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Hablando sobre conciencia.

Habitualmente encontramos esta palabra escrita de dos formas diferentes: conciencia y consciencia. Según el Diccionario panhispánico de dudas, de la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española (Santillana, 2005), conciencia significa ‘reconocimientos en ámbitos de ética y moral’: conciencia del bien y el mal.

Mientras que consciencia alude al ‘reconocimiento de la realidad, en un sentido metafísico más general’, ya no sólo relacionado con la ética y moral. Aunque las dos voces son válidas, el diccionario citado indica que conciencia, sin s, expresa ambos sentidos; por lo que es más recomendable emplear ésta en todos los casos.

Teniendo en cuenta esta recomendación avancemos para tratar de determinar qué es la conciencia. Algunos autores, entre los que cito a Annie Besant,  definen que conciencia y vida son idénticas, dos nombres distintos para una misma cosa, según se la mire interior o exteriormente. No habría vida sin conciencia y no habría conciencia sin vida.

Al decir que la vida es más o menos conciente no pensamos abstractamente en la vida, sino en algo “viviente” y con la capacidad de ser, más o menos, conocedor de lo que le rodea.

Es muy habitual que en el deseo de entender lo que se denomina conciencia caigamos en lo complejo, en lo abstracto e incluso en lo místico, lo cual termina siendo una paradoja, dado que lo grandioso es tornar simple lo complejo y no lo contrario.

Mi interés es simplificar y proporcionar elementos para comprender el fenómeno desde una perspectiva real y concreta. Por lo tanto tomaré el término conciencia simplemente como mayor conocimiento de algo. Sartre afirmaba  que la conciencia es todo el conocimiento, no sólo un acto.

En el pensamiento occidental, se concibe el conocimiento como una relación entre sujeto y objeto más un tercer elemento que es la imagen, o un concepto, en caso de algo muy abstracto. Sin embargo, en textos antiguos que reflejan la interpretación imperante en la India Antigua, se establece que al haber una ampliación de la conciencia existe un real conocimiento, trascendiendo la relación sujeto y objeto y alcanzando al proceso de identidad completa entre conocedor y objeto conocido. El observador deja de simplemente ver y pasa a ser aquello que observa, conociendo su verdadera naturaleza o identidad.

La forma de obtener esa capacidad es por medio del aquietamiento de la mente, la concentración y la meditación.

Recomiendo el libro del Profesor DeRose Mindfulness y meditación https://ebooks.derosemethod.com/library/publication/mindfulness-meditacao

Recuerde que en un mundo plagado de incertidumbre quien tenga certezas, tendrá poder.

Hasta la próxima.

Conectarnos con la inmensidad de la que somos parte.

Foto por Cameron Kirby

María Mitchell, la primera astrónoma académica de los EEUU, escribió: “No mires las estrellas únicamente como puntos brillantes. Trata de absorber la inmensidad del universo”. Y en su inolvidable libro El Principito, nos dice Saint-Exupery: “solo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible a los ojos”.

Podría citar otras frases o pensamientos que expresan la necesidad humana de conectar con una forma de vida más integrada a una existencia de la cual somos parte y que hemos dejado de percibir. Una manera que trascienda nuestra individualidad y nos permita estar en sintonía con algo más grande que nosotros. Esa actitud dará mayor sentido a nuestras vidas.

Esta conexión nos enriquece, amplía nuestra perspectiva sobre el mundo y sus
fenómenos, y nos hace sentir más completos. Por el contrario, cuando salimos de esa sensación de unión, perdemos el eje, desperdiciamos energía, nos desenfocamos y finalmente equivocamos el rumbo. Como consecuencia tenemos menos certezas y crece en nosotros una sensación de vacío existencial que no siempre conseguimos explicar racionalmente.

Para compensar la angustia que suele acompañar este proceso, la humanidad corre detrás de pequeños logros cuyo tiempo de disfrute es finito. Finalizada esa sensación de efímera felicidad, comienza todo otra vez y se va instalando un bucle que se actualiza y realimenta constantemente, cambiando el objeto de deseo de manera interminable. Una especie de sensación de vivir viviendo.

