, conectan y a
veces también, furtivamente, prefieren escapar.

Desconecté los míos un instante. Me detuve a pensar en la importancia de la mirada y empezaron a llegarme recuerdos de ellas a borbotones: ojos enamorados, sorprendidos, entristecidos, pasmados o pícaros. Expresivos o apáticos, simpáticos y empáticos, vitales o sin brillo… Una vía maravillosa de comunicación que ocasionalmente suma, a la simple mirada, el arqueamiento de una ceja o un parpadeo sugestivo.

Y también me conecté con alusiones acerca de los ojos, de autores que, en
diferentes escritos o ante variadas situaciones, se han expresado sobre su
importancia.

Una expresión en verdad intensa requiere la cooperación de los ojos. Mirar con
fijeza y fulgor transmite poderosos mensajes. En la mitología griega, la
Gorgona Medusa, hermana mortal de Esteno y Euríale , convertía en piedra a
todo aquel que la mirara a los ojos. Si lo sabría Perseo, que tuvo que valerse
de la imagen de la Gorgona reflejada en su escudo para lograr acercarse lo
suficiente y decapitarla.

La vista reina sobre los demás sentidos. Deberíamos degradarla para
jerarquizar cualquiera de los otros. René Descartes afirmó que toda la
conducción de la vida depende de nuestros sentidos, de los que la vista es el
más noble y universal.

Para San Mateo el ojo era… la lámpara del cuerpo… A su vez, Leonardo Da
Vinci afirmaba que el ojo, denominado la ventana del alma, es el principal
medio para apreciar la forma más completa y profusa de las infinitas obras de
la naturaleza. El artista florentino ponderaba especialmente la vista como el
instrumento más certero con que cuenta el artista para reconocer formas y
estructuras.

La dependencia que tiene el cerebro de este órgano inspira las más intrincadas
ideas simbólicas y constituye una fuente de inspiración para entrar al plano de
lo metafórico.

Los ojos son el espejo del alma, nos dice la expresión popular. Tal vez por ello,
conscientes de ese reflejo del fulgor interior, muchos prefieren ocultarse en la
impersonalidad que brindan los anteojos oscuros.

Concuerdo con Italo Calvino cuando afirmaba que contemplar los propios ojos
no es nada fácil; sin embargo, como cualquier situación, trato de utilizarla para
entender y aprender nuevas cosas.

En la compleja tarea de la relación humana, la mirada constituye una de las
principales herramientas para establecer empatía, incluso en el abrazo cálido
que podemos dar sin necesidad de tocarnos.

Recordemos que la conexión sensorial no es un complemento de la relación humana: es su fundamento, por ello, ninguna pantalla puede reemplazar lo que ocurre cuando dos miradas se encuentran sin intermediarios.

Hasta la próxima.

Convivir con la incertidumbre en la era de la sobreinformación

Quiero compartir una sensación que creo que afecta a la mayoría: nos cuesta muchísimo saber qué es verdad y qué no.

Abrimos el celular por la mañana y nos llueven noticias, alertas, opiniones, análisis, rumores que en muchas oportunidades son contradictorios entre sí. Lo curioso es que cuanto más “informados” estamos, más inseguros nos sentimos.

Venimos de tiempos en los cuales el problema era la falta de información;
actualmente el desafío es exactamente lo contrario: vivimos sumergidos en un océano de datos, titulares, posts y videos que compiten por nuestra atención.

Como resultado, ocurre algo paradójico: tenemos acceso a todo y no podemos confiar en casi nada. Se potencia la sensación de no saber dónde estamos parados, y esto afecta la forma como conversamos, como votamos, como opinamos e incluso como nos relacionamos con la gente que queremos. Además, la incertidumbre no solo confunde la mente, también genera un desgaste emocional.

Intentaré definir algunos elementos que observo como generadores de este proceso:  

  • La velocidad le ganó a la verdad.
  • Las plataformas premian lo rápido, no lo preciso.
  • Una mentira contada en segundos viaja más veloz que una verdad que lleva varios  minutos explicar.
  • Vivimos en un sistema donde valen más los clics que la fidelidad a los hechos.
  • Lo que genera clics es lo que indigna, asusta o emociona, no lo que informa.
  • No somos observadores imparciales y nuestros propios sesgos alimentan la confirmación de lo que ya creemos.

