El sonido primordial

El célebre músico y escritor británico Alan Watts relató que, en una conversación con el gran maestro de música clásica hindú Alí Akbar Khan, le pidió que definiera esa tradición musical. La respuesta fue tan breve como profunda: «Una sola nota.» Ante el asombro de Watts, el maestro explicó que toda la música consiste, en realidad, en aprender a comprender una sola nota, habitarla plenamente, descubrir todas sus resonancias y vibrar en completa sintonía con ella.

Esta respuesta trasciende el ámbito de la música. Expresa una de las intuiciones más profundas de la filosofía india: la realidad es vibración. Lo múltiple no es sino la expansión de una unidad original. En la tradición de las antiguas escuelas filosóficas de la India, el universo entero puede comprenderse como una manifestación del Shabda Brahman, el principio sonoro absoluto, cuya expresión más conocida es el mantra ÔM, considerado la vibración primordial.

Desde esta perspectiva, aprender a escuchar no significa solamente percibir sonidos con el oído. Significa afinar la conciencia. La práctica musical deja de ser un entretenimiento o una habilidad artística para convertirse en una disciplina de percepción. Cada nota ejecutada con plena atención conduce al practicante hacia estados de mayor presencia, silencio interior y sensibilidad.

Quizás por eso, en la música clásica hindú no existe la obsesión occidental por la velocidad, el virtuosismo o la acumulación de notas. El verdadero arte consiste en profundizar en cada sonido hasta revelar su riqueza infinita. Una única nota puede contener un universo entero cuando quien la interpreta ha aprendido a desaparecer dentro de ella.

En esta lógica, la música se convierte en un vehículo para la emancipación. No porque posea poderes sobrenaturales, sino porque educa la atención, aquieta las fluctuaciones de la mente y aproxima al individuo a una experiencia directa de unidad. El músico no busca únicamente producir belleza; busca armonizarse con el ritmo profundo de la existencia. La práctica musical es, entonces, una forma de meditación en movimiento, un ejercicio de integración entre percepción, respiración, emoción y conciencia.

Quizá la enseñanza de Alí Akbar Khan pueda extenderse a toda la vida. También vivir consiste en aprender a escuchar una sola nota: la de nuestro propio ser cuando deja de dispersarse entre miles de estímulos y logra vibrar en consonancia con el orden profundo de la naturaleza. Allí la música deja de ser un objeto que escuchamos para convertirse en una forma de ser en el mundo.

Vivimos en una cultura que nos invita constantemente a cambiar de canción, de pantalla, de actividad y de pensamiento. Les propongo el camino inverso: permanecer. Permanecer el tiempo suficiente para descubrir que la profundidad no nace de la cantidad, sino de la atención. Tal vez el maestro tenía razón. No hace falta aprender miles de notas. Basta comprender verdaderamente una sola.

Hasta la próxima.

El cuerpo como memoria

El cuerpo recuerda cosas que la mente ya no puede nombrar. No recuerda como una historia, sino como una sensación.

Una tensión que aparece. Una respiración que se agita. Un gesto que se adelanta.

El cuerpo no miente, utiliza un lenguaje que puede ser interpretado por los otros, sin embargo prioritariamente es un centro de informaciones para nosotros mismos.

A veces creemos que algo “nos pasa”, cuando en realidad algo se activa.  No viene del presente, aunque se dispare ahí. Viene de más atrás, es un registro antiguo que sigue vivo en la carne.

El cuerpo no olvida lo que fue importante para sobrevivir. Por eso guarda. Guarda formas de protegerse. Guarda maneras de anticiparse. Guarda respuestas que alguna vez evitaron un dolor mayor.

Si alguien se acerca con el puño alzado y el rostro con un gesto amenazante mi cuerpo, mis músculos se tensan sin necesidad de analizar la situación. El cuerpo actúa para sobrevivir.

Antes pensaba que entendiendo era suficiente. Que si lograba comprender de dónde venía una reacción, esta iba a aflojar. Lamento decir que no siempre ocurre así.

Podía reconocer el pensamiento, incluso cuestionarlo, y sin embargo el cuerpo ya estaba ahí: tenso, preparado, adelantado y convertido en un escudo protector.

La reacción ya había empezado antes de que la conciencia pudiera intervenir.

Ahí entendí algo simple y profundo a la vez: no todo lo aprendido se aprende con la mente.