Mircea Eliade, en su libro Lo sagrado y lo profano, nos ayuda a comprender la gran
diferencia entre la forma de estar en el mundo de los integrantes de las sociedades
arcaicas y la de las comunidades occidentales y modernas. El autor presenta lo sagrado y lo profano como dos situaciones existenciales asumidas por el ser humano a lo largo de su historia, y utiliza la palabra hierofanía para denominar el acto de esa manifestación de lo sagrado en lo cotidiano, en la realidad profana.

Esta actitud ante la existencia no debe ser tomada como una vivencia religiosa, dado que estamos hablando de sociedades anteriores a las religiones institucionalizadas. Sociedades que convivían con la naturaleza, aprendían de ella y la respetaban, porque también dependían de todo lo que les proporcionaba. Para aquel ser humano —primitivo— un objeto cualquiera, como una piedra o un árbol, o todo lo que formaba parte de sus funciones vitales (alimentos, sexualidad, trabajo, etc.) se podía transmutar a una condición sagrada, a pesar de seguir siendo árbol, piedra o lo que fuera. La naturaleza o el cosmos en su totalidad podían convertirse en hierofanía.

El concepto de hierofanía lo comprendí hace muchos años, al escuchar una charla que dio el cacique de la comunidad guaraní Fortín Mbororé, en las cercanías de Puerto Iguazú, provincia de Misiones. Era una conmemoración interna de la comunidad, relacionada con el día de la tierra, a la que tuve el privilegio de asistir porque integraba un grupo que colaboraba con ellos. Escuchar a Don Antonio —así se llamaba el anciano cacique— hablar de la tierra y su valor para su comunidad, con lenguaje simple pero desde un sentir verdadero y profundo, me permitió comprender lo que es estar verdaderamente integrado a la Naturaleza. Nunca lo olvidaré.

Debemos reaprender a vivir con lo que está vivo. Volver a sentir el mundo que habitamos, percibirlo desde el corazón y conectarnos con lo esencial.

Hasta la próxima.

La libertad, una oportunidad para ser mejor.

Mucho se ha escrito sobre esta palabra, mucho se ha hecho en nombre de este bien, muchos ofrendaron su vida para frenar el avance de aquellos que pretendían cercenar libertades de cualquier índole.

Himnos, marchas, canciones, poemas, esculturas, pinturas y diferentes manifestaciones artísticas  expresaron esa innegable necesidad humana de sentirse libre y luchar contra la opresión.

Nada de lo que nutre nuestra historia ha sido en vano. Esfuerzos y sacrificios nos permitieron construir una forma de vivir en donde existen más libertades y posibilidades.

Cuantos nombres quedaron grabados en mentes y corazones, como emblemas del sentimiento de “ser libres”.

Sin embargo, existe un concepto de libertad que es más profundo. Que trasciende los derechos sociales y las conquistas políticas. Es la libertad interior del hombre: esa conquista que solamente podremos obtener instalando la vocación de libertarnos de nuestros condicionamientos y que conlleva a  la superación.Un deseo anhelado por filósofos y pensadores de todos los tiempos y diversas culturas.

Albert Camus, el célebre escritor y ensayista que obtuviera el premio Nobel de literatura nos dejó una frase muy interesante: “La libertad no es nada más que una oportunidad para ser mejor.»

Desde este pensamiento, podemos afirmar que efectivamente la conquista de la verdadera condición de libre, el ser humano debe buscarla  desde el deseo de mejorar.

Instalando  la voluntad de modificar la raíz de los condicionamientos y paradigmas que nos llevan a actuar por inercia y no siempre por elección consciente.

No se entiendan mal mis palabras, no se trata de un pensamiento individualista para aislarse, recluirse o no participar de las causas justas y necesarias que nos permitan obtener mayores libertades sociales, por el contrario, la intención es estar totalmente integrados a la sociedad. Y justamente, para ser más útiles y solidarios, debemos ser más libres, auténticos y lúcidos.

No es fácil porque cada uno de nosotros es a la vez cincel y escultura. Somos nosotros mismos los que debemos observarnos, para superarnos, para construirnos cada día.