Cada uno vive en una especie de cámara de eco donde las redes devuelven, como un espejo, las propias convicciones fortalecidas. Y así el pensamiento crítico se debilita.

Por medio de algoritmos, la tecnología prioriza lo que retiene la atención y no lo que ayuda a pensar con criterio propio. A su vez, los contenidos están más diseñados para viralizarse que para ser verificados.

Todo esto genera un impacto emocional y social. La incertidumbre constante cansa, produce desconfianza y ansiedad. Pasamos a dudar de todo y de todos, incluso de nuestros propios criterios. Ya he escuchado el concepto “si todos mienten, entonces todo es lo mismo”, y esta convicción nos hace perder algo muy valioso: la posibilidad de construir acuerdos para convivir mejor.

¿Qué podemos hacer para seguir en este mundo líquido y colmado de incertidumbre? 

Sin caer en soluciones mágicas ni ingenuas, propongo fortalecer habilidades prácticas para compensar la volatilidad:

  • Desacelerar la reacción emocional. La emoción instantánea es el combustible favorito de la desinformación.
  • En lo posible, volver a la comunicación presencial, utilizando de esa forma la gran cantidad de informaciones sensoriales que enriquecen el lenguaje.
  • Construir nuestras propias islas de certeza; no certezas absolutas, sino métodos confiables. Y relacionarnos con comunidades que pueden debatir sin destruir.
  • En un mundo saturado de información, admitir “no lo sé” es un acto de valentía y honestidad, y cambiar de opinión frente a buenas evidencias es una fortaleza, no una debilidad. Tengamos en cuenta que, más que por una crisis de información, estamos afectados por una crisis de confianza. Con un simple “no sé”, la confianza se oxigena.

Además, recomiendo practicar diariamente concentración y meditación, una herramienta muy valiosa que abre el campo intuicional y permite percibir la realidad de forma más pura y objetiva. Una especie de brújula que nos indica el norte con gran eficiencia.

Para finalizar, traigo la opinión de Yuval Noah Harari —que considero muy apropiada—, de la introducción de su libro 21 lecciones para el siglo XXI: “En un mundo inundado de información irrelevante, la claridad es poder.”

Hasta la próxima.

El poder de la ternura en tiempos duros.

Hola. Quiero invitarlos a reflexionar sobre algo que parece pequeño, casi frágil, pero que en realidad es una de las fuerzas más poderosas que tenemos: la ternura.
Vivimos en una sociedad líquida, cambiante, donde se valora lo rápido, lo eficiente y lo productivo. Un mundo que celebra la fuerza expresada en empuje, presión y velocidad creciente. En ese paisaje, la ternura se torna algo secundario, y hasta se degrada y se disuelve.
Esto me entristece, porque si miramos con atención veremos que la ternura no es lo opuesto a la fortaleza: si bien no necesita violencia para expresarse, utilizarla nos fortalece. Es una forma de mirar, de estar, de vincularnos. Es usar la vulnerabilidad del otro no como una debilidad sino como un puente que nace de la sensibilidad, del respeto, de la presencia. Tal vez se trate de una forma más madura de fuerza.
La neurociencia explica que si alguien nos trata con ternura, o si nosotros mismos la utilizamos, nuestro cuerpo se reorganiza y el sistema nervioso entra en modo de seguridad. Podríamos decir que la ternura es biológicamente reguladora. Sabemos por experiencia que cuando una persona nos mira con amabilidad, cuando nos habla con calidez, cuando sentimos que le importa escucharnos, sin interrumpirnos ni transmitirnos su ansiedad, se produce una conexión que favorece el bienestar y propicia buenos intercambios.
Entonces, si la ternura es tan necesaria, tan humana, ¿por qué parece faltar en nuestro mundo actual? ¿Será que importa más lo que logramos y no cómo tratamos a los demás?
¿Será porque la velocidad nos vuelve máquinas torpes para lo sutil? ¿Estará relacionado con ese marcado individualismo que nos acostumbra a sobrevivir en modo defensa?
Sin embargo, la ternura es fuerte: sigue ahí. Escondida, reprimida, pero nunca extinguida.
Solamente necesita atención, espacio y permiso para florecer.
Ser tierno hoy es resistir la indiferencia. Y esta resistencia tiene algo hermoso: es contagiosa y se multiplica.
Ojalá podamos, cada uno a su manera, volcar más ternura en el mundo que habitamos. En nuestros vínculos, en nuestras casas, en nuestros trabajos, en la forma en que nos tratamos a nosotros mismos.
Al fin de cuentas, es recordar que lo humano todavía importa.


