El cuerpo recuerda cosas que la mente ya no puede nombrar. No recuerda como una historia, sino como una sensación.

Una tensión que aparece. Una respiración que se agita. Un gesto que se adelanta.

El cuerpo no miente, utiliza un lenguaje que puede ser interpretado por los otros, sin embargo prioritariamente es un centro de informaciones para nosotros mismos.

A veces creemos que algo “nos pasa”, cuando en realidad algo se activa.  No viene del presente, aunque se dispare ahí. Viene de más atrás, es un registro antiguo que sigue vivo en la carne.

El cuerpo no olvida lo que fue importante para sobrevivir. Por eso guarda. Guarda formas de protegerse. Guarda maneras de anticiparse. Guarda respuestas que alguna vez evitaron un dolor mayor.

Si alguien se acerca con el puño alzado y el rostro con un gesto amenazante mi cuerpo, mis músculos se tensan sin necesidad de analizar la situación. El cuerpo actúa para sobrevivir.

Antes pensaba que entendiendo era suficiente. Que si lograba comprender de dónde venía una reacción, esta iba a aflojar. Lamento decir que no siempre ocurre así.

Podía reconocer el pensamiento, incluso cuestionarlo, y sin embargo el cuerpo ya estaba ahí: tenso, preparado, adelantado y convertido en un escudo protector.

La reacción ya había empezado antes de que la conciencia pudiera intervenir.

Ahí entendí algo simple y profundo a la vez: no todo lo aprendido se aprende con la mente.

Hay aprendizajes que entran por la experiencia directa. Por la repetición. Por la emoción. Y esos aprendizajes viven y se guardan en el cuerpo.

“No vemos el mundo tal como es. Lo vemos a través de aquello que aprendimos. Y tal vez crecer consista, simplemente, en aprender a mirar otra vez.”