Hay aprendizajes que entran por la experiencia directa. Por la repetición. Por la emoción. Y esos aprendizajes viven y se guardan en el cuerpo.

“No vemos el mundo tal como es. Lo vemos a través de aquello que aprendimos. Y tal vez crecer consista, simplemente, en aprender a mirar otra vez.”

La autonomía, el arte de permanecer dueño de uno mismo.

Vivimos en una época que exalta la libertad. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a reflexionar acerca de una pregunta esencial: ¿somos realmente libres?

A simple vista, podríamos responder afirmativamente. Elegimos qué estudiar, dónde vivir, qué consumir, qué leer o con quién relacionarnos. Sin embargo, cuando observamos con mayor profundidad, descubrimos que muchas de nuestras decisiones están condicionadas por factores que rara vez cuestionamos.

Paradigmas culturales, creencias familiares, hábitos adquiridos, presiones sociales, expectativas ajenas y necesidades de reconocimiento influyen silenciosamente en nuestra conducta. Poco a poco vamos construyendo una manera de pensar y actuar que terminamos considerando natural, sin advertir que muchas veces responde más a condicionamientos que a elecciones conscientes.

Por esta razón considero que la autonomía constituye una de las capacidades más importantes que puede desarrollar un ser humano. La autonomía es la capacidad de gobernarse a sí mismo.

No significa aislamiento ni autosuficiencia absoluta. Tampoco implica rechazar la influencia de otras personas o vivir desconectado de la sociedad. Significa algo mucho más profundo: la capacidad de dirigir conscientemente la propia vida.

La palabra proviene del griego y puede traducirse como «darse a sí mismo la propia ley». Desde la filosofía clásica hasta nuestros días, numerosos pensadores han reflexionado sobre esta capacidad.

Aristóteles sostenía que la libertad requiere virtud y que el carácter se construye mediante hábitos. Kant afirmaba que la autonomía surge cuando somos capaces de actuar según principios elegidos conscientemente. Spinoza proponía que cuanto más nos comprendemos, más libres nos volvemos. Y Viktor Frankl recordaba que entre el estímulo y la respuesta existe un espacio donde reside nuestra libertad.

Aunque pertenecen a épocas y contextos diferentes, todos ellos parecen señalar una misma dirección: la verdadera libertad comienza en el interior.

Muchas personas asocian la libertad con la posibilidad de hacer aquello que desean. Sin embargo, la experiencia demuestra que no siempre somos libres cuando hacemos lo que queremos. Con frecuencia somos esclavos de nuestros impulsos, de nuestras emociones, de nuestros miedos o de la necesidad de aprobación.

La autonomía comienza cuando desarrollamos la capacidad de observar estos mecanismos y evitar que gobiernen nuestra conducta.

Mucho antes de que existieran la neurociencia y el estudio académico de estos campos del conocimiento, los sabios de Oriente ya observaban que gran parte de nuestras acciones son automáticas y responden a patrones profundamente arraigados. De esa observación surge la técnica de la meditación, abriendo una nueva ventana hacia el autoconocimiento.

Podríamos decir que la mayor prisión es aquella cuya existencia ignoramos.

Cuando observamos nuestros pensamientos, emociones, hábitos y reacciones, comenzamos a descubrir cuánto de nuestra conducta es verdaderamente libre y cuánto responde a condicionamientos adquiridos. Esta observación requiere honestidad. También requiere valentía.

No siempre es agradable descubrir que algunas decisiones importantes de nuestra vida han sido influenciadas por el miedo, por la necesidad de aceptación o por la simple costumbre. Sin embargo, ese descubrimiento constituye el primer paso hacia una libertad más auténtica.

La autonomía también está estrechamente relacionada con la responsabilidad.

Mientras atribuimos a los demás el origen de todos nuestros problemas, permanecemos en una posición de dependencia. Recuperamos poder cuando comenzamos a preguntarnos qué depende de nosotros y qué podemos hacer al respecto.

Esta actitud produce un efecto sorprendente: fortalece la autoestima.

La autoestima saludable no surge únicamente del reconocimiento externo. Surge de la coherencia. Nace cuando existe una correspondencia entre lo que pensamos, lo que sentimos, lo que decimos y lo que hacemos.