Como la práctica es mucho más valiosa que la teoría, hagamos un simple ejercicio: sentémonos cómodos, cerremos los ojos y hagamos un par de respiraciones profundas y nasales para aquietarnos. Primero el cuerpo, luego la respiración que empieza a ser más lenta y sutil. Gradualmente se irán aquietando las emociones y pensamientos.

Ya en este estado de mayor introspección  imaginemos que podemos observarnos a nosotros mismos, desde un plano más elevado. Veamos cómo transcurre un día de nuestras vidas. Que hacemos, que nos causa placer y que cosas no nos gusta hacer. Observemos nuestros hábitos y costumbres. En este momento la realidad adquiere otra dimensión, todo es pequeño, analizable y posible de cambiar o mejorar.

Algunas cosas están bien, pero tal vez no sean suficientes. Otras, las hacemos sin conciencia, sin haberlas elegido, sin placer.

Algunas obedecerán a elecciones realizadas y desearemos mantenerlas. Tal vez realicemos un trabajo que no nos gratifica y podamos recordar aquella cosa que nos apasionaba y que dejamos de hacer, pero siempre anidamos el deseo de retomar.

Observemos  nuestro cuerpo, nuestra forma física, nuestra salud general. ¿Está temporalmente olvidado? ¿Necesitamos ocuparnos más de él?

¿Y nuestra alimentación es inteligente y se adapta a nuestra actividad?

¿Podemos mejorar nuestra situación afectiva o familiar?

¿Tenemos conductas agresivas? ¿Imponemos nuestra voluntad a otros como si fuera un derecho que nos asiste? ¿Creemos ser dueños de verdades absolutas?

Elijamos algo para modificar o potenciar, sabiendo que esa decisión incidirá para mejor en nuestra calidad de vida y estaremos ejerciendo el derecho a nuestra libertad de elección, a construir la vida que verdaderamente deseamos vivir y que es el derecho de todo ser humano. Ser más libres permitirá también conceder más libertad a las personas con las cuales convivimos.

Sin olvidarnos de la recomendación del Educador DeRose: La libertad es nuestro bien más precioso. En el caso de tener que confrontarla con la disciplina, si esta violentase a aquella, opte por la libertad.

Hasta la próxima.

DeRose, el saber que no envejece

Comienzo a escribir estas líneas pensando: ¿DeRose tendrá vida eterna? Un fácil acertijo cuya respuesta, todos conocemos. Comparto esta pregunta con el deseo de generar una reflexión íntima al regresar del aeropuerto en el cual DeRose y su esposa embarcaron de regreso a su ciudad, habiendo finalizado el evento que los trajo de visita a Buenos Aires. Una vez más tuve el honor de alojarlo y compartir tres días completos, lado a lado, con nuestro querido Profesor.

Fueron días de mucha actividad durante los cuales me sumé a su vida dinámica y cargada de docencia, logrando sumergirme en disertaciones, cursos, lanzamiento de algunos de sus libros con firma de autor y otros  momentos diversos, en donde siempre se rescata el ejemplo, la palabra justa, el silencio valioso y el afecto que llega con espontaneidad y simpleza.

En los momentos de esparcimiento también está presente el detalle aleccionador. Desde el plato especialmente elegido con delicadeza para compartir una sabrosa y agradable comida, hasta el paseo sin pretensiones, disfrutando del sol y las cosas bellas que aparecen en el camino. Todo está impregnado de un deseo de enseñar y compartir saberes que brotan con generosidad.

No hay comunidad, credo, disciplina o artesanía que no tenga sus maestros y discípulos, sus profesores y aprendices. El conocimiento es transmisión. Los maestros protegen e imponen la memoria. Los discípulos realzan, diseminan o traicionan la identidad del saber.

Es esencial estar cerca de aquellos que saben y enseñan con generosidad, incorporar su estilo, su manera de andar por la vida, el uso en la práctica de los conceptos y formas de vincularnos por medio de buenas relaciones humanas.

De esta forma, simple y natural, el conocimiento llegará a nuestros alumnos y personas queridas, como el agua de deshielo que se desliza desde lo alto de las cumbres nevadas.

Hasta la próxima.

Aprender de los ángeles

En la década del ‘80, Win Wenders dirigió una película excelente llamada originalmente El cielo sobre Berlín y conocida en español como Las alas del deseo.

