La mayor parte de la vida no ocurre en momentos extraordinarios. Ocurre en lo que se repite.

Un día común comienza antes de que estemos realmente despiertos. El cuerpo se mueve, la mente se adelanta, el día ya empezó sin pedir permiso. Hacemos lo que siempre hacemos. Pensamos lo que solemos pensar. Respondemos como aprendimos a responder.

No hay nada dramático en eso. Es simple. Es humano. Pero hay algo inquietante: la vida sucede mientras estamos apenas presentes.

Decimos “yo” con facilidad, pero rara vez nos detenemos a mirar que hay detrás de ese “yo”. Creemos que elegimos, que decidimos, que conducimos. Sin embargo, muchas veces solo seguimos una inercia conocida, una forma aprendida de estar en el mundo.

El día común es el escenario perfecto para esto. No exige atención plena, no nos interpela demasiado. Y justamente ahí – en lo cotidiano—es donde el piloto automático gobierna con mayor eficacia.

Tal vez no sea falta de conciencia. Tal vez sea solamente costumbre.Tal vez no elegimos tanto como creemos. Tal vez elegimos dentro de lo ya elegido.

Y aun así, hay algo en nosotros que intuye que podría ser de otro modo. Una incomodidad suave. Una pregunta sin forma. Un “¿es solo esto?” que aparece sin ser invitado.

Los paradigmas no se imponen. Se absorben. No se enseñan explícitamente. Se respiran.

Son ideas tan básicas que ni siquiera las reconocemos como ideas. Creencias que se vuelven paisaje. Supuestos que ya no se discuten porque parecen evidentes.

Vivimos dentro de ellos como se vive dentro del idioma materno: no lo pensamos, lo habitamos. Y desde allí interpretamos el mundo, a los otros y a nosotros mismos.

Sin embargo hay formas de reforzar nuestra autonomía y salir del laberinto.

Recuerda que vivir es elegir