Hola. Quiero invitarlos a reflexionar sobre algo que parece pequeño, casi frágil, pero que en realidad es una de las fuerzas más poderosas que tenemos: la ternura.
Vivimos en una sociedad líquida, cambiante, donde se valora lo rápido, lo eficiente y lo productivo. Un mundo que celebra la fuerza expresada en empuje, presión y velocidad creciente. En ese paisaje, la ternura se torna algo secundario, y hasta se degrada y se disuelve.
Esto me entristece, porque si miramos con atención veremos que la ternura no es lo opuesto a la fortaleza: si bien no necesita violencia para expresarse, utilizarla nos fortalece. Es una forma de mirar, de estar, de vincularnos. Es usar la vulnerabilidad del otro no como una debilidad sino como un puente que nace de la sensibilidad, del respeto, de la presencia. Tal vez se trate de una forma más madura de fuerza.
La neurociencia explica que si alguien nos trata con ternura, o si nosotros mismos la utilizamos, nuestro cuerpo se reorganiza y el sistema nervioso entra en modo de seguridad. Podríamos decir que la ternura es biológicamente reguladora. Sabemos por experiencia que cuando una persona nos mira con amabilidad, cuando nos habla con calidez, cuando sentimos que le importa escucharnos, sin interrumpirnos ni transmitirnos su ansiedad, se produce una conexión que favorece el bienestar y propicia buenos intercambios.
Entonces, si la ternura es tan necesaria, tan humana, ¿por qué parece faltar en nuestro mundo actual? ¿Será que importa más lo que logramos y no cómo tratamos a los demás?
¿Será porque la velocidad nos vuelve máquinas torpes para lo sutil? ¿Estará relacionado con ese marcado individualismo que nos acostumbra a sobrevivir en modo defensa?
Sin embargo, la ternura es fuerte: sigue ahí. Escondida, reprimida, pero nunca extinguida.
Solamente necesita atención, espacio y permiso para florecer.
Ser tierno hoy es resistir la indiferencia. Y esta resistencia tiene algo hermoso: es contagiosa y se multiplica.
Ojalá podamos, cada uno a su manera, volcar más ternura en el mundo que habitamos. En nuestros vínculos, en nuestras casas, en nuestros trabajos, en la forma en que nos tratamos a nosotros mismos.
Al fin de cuentas, es recordar que lo humano todavía importa.