Cada decisión asumida fortalece la confianza. Cada acto coherente fortalece la autoestima. Por eso la autonomía no es una condición que se alcanza de una vez y para siempre. Es una práctica cotidiana. Se expresa en las pequeñas decisiones de cada día. Quizás la autonomía no consista en conquistar el mundo exterior. Quizás consista en algo más sencillo y más profundo: permanecer dueño de uno mismo.

Porque cuanto más nos conocemos, menos dependemos. Y cuanto menos dependemos, más libres somos.

Hasta la próxima.

Cuando la mente se aquieta, la intuición se fortalece y el conocimiento se expande.

En muchos contextos contemporáneos, la meditación suele ser presentada como un ejercicio de relajación o como un recurso para reducir el estrés. Si bien estos efectos pueden estar presentes, resultan insuficientes para describir su verdadera naturaleza.

Desde una perspectiva más profunda —compartida por diversas tradiciones y también por la experiencia de quienes han sostenido con disciplina una práctica en el tiempo— la meditación puede entenderse como el acceso a un estado de conciencia diferente.

No se trata de pensar mejor. Se trata de percibir de otra manera.

En ese estado, la mente discursiva —lineal, analítica, fragmentaria— deja de ocupar el centro. Su actividad no desaparece necesariamente, pero pierde protagonismo. En su lugar, comienza a manifestarse una forma de comprensión más directa, menos mediada por el lenguaje.

A esta forma de comprensión, la asimilamos con el proceso de intuición.

En el uso cotidiano, la intuición suele asociarse a algo momentáneo: una idea repentina, una corazonada, un destello.

Sin embargo, desde una perspectiva más profunda, es posible pensar la intuición no como un evento aislado, sino como un estado sostenido de percepción.

Una intuición que no aparece y desaparece, sino que se mantiene.
Una intuición que se extiende en el tiempo. Una intuición lineal.

Hasta la próxima

Cuando la mente se aquieta y el conocimiento se expande.

En muchos contextos contemporáneos, la meditación suele ser presentada como un ejercicio de relajación o como un recurso para reducir el estrés. Si bien estos efectos pueden estar presentes, resultan insuficientes para describir su verdadera naturaleza.

Desde una perspectiva más profunda —compartida por diversas tradiciones y también por la experiencia de quienes hemos sostenido con disciplina una práctica en el tiempo— la meditación puede entenderse como el acceso a un estado de conciencia diferente.

No se trata de pensar mejor. Se trata de percibir de otra manera.

En ese estado, la mente discursiva —lineal, analítica, fragmentaria— deja de ocupar el centro. Su actividad no desaparece necesariamente, pero pierde protagonismo. En su lugar, comienza a manifestarse una forma de comprensión más directa, menos mediada por el lenguaje.

A esta forma de comprensión, la podemos asimilar a la intuición.

En el uso cotidiano, la intuición suele asociarse a algo momentáneo: una idea repentina, una corazonada, un destello.

Sin embargo, desde una perspectiva más profunda, es posible pensar la intuición no como un evento aislado, sino como un estado sostenido de percepción.

Una intuición que no aparece y desaparece, sino que se mantiene.
Una intuición que se extiende en el tiempo.

En ese sentido, podría hablarse de una “intuición continua”: una forma de conocer que no depende exclusivamente del razonamiento secuencial, sino de una captación más rápida y pura de la experiencia.

Este tipo de percepción no reemplaza al pensamiento, pero lo trasciende.
Lo incluye, sin quedar limitado a él.No consiste en producir pensamientos más claros, sino en generar las condiciones para que la mente se aquiete lo suficiente como para que otra forma de percepción pueda emerger.

Hasta la próxima

Mirar los pensamientos

Tal vez el mayor riesgo no sea pensar de manera incorrecta, sino dejar de advertir que estamos pensando. Cuando una idea se instala sin ser observada, cuando una creencia se vuelve incuestionable, cuando la repetición reemplaza a la reflexión, la conciencia comienza a estrecharse.

Y en ese estrechamiento, lo que se pierde no es solo claridad, sino también libertad. Los paradigmas, cuando no son reconocidos, no solo organizan la realidad: la limitan.

Los condicionamientos, cuando no son observados, no solo influyen en la acción: la determinan. Y en ese punto, la distancia necesaria para cuestionar, para revisar, para elegir, se vuelve cada vez más difícil de sostener.

Tal vez, entonces, el verdadero desafío no consista únicamente en adquirir conocimiento, sino en desarrollar la capacidad de observar aquello que damos por cierto. De introducir, aunque sea por un instante, una pausa en la inercia del pensamiento.

