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Confianza

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Sin lugar a dudas la confianza es uno de los valores más importantes para construir vínculos que perduren en el tiempo.

Si buscamos en el diccionario, encontramos que confianza es la esperanza firme que se tiene de alguien o algo.

Exactamente eso, la esperanza firme de poder creer en el otro, en su coherencia de vida. La necesidad de saber y sentir que la palabra escuchada es garantía de veracidad, y que sostiene el pacto implícito de una honestidad férrea que deseamos que se contagie endémicamente a todos los integrantes de nuestra cultura.

Para enseñar, ya se trate de educadores formales en su tarea en las aulas o padres que transmiten enseñanzas a sus hijos, el vínculo entre el que enseña y el que aprende debe estar dotado de plena confianza. Cuanto mayor sea, más rico será el intercambio entre ambos.

Desde que conocí al profesor DeRose, en el año 1985, nunca lo escuché decir algo que no fuera verdadero. Más de tres décadas de verdades. Eso enalteció su figura ante mis ojos y me hizo incorporar ese valor esencial, porque lo comprendí como una conducta valiosa y una forma de poder. No hablo de un poder con relación al otro, me refiero a un empoderamiento ligado a la seguridad con respecto a uno mismo. Desde entonces, siento que ha crecido mi autoestima y autoridad moral.

Debemos generar una cultura de confianza porque, además de ser un valor esencial en la convivencia y el valor ético, constituye una actitud inteligente que como consecuencia inevitable allana el camino, reduce las dificultades y facilita la obtención de buenos resultados. Es evidente su trascendencia para nuestra capacidad de autorrealización, calidad de vida y felicidad.

Para comprender el valor de estas acciones, tratemos de imaginar que, por alguna causa no explicable, todos los habitantes del planeta no mintieran durante veinticuatro horas. Todos podríamos confiar en el otro, seguros de que nos dice verdades. Cuántas cosas cambiarían de inmediato, y seguramente para bien de todos.

Uno de los primeros efectos que se generarían es un crecimiento de la solidaridad. Tantas veces dejamos de ayudar porque dudamos de la autenticidad de ese pedido, desconfiamos y no extendemos la mano…

Entonces, si sabemos el poder de estas actitudes, ¿por qué no aplicarlas a nuestra vida, contagiar mediante el ejemplo a otros y así generar una epidemia de valores positivos? Tal vez la única epidemia recomendable.

Reeducarnos para ser mejores es una actitud superadora.

¿Lo intentamos?

Hasta la próxima.

 

El elemento agua

 

Kosice

No puedo afirmar si el hombre proviene del agua, si fuimos primates acuáticos como aseguran en sus teorías algunos investigadores de nuestros orígenes. Pero es real que cuando me zambullo en la piscina siento un enorme placer, algo así como estar en casa.

Me conecto con una sutileza especial en ese medio que acepta la forma de mi cuerpo, amoldándose a él y sosteniéndome a flote como si me llevara en sus brazos.

Mientras escribo me aparecen imágenes de niños pequeños disfrutando del agua, flotando con gran facilidad y riendo en ese juego acuático que puede extenderse durante horas y parece no terminar nunca. Los que hemos convivido con niños pequeños comprobamos que cualquier juguete moderno es vencido ante la simple propuesta de colocarlos frente a varios recipientes con agua y darles la libertad de jugar.

Al nadar percibo que el antiquísimo conflicto de diestros o zurdos desaparece. No creamos diferencias entre nuestros miembros, perfectamente equilibrados por la naturaleza. Los brazos y piernas se desempeñan como hélices, con movimientos simétricos y acompasados que impulsan al nadador de manera constante.

Y después de unos minutos en el agua, empiezo a darme cuenta que hay algunas similitudes con nuestro andar por la vida. Debo mirar la línea que está en el fondo de la piscina y seguirla con atención para mantener el rumbo. Si no elijo la meta me pierdo con facilidad, choco con otros nadadores, me golpeo con los andariveles y el andar se dificulta.

Si me muevo de manera consciente, dando brazadas firmes y con ritmo definido logro mayor velocidad y consigo avanzar más y con menos cansancio.

Descubro que la estética del movimiento es muy importante para poder deslizarme. Mi cuerpo corta el agua y logro vencer la resistencia que opone, con elegancia, sin chapotear, salpicar y crear incomodidad en los circunstanciales vecinos.