¿Cuándo fue la última vez que te concentraste en tu respiración?

—¡Se me cortó el aliento!
¿Cuántas veces escuchamos esa frase ante una situación sorpresiva o que genera
emoción y estrés? Una especie de dicho popular que se repite sin tener en cuenta la
gran verdad que encierra. La expresión pone de manifiesto un proceso vital y orgánico descubierto hace miles de años de manera intuitiva: la relación entre emoción y
respiración.
Ante una contingencia, la emocionalidad se dispara. Se libera una oleada de energía y el organismo la transforma y la utiliza para responder a los estímulos que generan las emociones primarias: ira o miedo. No son las únicas, existen otras variedades de emociones que se derivan de estas dos principales y con la cuales lidiamos cotidianamente.
La lectura automática que realiza nuestro organismo es que la supervivencia está en riesgo y necesitaremos toda la fuerza para realizar dos acciones físicas inmediatas ligadas a esas emociones: básicamente, luchar o huir. Esta es la síntesis del conocido proceso denominado estrés, esa reacción fisiológica del organismo que pone en juego diversos mecanismos de defensa, para afrontar una situación percibida como amenazante o de demanda incrementada.
Lo que más me interesa destacar sobre este recurso, que automáticamente se ha ocupado en mantenernos con vida desde hace milenios, es el vínculo que existe entre la respiración y la emoción.
Desde tiempos muy antiguos el ser humano encontró en la respiración una llave para administrar sus emociones y conquistar más objetividad en la toma de decisiones. Un mecanismo para sentirse más libre y autosuficiente.
Escuelas filosóficas, religiones, artes marciales y otras disciplinas incorporaron técnicas y capitalizaron ese poder. El respeto al poder del aire pasó a estar presente en casi todas las mitologías, en forma de atributos de deidades y relatos grandiosos.
En la mitología hindú, Parjánya, figura que representaba al huracán en los tiempos védicos; en la antigua Grecia, Eolo, el señor de los vientos en la Odisea y protector de Ulises; en el imperio maya, Kukulcán, una divinidad amiga de los hombres, que administraba los vientos; en la mitología nórdica, Njörd, dios del mar y del viento, invocado en las tempestades. Y solo son algunos ejemplos.
Entre los hindúes se menciona que nacemos con un crédito de respiraciones para consumir durante la vida. Si las gastamos respirando apresurados, nuestro tiempo de vida será menor. Con esta creencia fortalecen la idea de que siempre debemos respirar de manera lenta, profunda, completa y consciente.
Con sus avances, la ciencia respalda las afirmaciones de las antiguas filosofías sobre la necesidad de administrar la respiración y utilizarla como la batuta con la cual podemos conducir nuestra armonía orgánica.

Sin embargo —como explica el Profesor DeRose en el libro Respira, la nueva ciencia de un arte olvidado al ser entrevistado por el autor, James Nestor—, lo más importante no es únicamente el aire: es la energía, el prána. Una fuerza que podemos definir como cualquier tipo de energía que se manifieste biológicamente. Una fuente de poder inconmensurable que potencia nuestra evolución y nos permite percibir el mundo y sus fenómenos con mayor objetividad y claridad.

Tal vez sea el momento de observar cómo estás respirando. No olvides que cada vez que inspirás, comienza una oportunidad.


La solidaridad favorece los resultados.