Porque es en ese instante —breve, silencioso— donde algo puede comenzar a cambiar. No necesariamente lo que pensamos, pero sí la perspectiva desde donde observamos y la forma en que nos relacionamos con ello.

Y tal vez sea allí, en ese espacio recuperado entre la idea y la adhesión, donde la conciencia vuelve a abrirse y la posibilidad de pensar —verdaderamente pensar— se vuelve nuevamente posible.

Hasta la próxima, Edgardo

La estupidez como fenómeno de condicionamiento.

En uno de los contextos más oscuros del siglo XX, el pensador alemán Dietrich Bonhoeffer elaboró una reflexión que, aún hoy, conserva una vigencia inquietante.

Lejos de entender la estupidez como una limitación intelectual, la describió como un fenómeno mucho más complejo y, en cierto sentido, más peligroso: una forma de incapacidad para pensar de manera autónoma.

Para Bonhoeffer, el problema no radicaba en la falta de inteligencia, sino en la renuncia a ejercerla.

Esta distinción resulta fundamental.

Porque mientras la ignorancia puede ser corregida a través del conocimiento, la estupidez —en el sentido que él propone— se presenta como una resistencia activa a la reflexión. Una especie de cierre frente a la posibilidad de cuestionar aquello que se ha incorporado como verdad.

En el contexto actual, este fenómeno puede observarse con particular claridad en ciertos modos de circulación de la información.

Las redes sociales y los entornos digitales han ampliado de manera exponencial el acceso al conocimiento. Sin embargo, también han generado dinámicas en las que las ideas no siempre son procesadas, sino simplemente adoptadas y reproducidas.

En muchos casos, las personas comparten afirmaciones, opiniones o interpretaciones sin haberlas examinado en profundidad. No necesariamente por falta de capacidad, sino porque esas ideas encajan con marcos previos, con creencias ya instaladas, con paradigmas que operan de manera implícita.

Lo relevante no es el contenido en sí, sino el mecanismo.

Una idea es aceptada no por haber sido comprendida, sino por resultar familiar. Y, una vez incorporada, es defendida con una convicción que no siempre se corresponde con un análisis consciente.

En ese proceso, se configura una forma de pensamiento que se refuerza a sí misma. Las opiniones circulan dentro de espacios donde rara vez son cuestionadas, y cualquier disonancia tiende a ser descartada antes de ser considerada.

Así, lo que podría ser una oportunidad para ampliar la mirada se convierte, en algunos casos, en una reafirmación constante de lo ya conocido.

Desde la perspectiva desarrollada por Dietrich Bonhoeffer, este tipo de dinámica no responde simplemente a la desinformación, sino a una forma más profunda de funcionamiento: la dificultad para ejercer una reflexión autónoma en medio de estructuras que facilitan la adhesión inmediata.

Y es aquí donde el concepto de condicionamiento vuelve a cobrar relevancia.

Porque lo que se pone en juego no es solo qué se piensa, sino la capacidad de advertir cómo se está pensando. Cuando esa capacidad se debilita, el individuo puede quedar atrapado en circuitos de repetición que refuerzan sus propias creencias sin abrir espacio a la revisión.

Adquirir la capacidad de la auto observación de pensamientos y actitudes es un comienzo para salir de este laberinto de condicionamientos.

Condicionamientos: el instante antes de actuar.

Los condicionamientos suelen ser comprendidos como estructuras mentales: ideas, creencias, interpretaciones que organizan la manera en que percibimos la realidad. Sin embargo, su manifestación más evidente no ocurre en el plano del pensamiento, sino en el de la experiencia inmediata.

Un condicionamiento no es solo algo que se piensa. Es, ante todo, algo que se siente.

Todo parece suceder en una secuencia inevitable.

Se expresa como una reacción emocional que emerge con rapidez, muchas veces antes de que la conciencia pueda intervenir. Un gesto, una palabra, una situación aparentemente simple pueden activar respuestas intensas: enojo, miedo, ansiedad, rechazo. Y en ese mismo instante, el cuerpo se tensa, la respiración se altera, la mente comienza a justificar

Desde esta perspectiva, podría decirse que los paradigmas no operan únicamente como marcos conceptuales, sino como estructuras vivas que atraviesan el cuerpo y la emoción. No solo determinan lo que pensamos sobre el mundo, sino cómo lo experimentamos.