En ella se relata la historia de dos ángeles que observan el mundo, en su mayor parte la ciudad de Berlín, y se sienten impactados por la vida que llevan los mortales, a quienes no pueden darse a conocer ni cambiarles hechos puntuales de su vida. Lo único que pueden hacer es reconfortarlos en situaciones de sufrimiento.

Lo interesante es que uno de estos ángeles comienza a sentir, con mucha fuerza, el deseo de formar parte de la vida mortal. Es tan intensa esa sensación, que incluso está dispuesto a sacrificar su inmortalidad para concretar ese deseo.

Los ángeles incorpóreos se cansan de su eterno voyeurismo y ansían la experiencia de vivir en forma corporal. Desean poder tomar cosas o sentir el contacto de una caricia.

Nosotros, en cambio, a pesar de la importancia que tiene en nuestra vida este cuerpo que habitamos, nos olvidamos de él y no siempre lo conocemos o cuidamos como lo merece. Tal vez porque estamos a diario inmersos en el fastuoso mundo físico por el cual suspiran los ángeles de la película de Wenders, solemos descuidarlo, acordándonos de él cuando nos expresa su malestar por medio de un dolor o somatización.

A través de los mitos, del arte y también de la ciencia, el hombre ha tratado de responder por medio del cuerpo a las tres preguntas que Paul Gauguin usó para titular uno de sus cuadros: ¿De dónde venimos? ¿Qué somos? ¿A dónde vamos?

Para obtener esas respuestas necesitamos establecer una relación más consciente con nuestra parte física. El DeROSE Method nos permite trabajarla de manera inteligente, sin espasmos ni excesos, disfrutando en esta tarea de sensaciones diversas, despertando todos los sentidos y construyendo los cimientos de una estructura fuerte que nos permitirá proyectarnos a una vida más plena y feliz.

Así como los ángeles, podremos ampliar nuestra sensorialidad, descubrir nuestros sentidos y percibir que, a través del cuerpo, el mundo nos toca.

Hasta la próxima semana.

La incertidumbre del porvenir

Estamos viviendo una etapa de mucho cambio y a una velocidad que se va acelerando, con consecuencias altamente desgastantes. Es como seguir conduciendo el mismo vehículo que antes, recorriendo los mismos caminos, pero a velocidades muy superiores a las que estábamos habituados, lo que genera un constante estrés.

Además, los caminos nos sorprenden con nuevos obstáculos y nos ofrecen atajos, curvas y encrucijadas que aparecen de manera sorpresiva, obligándonos a tomar decisiones inmediatas, con escaso análisis de las consecuencias que traerá aparejada cada una de ellas. Sin tiempo para analizar la decisión adoptada, ya se nos aparece otra situación que, antes de haber asimilado la anterior, nos fuerza a otro gasto de energía importante para optar por la acción que, en lo inmediato, consideramos más necesaria.

En este punto, se generaron diferentes formas de reacción, pero lo que más se observó fue la sensación de impotencia y ansiedad para modificar algo nuevo, invisible y que nos acechaba permanentemente. La crisis existencial, con esa sensación de que la vida carece de sentido, genera agobio, cansancio, desgaste orgánico, tensión emocional y estrés anticipado por situaciones aún no ocurridas, pero que imaginamos que nos harán estar peor.

Unas décadas atrás, la palabra futuro nos conectaba con una sensación de porvenir distante del momento presente. En la actualidad esa percepción cambió y el presente le pisa los talones a ese futuro que se percibe cada vez más cercano. Se ha producido una desestructuración de lo temporal. Darío Sztajnszrajber, para analizar la extrañeza que nos genera esta ruptura en la forma de sentir el tiempo, recurre a aquella escena en la que Hamlet ve al fantasma de su padre y dice: «El tiempo está fuera de quicio».

En este sentido, la última pandemia trajo un sinceramiento. Algo que ya venía gestándose se aceleró de manera inesperada, por un proceso repentino que causó desestabilización y un elevado estrés en una sociedad que ya estaba en el límite de su capacidad de resiliencia.