Foto por Matteo Vistocco


En general, nos gusta que nos reconozcan como personas solidarias. Es bastante habitual que lo seamos; sin embargo, se trata de una solidaridad selectiva y casi siempre condicionada por el interés.

Con los hijos y los familiares más próximos tendemos a ser más proclives a tener actitudes solidarias sin analizar tanto los riesgos, sin embargo, no pasa lo mismo en nuestros ámbitos laborales en donde la competencia, los intereses y la rivalidad, favorecen la desconfianza y un estrés anticipado. Se desarrolla, como consecuencia una especie de solidaridad desconfiada, relativa y poco convincente.

Según especulaciones de la antropología, hace aproximadamente 50.000 años nuestros ancestros se vieron obligados a desarrollar un sentido de colaboración solidario para cuidarse y enfrentar la variada gama de constantes peligros que los acechaban constantemente.

Cada día, especialmente al oscurecer, podía ser el último si no se agrupaban para el descanso. Debían confiar en aquel que había sido designado para vigilar. Al día siguiente, en compensación, el grupo se solidarizaba con el vigilante y le brindaba mayores atenciones, retribuyendo el esfuerzo de haberlos cuidado.

Este formato imperante en la tribu, fortalecía un sentimiento de seguridad, confianza mutua, agradecimiento y cooperación. Un paradigma social muy fuerte y que se instaló en el ser humano.
Todos sentimos instintivamente el deseo de cuidar a los que nos cuidan. Esa reciprocidad responsable nos mueve con sentido ético y generalmente hace que el que puede más ayude al que puede menos.

Así se van destacando los líderes. Son los que surgen espontáneamente por su vocación de servicio hacia la causa y hacia los demás. Aquellos que están siempre disponibles y, en consecuencia, los demás les otorgan naturalmente una autoridad genuina, surgida de la confianza que generan sus actitudes en el grupo.

En los ámbitos laborales, los lideres con estas cualidades actúan de manera similar a la relación de los padres con los hijos. Poseen el deseo de que se desarrollen, evolucionen, aprendan y sientan la confianza suficiente para poder conversar y plantear sus ideas, aun cuando sean diferentes a las del líder.

Cuando existe un alto grado de confianza, esa actitud no es anárquica ni contraria a la jerarquía; ambos la toman como un acto solidario y de cariño, que les permitirá enriquecerse y proyectarse hacia el resultado buscado.

Algunos todavía creen que generar distancia y temor engrandecerá la imagen del líder. Puedo asegurar que, en la actualidad, esa manera de relacionarse produce más conflictos que resultados, tanto en la empresa como en la familia. Son formas anticuadas de conducir grupos, basadas generalmente en la baja autoestima de líderes que precisan analizar sus conductas.

Tengamos en cuenta que pasamos la mitad de cada día conviviendo con nuestros compañeros de trabajo. Con el mismo esfuerzo podemos generar una atmósfera agradable y afectuosa o, fuertemente tóxica.

Cuando la gente de un grupo se siente protegida, valorada y escuchada, se brinda más.Para definirlo usando palabras futboleras: cada integrante se pone la camiseta, juega por el equipo, entrega el mejor pase, busca el resultado y se abraza con los demás luego de un gol.

¡Hasta la próxima!

Shiva, imagen de la dinámica unidad del universo.


Shiva, arquetipo milenario al cual se atribuye haber sido el creador del Yôga y el primer Maestro de esta filosofía, aparece en grabados rescatados por los arqueólogos que investigaron las ruinas de Mohenjo Daro y Harappa, como Pashupatê, es decir señor de los animales o padre de todas las criaturas.

Otra de las representaciones más antiguas, confirmada por la mitología y muy presente en el hinduismo, es el aspecto de Shiva Natáraja o rey de los bailarines, lo cual es indicio de que alguien con esos atributos artísticos sólo sería capaz de crear un estilo de entrenamiento corporal con fuerte consideración por lo estético y lo plástico.