Por eso, comprender un paradigma no es suficiente para transformarlo.

Una persona puede reconocer racionalmente que ciertos patrones ya no le resultan útiles —en sus vínculos, en su trabajo, en su forma de vivir— y, sin embargo, seguir reaccionando de la misma manera. Esto ocurre porque el condicionamiento no ha sido desactivado en el plano donde realmente se sostiene: el de la respuesta emocional automática.

En este punto aparece una de las claves más sutiles del proceso de cambio.

Entre lo que ocurre y la reacción que se desencadena, existe un instante. Un intervalo breve, casi imperceptible, que suele pasar desapercibido. Sin embargo, es allí donde reside la posibilidad de transformación.

En ese espacio, la reacción aún no se ha completado. El impulso está presente, la emoción ya se ha activado, pero la acción todavía no ha sido ejecutada.

Ese instante es el lugar de la auto observación.

No como una idea, sino como una capacidad: la de observar lo que está ocurriendo sin quedar completamente absorbido por ello.

El problema es que, en la mayoría de los casos, ese espacio no es percibido. La velocidad del condicionamiento, sumada a la identificación con la emoción, hace que la reacción se despliegue automáticamente. No se elige responder de cierta manera: simplemente sucede.

Por eso, el desarrollo de la conciencia no consiste en eliminar las emociones ni en evitar los estímulos, sino en entrenar la capacidad de administrar ese intervalo.

De ampliar, aunque sea levemente, ese espacio entre el estímulo y la respuesta.

A partir de allí, el cambio deja de ser una imposición externa para convertirse en una posibilidad real.

Porque cuando la reacción no es inmediata, aparece algo distinto: la observación y la elección. Administrar la respiración, entrenar la concentración y meditación son poderosas y necesarias herramientas para incorporar.

Sentir el mundo que habitamos

María Mitchell, la primera astrónoma académica de los EEUU, escribía: “No mires las estrellas únicamente como puntos brillantes. Trata de absorber la inmensidad del universo”.

Saint-Exuperí en su inolvidable libro El Principito, nos decía “solo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible a los ojos”

Podría seguir citando frases o pensamientos que expresan una necesidad humana de conectar con una forma de vida más integrada a una existencia de la cual somos parte y que dejamos de percibir.

Una manera que trascienda nuestra individualidad y nos permita estar en sintonía con algo más grande que uno. Una actitud que le dará mayor sentido a nuestras vidas.

Esta conexión nos enriquece, amplía nuestra perspectiva sobre el mundo y sus fenómenos, y nos hace sentir más completos. Por el contrario, cuando salimos de esa sensación de unión, perdemos el eje, desperdiciamos energía, nos desenfocamos y en consecuencia equivocamos el rumbo. Como consecuencia tenemos menos certezas y crece una sensación de vacío existencial, que no siempre conseguimos explicar racionalmente.

Para compensar la angustia que suele acompañar este proceso, la humanidad corre detrás de pequeños logros, cuyo tiempo de disfrute es finito. Finalizada esa sensación de efímera felicidad, comienza todo otra vez y se va instalando un bucle que se actualiza y realimenta constantemente, cambiando el objeto de deseo de manera interminable. Una especie de sensación de vivir viviendo.

Mircea Eliade en su libro Lo sagrado y lo profano, nos ayuda a comprender la gran diferencia entre la forma de estar en el mundo de los integrantes de las sociedades arcaicas y las comunidades occidentales y modernas. El autor nos habla de lo sagrado y lo profano, constituyendo dos situaciones existenciales asumidas por el ser humano a lo largo de su historia y utiliza la palabra hierofanía para denominar el acto de esa manifestación de lo sagrado en lo cotidiano, en la realidad profana.

Esta actitud ante la existencia, no debe ser tomada como un proceso religioso, dado que estamos hablando de sociedades anteriores a las religiones institucionalizadas. Sociedades que convivían con la naturaleza, aprendían de ella y la respetaban porque también dependían de todo lo que les proporcionaba. Para este ser humano -primitivo- un objeto cualquiera como una piedra o un árbol o todo lo que formaba parte de sus funciones vitales (alimentos, sexualidad, trabajo, etc.), se podía transmutar a una condición de carácter sagrado, a pesar de seguir siendo árbol o piedra. La naturaleza o el cosmos en su totalidad podía convertirse en hierofanía.