Esta incertidumbre acerca de un porvenir que no augura mayor felicidad y, en consecuencia, eleva la tensión al límite de lo recomendable, tiende a alimentar en forma compensatoria la incorporación de algunas válvulas de escape a esa presión: consumismo, trabajo excesivo, acceso a las drogas o el alcohol, constantes búsquedas terapéuticas, místicas y otras formas que suelen presentarse como recursos posibles para encontrar alivio, aunque más no sea temporario.

Es necesario que tomemos las riendas de nuestra propia vida y procuremos fortalecernos en forma integral, aprender a lidiar mejor con los obstáculos y situaciones que debamos atravesar y contar con recursos para adaptarnos rápidamente a los cambios y al estrés que nos generan. Debemos revisar nuestra forma de vivir y efectuar modificaciones que nos permitan asumir las exigencias de la actualidad, comprendiendo que no estamos viviendo una etapa excepcional y por lo tanto la velocidad de la transformación seguirá aumentando.

Si nos adaptamos, podremos administrar nuestras emociones y estrés. Es simple: se trata de aprender a usar otras herramientas. La administración de los sentidos, la concentración y la meditación están entre las más efectivas.

Hasta la próxima.

La importancia del momento adecuado

Es habitual que la mayoría de las personas deseen superarse y realizar cosas que generen admiración en los demás.

Para lograrlo se requieren diversos elementos que van desde el talento natural hasta las virtudes o habilidades que, con mayor o menor esmero, se busca desarrollar. Pero es necesario también hacer algún tipo de esfuerzo, estudiar, aprender, entrenar. Y algo muy importante: contar con la proximidad de personas que nos inspiren y enseñen con generosidad.

Cada uno de nosotros, sea docente o no, puede transformarse en un transmisor de conocimiento, compartiendo en forma solidaria algo que sabe, por medio de la convivencia. Ese compartir sabiduría o experiencia es una característica propia de los humanos y ha fortalecido el desarrollo de nuestra especie. Los sapiens hemos avanzado en la capacidad de transmitir el saber. Desde los ancianos que en épocas antiguas se reunían para aconsejar, contar historias y pasar experiencias, hasta los formatos que en la actualidad proporciona la tecnología, siempre está presente el deseo de transmitir sabiduría con la intención de que se multiplique.

Detengan un instante la lectura y recuerden cuánto han aprendido a través de otros, ya sea de los padres, hermanos, profesores, o de los compañeros de labor y los amigos. Nos toca a todos asumir la responsabilidad y constituirnos en eslabones activos en esa cadena. Pero, atención: enseñar también implica acompañar, observar y marcar los errores. Y justamente cuando corregimos es el momento de ser cuidadosos, buscar la manera de que la observación sea aceptada. Si herimos la sensibilidad del otro, podemos producirle daño y además, habremos perdido una posibilidad hermosa: la de enseñar. Sería lamentable generar un bloqueo que lo desanime y lo lleve a desistir.

La observación puede ser firme, pero siempre deberá ser sincera y cariñosa, teniendo en cuenta que no todas las personas tienen la misma fortaleza emocional o una autoestima sólida que les permita metabolizar una crítica dura.

Debemos ser inspiradores de posibilidades. Recordemos que todo puede decirse y conversarse con buenas maneras, respetando la sensibilidad ajena y, tal vez lo más importante: sabiendo elegir el momento adecuado.

Hasta la semana que viene.

La prudencia, una forma de sabiduría.

La prudencia es tenida como una de las virtudes cardinales más valoradas en la Antigüedad y especialmente en la Edad Media. Ya en algunos escritos del siglo VI antes de J.C. se la encuentra citada como sabiduría.

Paradójicamente, es una de las virtudes más olvidadas. Tal vez por ello Kant en su obra Crítica de la razón práctica ya no la considera como tal: solo se trata de un amor hábil hacia uno mismo, no condenable pero carente de valor moral, nos dice el filósofo.

Los estoicos, de acuerdo a comentarios de Marco Aurelio, la mencionaban como una ciencia. Específicamente la ciencia de las cosas que deben hacerse y las que no deben hacerse.

Me agrada André Compte-Sponville cuando menciona que una sabiduría sin prudencia sería una sabiduría insensata, por lo cual no sería sabiduría.