Abhinavagupta, un importante filósofo de la escuela shivaísta de Cachemira, sostiene que el cultivo de la sensibilidad es el medio más directo para lograr la reunificación, alcanzando un estado de receptividad plena, experimentando las emociones que transmite la representación artística, desvinculado de connotaciones personales.

Además, el habitante de aquellos tiempos, en los que surgió el Yôga preclásico, hace aproximadamente 5.000 años, estaba muy ligado al naturalismo y a la conexión plena con lo instintivo.
Podía observar que en la naturaleza todo fluye, todo está en movimiento y se transforma.

La figura del Shiva danzarín, moviéndose con frenesí, embriagado de ritmo y con el cabello arremolinándose en el baile, destila fuerza, poder y energía. Dos de sus manos forman abhaya mudrá, un gesto que representa un escudo que aleja y protege del temor; en otra mano lleva una especie de tambor –damaru– que marca el ritmo cósmico y la otra sostiene una pequeña llama.
Se lo observa danzando sobre Avidyá, un demonio que simboliza la ignorancia y al cual el poderoso Shiva destruye con su danza.
En cuanto a este último punto, aclararemos que se trata de la destrucción de lo viejo para que todo renazca y se renueve. Ananda K. Coomaraswamy dice en La danza de Shiva: él danza para mantener la vida del cosmos y para dar la liberación a quienes lo buscan. Además, si interpretamos correctamente las danzas de los bailarines, veremos que en general su arte está también orientado a ofrecer la liberación. Shiva en movimiento evoca el origen y la naturaleza del mundo, es el secreto de las estructuras de la materia y de la vida.

Es la diversidad de armonías, ritmos y relaciones proporcionales. Es el remolino del tiempo y de los tiempos. Es la imagen que nos impacta y nos hace
comprender que la naturaleza del mundo es armonía y belleza.

Ese proceso evolutivo simbolizado por Shiva en su figura de arquetipo del yôgi y danzarín cósmico, podemos relacionarlo con las palabras del físico y Premio nóbel Erwin Schrödinger: la conciencia es un fenómeno del área de la evolución. Este mundo se ilumina solo porque desarrolla nuevas formas. Las
zonas de estancamiento se deslizan desde la conciencia; solo pueden aparecer en su interacción con zonas de la evolución.

Recuperar ese concepto, presente en la carga simbólica de Shiva como arquetipo, serviría para conectar con la Naturaleza, aprender de ella y utilizar a favor la fuerza de este momento particular de transformación.

Edgardo Caramella

Hablando sobre conciencia.

Habitualmente encontramos esta palabra escrita de dos formas diferentes: conciencia y consciencia. Según el Diccionario panhispánico de dudas —de la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española—, conciencia significa ‘capacidad de distinguir entre el bien y el mal’, mientras que consciencia alude a ‘percepción o conocimiento’, tanto de la realidad como de uno mismo. Aunque las dos voces son válidas, el diccionario citado indica que conciencia —sin s— expresa ambos sentidos, por lo que comúnmente se emplea la grafía más simple para todos los casos.

Hechas estas aclaraciones, tratemos de determinar qué es la conciencia. Algunos autores, entre los que cito a Annie Besant, afirman que conciencia y vida son idénticas: dos nombres distintos para una misma cosa, según se la mire interior o exteriormente. No habría vida sin conciencia y no habría conciencia sin vida. Al decir que la vida es más consciente o menos consciente, no pensamos en ella de manera abstracta, sino en algo viviente y con la capacidad de ser más o menos conocedor de lo que lo rodea.

Es muy habitual que, en el deseo de entender lo que se denomina conciencia, caigamos en lo complejo, lo abstracto e incluso en lo místico, lo cual termina siendo una paradoja: sin duda, lo ideal es tornar simple lo complejo, y no lo contrario. Mi interés es simplificar y proporcionar elementos para comprender el fenómeno desde una perspectiva real y concreta. Por lo tanto, tomaré el término conciencia simplemente como ‘mayor conocimiento de algo’. Sartre afirmaba que la conciencia es todo el conocimiento, no sólo un acto.

