Tal vez el mayor riesgo no sea pensar de manera incorrecta, sino dejar de advertir que estamos pensando. Cuando una idea se instala sin ser observada, cuando una creencia se vuelve incuestionable, cuando la repetición reemplaza a la reflexión, la conciencia comienza a estrecharse.
Y en ese estrechamiento, lo que se pierde no es solo claridad, sino también libertad. Los paradigmas, cuando no son reconocidos, no solo organizan la realidad: la limitan.
Los condicionamientos, cuando no son observados, no solo influyen en la acción: la determinan. Y en ese punto, la distancia necesaria para cuestionar, para revisar, para elegir, se vuelve cada vez más difícil de sostener.
Tal vez, entonces, el verdadero desafío no consista únicamente en adquirir conocimiento, sino en desarrollar la capacidad de observar aquello que damos por cierto. De introducir, aunque sea por un instante, una pausa en la inercia del pensamiento.
Porque es en ese instante —breve, silencioso— donde algo puede comenzar a cambiar. No necesariamente lo que pensamos, pero sí la perspectiva desde donde observamos y la forma en que nos relacionamos con ello.
Y tal vez sea allí, en ese espacio recuperado entre la idea y la adhesión, donde la conciencia vuelve a abrirse y la posibilidad de pensar —verdaderamente pensar— se vuelve nuevamente posible.
Hasta la próxima, Edgardo


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