Considero que la prudencia es una forma de administrar los deseos en forma razonable y sin dejar de disfrutarlos. Acercándonos a la propuesta de la templanza.

Cuando se va instalando en forma práctica el principio de prudencia (la manera más efectiva de incorporarla), comienza a estar más presente en nuestras decisiones, a cumplir una función en algo comparable con el instinto en los animales.

Considero útil aclarar que su uso, no tiene que ver con el miedo o la cobardía, dado que cuando utilizamos la prudencia estamos aplicando un precepto moderador de la valentía, para que esta no se transforme en una excesiva temeridad.

Esta mirada sobre la prudencia tiene la intención de sumar una conducta o habilidad para poner en práctica, especialmente cuando tomamos decisiones que serán condicionantes del porvenir. Una especie de fidelidad hacia el futuro.

Sin embargo, no debemos permitir que el exceso de prudencia nos paralice, nos impida correr los riesgos que son necesarios afrontar para seguir aprendiendo y superando nuestras limitaciones.

¿Qué riesgos? ¿cuáles pueden ser los límites? Las respuestas las encontraremos en la realidad que atravesamos, en la determinación que nos mueve hacia la meta elegida y en lo que sentimos más que en el análisis intelectual.

Para ello nada mas recomendable que aquietar nuestros pensamientos, concentrarnos en el objetivo y encontrar en la meditación esa sabiduría intuitiva que nos permitirá conquistar lo deseado evitando los temores paralizantes que son fruto de la falta de certezas y la influencia de los condicionamientos adquiridos.

Hasta la próxima.

La posibilidad de actuar sobre el porvenir

Ya sea en el ámbito de la filosofía, la física o la estadística, la causalidad se relaciona con el principio o el origen de algo. El concepto se utiliza para nombrar la relación entre una causa y su efecto.

En la interpretación de la física se considera que cualquier situación está generada o influenciada por otra que es anterior. De acuerdo con esto, conociendo el estado actual de algo, es posible predecir su futuro. Esta postura, conocida como determinismo, fue creciendo con el avance de la ciencia.

Las categorías filosóficas de “causa” y “efecto” expresan la relación existente entre dos fenómenos de los cuales uno, llamado causa, produce ineluctablemente el otro, denominado efecto; esa relación se denomina relación causal.

Todos los fenómenos dependen unos de otros, es decir, existen en forma interdependiente. En este sentido, nuestras acciones físicas, verbales y mentales son causas que generarán reacciones o efectos que no siempre tenemos en cuenta.

Cuanto más conscientes y alertas estemos de este principio de acción y reacción, mayores serán nuestras posibilidades de actuar sobre el porvenir.

Este principio viene siendo analizado y administrado desde hace miles de años, especialmente en el contexto de la India Antigua, donde se lo conoció con el nombre sánscrito de karma. En esa cultura no tenía nada que ver con el sentido de destino trágico que se le asigna en Occidente.

En efecto, no es frecuente escuchar la palabra karma asociada a hechos positivos. Generalmente se relaciona con cuestiones negativas o trágicas y, lo que es peor, se considera parte de un destino que no está a nuestro alcance modificar. Esta interpretación nos impide utilizar a nuestro favor una poderosa herramienta, analizando las probabilidades que serán consecuencia de nuestras elecciones actuales.

El mecanismo denominado karma no tiene un sentido religioso, no debe asociarse a la idea de una divinidad. Es decir, la ley de acción y reacción -o causa y efecto- nada tiene que ver con la existencia de dioses invisibles encargados de hacerla cumplir. Como hemos visto, es un concepto analizado tanto por la física como por la estadística y la filosofía: varía el lenguaje, pero las interpretaciones son similares.

Conocer esta ley y su funcionamiento, lejos de conceptos místicos o interferencias religiosas, nos brinda una llave que abre una fantástica puerta para acceder con más certezas a las probabilidades futuras.

Por ignorar cómo funciona, este conocimiento no se suele utilizar debidamente, aun siendo tan útil para guiar nuestra vida, analizando probabilidades y evitando la sorpresiva aparición de cisnes negros.