En el pensamiento occidental se concibe el conocimiento como una relación entre sujeto y objeto, más un tercer elemento que es la imagen, o un concepto, si se trata de algo abstracto. En cambio, en textos antiguos que expresan la interpretación de filósofos de la India, se afirma que al haber una ampliación de la conciencia se produce un real conocimiento, que trasciende la relación entre sujeto y objeto y lleva a un proceso de completa identificación entre conocedor y objeto conocido. El observador deja de simplemente ver y pasa a ser aquello que observa, conociendo su verdadera naturaleza o identidad.

La forma de tener acceso a esa capacidad es por medio del aquietamiento de la mente, la concentración y la identificación (nyása, en sánscrito). Es un estado muy particular, que permite al practicante identificarse a tal punto con el objeto de su concentración, que llega a obtener sus características. Son maneras de adquirir conocimiento en forma práctica y efectiva, abriendo otras alternativas de inteligencia que, en muchos casos, superan el uso exclusivo del intelecto.

Recomiendo la lectura del libro Mindfulness y meditación, del Profesor DeRose:

https://ebooks.derosemethod.com/reader/mindfulness-meditacao?location=1

Hasta la próxima.

El alcance de la visión

En cada momento debemos tomar decisiones de diferente nivel de importancia, que producirán consecuencias que no siempre tenemos la capacidad de percibir o el hábito de analizar.
Es bueno aumentar el alcance de nuestra visión para tomar decisiones más correctas. Lo que ocurre es que somos más hábiles en analizar lo pasado que en visualizar lo que acontecerá en una proyección a mediano o largo plazo.

Las decisiones las imagino como las carambolas que se producen en el juego de billar, de manera inmediata y posterior al seco golpe del taco sobre una de las bolas, que impactará sobre otras, desplazándolas velozmente en diferentes direcciones y haciéndolas chocar con otras.Son tantas las decisiones que afrontamos cada día, que se torna imposible enumerarlas.

Para comprobarlo, te invito a que detengas la lectura un instante y trates de recordar las decisiones y elecciones (mayores o menores) que tuviste que hacer durante el día anterior. No las recordarás a todas, pero con que sean un 30 % ya te sentirás abrumado por la responsabilidad.

En un segundo nivel de profundidad, intentá recordar las consecuencias que ocurrieron por las decisiones tomadas. Y seguidamente, en un tercer nivel, las consecuencias de las consecuencias.

Si sos líder de un grupo, las consecuencias de tus decisiones impactarán sobre los resultados, pero también, directa o indirectamente, sobre las personas que forman tu equipo. El mejor consejo es compartir la toma de decisiones con los demás; de esta forma se sentirán integrados y participarán de los éxitos y los fracasos.

Debemos ejercitar nuestra visión estratégica para ampliarla. Ver la totalidad del mapa de posibilidades. Considerar que cuando movemos una ficha en este tablero interrelacionado y fascinante que es la vida, se producen cadenas de movimientos y adecuaciones como efectos de lo que se ha decidido.

Observar la situación únicamente en primer plano es la mejor forma de ser sorprendido por acontecimientos no previstos y muchas veces evitables. Una “lectura” del panorama completo nos llevará a cometer menor cantidad de errores, e instintivamente surgirán veloces elecciones con mayores certezas.
Con el ejercicio, se fortalecerá la capacidad heurística para resolver situaciones y superaremos los errores generados por los condicionamientos y paradigmas.

Hace unos días me encontré con un familiar que no veía hacía años. En la charla de actualización, me comentó que durante años había fumado y que, a pesar de los consejos médicos y de su entorno familiar, continuaba haciéndolo porque tenía la seguridad de que no lo afectaría.
Ahora, con serios problemas de salud como consecuencia del tabaquismo, me confesaba lo arrepentido que estaba.
Finalizada la conversación nos despedimos y me fui caminando mientras pensaba que, cada vez que decidía encender un cigarrillo, tenía la oportunidad de no hacerlo, pero por no ampliar el alcance de su visión, elegía su efímero presente. Claro está que se aprende viviendo. Como decía Vittorio Gassman, “habría que tener dos vidas, una para ensayar y otra para actuar”.

Hasta la próxima.

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