Cada comienzo de año trae consigo una energía particular. No porque el tiempo, en sí mismo, se renueve – en realidad el tiempo sigue fluyendo sin interrupciones – sino porque los seres humanos necesitamos marcar hitos, crear umbrales simbólicos que nos permitan ordenar la experiencia y dar sentido al cambio.
El primer día del año no es un hecho objetivo transformador, pero si un potente símbolo subjetivo. Los calendarios son construcciones culturales, pero cumplen una función profundamente humana: nos ayudan a cerrar ciclos, a mirar hacia atrás y hacia adelante, a narrarnos la propia vida.
El primer día de enero opera como un “punto y aparte” colectivo. En ese día, muchas personas sienten que algo puede empezar de nuevo, que existe la posibilidad de corregir rumbos, ensayar otras formas de vivir, o al menos intentarlo una vez más.
Desde esta perspectiva, el inicio del año funciona como un rito de pasaje laico. No hay sacerdotes ni templos, pero sí un concepto tácito: dejamos algo atrás y nos abrimos a lo nuevo. Este ritual compartido refuerza la motivación, porque el cambio deja de ser un acto solitario. Cuando “todo el mundo empieza”, el deseo de transformación encuentra sostén social y emocional.
Sin embargo, esta motivación simbólica es ambigua. Por un lado, puede despertar esperanza y compromiso; por otro, puede generar expectativas desmedidas. Muchas veces depositamos en la fecha una promesa que no estamos preparados para sostener internamente. Esperamos que el cambio ocurra porque el calendario avanzó, cuando en realidad el cambio profundo requiere reflexión, paciencia y comprensión.
Aquí es donde conviene detenerse y mirar con más profundidad. Desde una mirada filosófica y contemplativa, el verdadero inicio no está determinado por el tiempo externo, sino por un acto interno de claridad. En antiguas tradiciones como el Sámkhya, el sufrimiento humano se explica en gran parte, por la identificación con automatismos, hábitos y condicionamientos. El cambio real comienza cuando somos capaces de observarlos, distinguirlos y elegir otra respuesta. Es habitual creer que elegimos libremente, pero muchas veces solo reaccionamos desde viejos programas.
En este sentido, el año nuevo no crea la transformación, pero puede ser el disparador de un acto de discernimiento. Nos motiva a preguntarnos cómo estamos viviendo, desde donde tomamos decisiones, que fuerzas nos mueven. No se trata solo de proponerse hacer más cosas, sino de comprender mejor por qué hacemos lo que hacemos.
Así, el año nuevo puede ser entendido como un umbral. No uno que se cruza automáticamente, sino uno que nos invita a elegir con más conciencia, con más honestidad y con más amabilidad hacia nosotros mismos y en consecuencia al mundo que habitamos. Pienso que posiblemente sea el cambio más profundo que podemos emprender.
¡Feliz 2026 !!!


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