Hasta la semana que viene.

La libertad, ese bien tan buscado.

Mucho se ha escrito sobre esta palabra, mucho se ha hecho en nombre de este bien, muchos ofrendaron su vida para frenar el avance de aquellos que pretendían cercenar libertades de cualquier índole.

Himnos, marchas, canciones, poemas, esculturas, pinturas y diferentes manifestaciones artísticas  expresaron esa innegable necesidad humana de sentirse libre y luchar contra la opresión.

Nada de lo que nutre nuestra historia ha sido en vano. Esfuerzos y sacrificios nos permitieron construir una forma de vivir en donde existen más libertades y posibilidades.

Cuantos nombres quedaron grabados en mentes y corazones, como emblemas del sentimiento de “ser libres”.

Sin embargo, existe un concepto de libertad que es más profundo. Que trasciende los derechos sociales y las conquistas políticas. Es la libertad interior del hombre: esa conquista que solamente podremos obtener instalando la vocación de libertarnos de nuestros condicionamientos y que conlleva a  la superación.Un deseo anhelado por filósofos y pensadores de todos los tiempos y diversas culturas.

Albert Camus, el célebre escritor y ensayista que obtuviera el premio Nobel de literatura nos dejó una frase muy interesante: “La libertad no es nada más que una oportunidad para ser mejor.»

Desde este pensamiento, podemos afirmar que efectivamente la conquista de la verdadera condición de libre, el ser humano debe buscarla  desde el deseo de mejorar.

Instalando  la voluntad de modificar la raíz de los condicionamientos y paradigmas que nos llevan a actuar por inercia y no siempre por elección consciente.

No se entiendan mal mis palabras, no se trata de un pensamiento individualista para aislarse, recluirse o no participar de las causas justas y necesarias que nos permitan obtener mayores libertades sociales, por el contrario, la intención es estar totalmente integrados a la sociedad. Y justamente, para ser más útiles y solidarios, debemos ser más libres, auténticos y lúcidos.

No es fácil porque cada uno de nosotros es a la vez cincel y escultura. Somos nosotros mismos los que debemos observarnos, para superarnos, para construirnos cada día.

Como la práctica es mucho más valiosa que la teoría, hagamos un simple ejercicio: sentémonos cómodos, cerremos los ojos y hagamos un par de respiraciones profundas y nasales para aquietarnos. Primero el cuerpo, luego la respiración que empieza a ser más lenta y sutil. Gradualmente se irán aquietando las emociones y pensamientos.

Ya en este estado de mayor introspección  imaginemos que podemos observarnos a nosotros mismos, desde un plano más elevado. Veamos cómo transcurre un día de nuestras vidas. Que hacemos, que nos causa placer y que cosas no nos gusta hacer. Observemos nuestros hábitos y costumbres. En este momento la realidad adquiere otra dimensión, todo es pequeño, analizable y posible de cambiar o mejorar.

Algunas cosas están bien, pero tal vez no sean suficientes. Otras, las hacemos sin conciencia, sin haberlas elegido, sin placer.

Algunas obedecerán a elecciones realizadas y desearemos mantenerlas. Tal vez realicemos un trabajo que no nos gratifica y podamos recordar aquella cosa que nos apasionaba y que dejamos de hacer, pero siempre anidamos el deseo de retomar.

Observemos  nuestro cuerpo, nuestra forma física, nuestra salud general. ¿Está temporalmente olvidado? ¿Necesitamos ocuparnos más de él?

¿Y nuestra alimentación es inteligente y se adapta a nuestra actividad?

¿Podemos mejorar nuestra situación afectiva o familiar?

Elijamos algo para modificar o potenciar, sabiendo que esa decisión incidirá para mejor en nuestra calidad de vida y estaremos ejerciendo el derecho a nuestra libertad de elección, a construir la vida que verdaderamente deseamos vivir y que es el derecho de todo ser humano. La llave de tu libertad, está en tus manos.

Sin olvidarnos de la recomendación del Educador DeRose: La libertad es nuestro bien más precioso. En el caso de tener que confrontarla con la disciplina, si esta violentase a aquella, opte por la libertad.

Hasta la próxima

Edgardo

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