Hace muchos años, pude comprender el significado de hierofanía, al escuchar una charla que dio el cacique de la comunidad guaraní Fortín Mbororé, en las cercanías de Puerto Iguazú, provincia de Misiones. Era una conmemoración interna de la comunidad, relacionada al día de la tierra y a la que tuve el privilegio de poder asistir, por integrar un grupo que colaboraba con ellos. Escuchar a Don Antonio, así se llamaba el anciano cacique, hablar de la tierra y su valor para su comunidad con un lenguaje simple, pero desde un sentir verdadero y profundo, trascendía el leguaje verbal y me permitió comprender lo que es estar verdaderamente integrado a la Naturaleza. Nunca lo olvidaré.

Debemos reaprender a vivir con lo que está vivo. Volver a sentir el mundo que habitamos, a percibirlo desde el corazón y conectarnos con lo esencial.

Sentir el mundo que habitamos

María Mitchell, la primera astrónoma académica de los EEUU, escribía: “No mires las estrellas únicamente como puntos brillantes. Trata de absorber la inmensidad del universo”.

Saint-Exuperí en su inolvidable libro El Principito, nos decía “solo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible a los ojos”

Podría seguir citando frases o pensamientos que expresan una necesidad humana de conectar con una forma de vida más integrada a una existencia de la cual somos parte y que dejamos de percibir.

Una manera que trascienda nuestra individualidad y nos permita estar en sintonía con algo más grande que uno. Una actitud que le dará mayor sentido a nuestras vidas.

Esta conexión nos enriquece, amplía nuestra perspectiva sobre el mundo y sus fenómenos, y nos hace sentir más completos. Por el contrario, cuando salimos de esa sensación de unión, perdemos el eje, desperdiciamos energía, nos desenfocamos y en consecuencia equivocamos el rumbo. Como consecuencia tenemos menos certezas y crece una sensación de vacío existencial, que no siempre conseguimos explicar racionalmente.

Para compensar la angustia que suele acompañar este proceso, la humanidad corre detrás de pequeños logros, cuyo tiempo de disfrute es finito. Finalizada esa sensación de efímera felicidad, comienza todo otra vez y se va instalando un bucle que se actualiza y realimenta constantemente, cambiando el objeto de deseo de manera interminable. Una especie de sensación de vivir viviendo.

Mircea Eliade en su libro Lo sagrado y lo profano, nos ayuda a comprender la gran diferencia entre la forma de estar en el mundo de los integrantes de las sociedades arcaicas y las comunidades occidentales y modernas. El autor nos habla de lo sagrado y lo profano, constituyendo dos situaciones existenciales asumidas por el ser humano a lo largo de su historia y utiliza la palabra hierofanía para denominar el acto de esa manifestación de lo sagrado en lo cotidiano, en la realidad profana.

Esta actitud ante la existencia, no debe ser tomada como un proceso religioso, dado que estamos hablando de sociedades anteriores a las religiones institucionalizadas. Sociedades que convivían con la naturaleza, aprendían de ella y la respetaban porque también dependían de todo lo que les proporcionaba. Para este ser humano -primitivo- un objeto cualquiera como una piedra o un árbol o todo lo que formaba parte de sus funciones vitales (alimentos, sexualidad, trabajo, etc.), se podía transmutar a una condición de carácter sagrado, a pesar de seguir siendo árbol o piedra. La naturaleza o el cosmos en su totalidad podía convertirse en hierofanía.

Hace muchos años, pude comprender el significado de hierofanía, al escuchar una charla que dio el cacique de la comunidad guaraní Fortín Mbororé, en las cercanías de Puerto Iguazú, provincia de Misiones. Era una conmemoración interna de la comunidad, relacionada al día de la tierra y a la que tuve el privilegio de poder asistir, por integrar un grupo que colaboraba con ellos. Escuchar a Don Antonio, así se llamaba el anciano cacique, hablar de la tierra y su valor para su comunidad con un lenguaje simple, pero desde un sentir verdadero y profundo, trascendía el leguaje verbal y me permitió comprender lo que es estar verdaderamente integrado a la Naturaleza. Nunca lo olvidaré.

Debemos reaprender a vivir con lo que está vivo. Volver a sentir el mundo que habitamos, a percibirlo desde el corazón y conectarnos con lo esencial.

Hasta la próxima

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