Cuando el cansancio llega, si no abandono la marcha, me llega una nueva oleada de energía que me permitirá continuar y disfrutar de la auto superación.  El resultado será la conquista de nuevas metas y desafíos.

Como en la vida, mis momentos en el agua son de dos clases: unos van directamente a concluir en una determinada meta a buen ritmo; otros, sin objetivo, haraganes y de puro vagabundeo.

La respiración, bella dama que regula mis sentidos. Es en el agua donde fácilmente percibo que tengo la capacidad de administrarla de manera voluntaria. Y me recrean las burbujas de mi propio aliento. Como decía el célebre Kosice: son las burbujas las que le dan movimiento al agua.

El pensamiento, esa máquina fantástica que se embelesa con tanta facilidad y se entrega a la anarquía, cede a su natural rebeldía y acepta enfocarse a mi pedido en la tarea.

Al final de cuentas, nadar y andar en la vida se asemejan mucho. Recuerdo el pensamiento del escritor DeRose: Deberíamos ser como las aguas de los ríos que tranquilamente contornean los obstáculos.

¡Hasta la semana próxima!

 

 

 

 

Bienvenido cumpleaños

 

feliz cumpleAgosto para mí, es especial. Es el mes en el cual hace 63 años y con la complicidad de mi madre, que por coincidencia también era de agosto, se producía mi nacimiento. La fecha que se estableció en mi historia como el momento para ser festejado.

Sin embargo, estoy preguntándome ahora, que en mi retina y sentidos están presentes las múltiples emociones fragmentadas de los varios festejos ocurridos recientemente, ¿cuántas veces nacemos a lo largo de nuestras vidas? Y atención, que no hay ni un atisbo de misticismo en esta reflexión; por el contrario, es una pregunta nacida desde el más profundo pragmatismo.

Considero que, desde el alumbramiento y durante el transcurso de nuestra existencia, nos vamos construyendo y tomando constantes decisiones que nos llevarán a generar modificaciones fundamentales. Como resultado y en forma constante, aquella persona que abandonó el vientre materno para mudarse al exterior, comparada con la que llega al final del recorrido, en mayor o en menor medida, será siempre otra.

La vida es nuestra escuela y las experiencias, maestras rigurosas. En consecuencia, comenzamos a reaccionar de otra forma ante los mismos hechos y esto es producto de que interpretamos el mundo de otra forma. Como dice Humberto Maturana, no vemos el mundo como es, lo vemos como somos.

A ello se suman las constantes modificaciones que sin pausa se producen en nuestra biología.

En mi caso, cuántas cosas han cambiado desde aquel agosto de 1953: lugar de residencia, aspectos comportamentales, hábitos, relaciones afectivas, profesión, valores, prioridades, deseos y tantas otras que resulta difícil enumerar.

Estos cambios, algunos más conscientes que otros, son importantes por las consecuencias que en forma encadenada producen en el proceso evolutivo de cada uno. Cada cambio, elección, experiencia, cada situación atravesada será generadora de otras y así sucesivamente.

Los griegos lo analizaban desde la paradoja de Teseo, refiriéndose a un barco al cual se le fueron cambiando partes y tratando de comprender si seguiría siendo el mismo barco.

Creo que lo que uno logra, si tiene la intención de hacerlo, es ser más el que verdaderamente desearía ser. Descubrir su propia esencia, conocerse más y así avanzar en autosuficiencia y libertad.

Por ello considero una buena tradición la del festejo de cumpleaños, porque un año es un lapso interesante para revisar en qué punto estamos, qué cosas han ocurrido, qué obtuvimos, cuáles son nuestras metas y qué nos quedó pendiente.

En este día y utilizando la sensibilidad que me despierta cada abrazo, saludo, mensaje, sonrisa y regalo recibidos, estoy revisando mi mochila de acciones y deseos para dar el abrazo que no di, el gracias que no verbalicé, el te amo que no expresé, las disculpas que no pedí, el tiempo que no dediqué, el amigo que no visité o la mirada que no brindé.

Gracias a todos los que me hacen sentir que instalar el deseo de cambiar el mundo comienza por la sencilla pretensión de cambiarnos a nosotros mismos.

¡Lo seguiré intentando cada día!

Hasta la próxima semana.

 

 

 

 

 

 

 

El compromiso de enseñar

maestro y alumno-1

Quienes nos dedicamos a la noble tarea de transmitir conocimiento, especialmente los que enseñamos antiguas filosofías y tradiciones culturales, debemos ser cuidadosos con la información que pasamos a los alumnos.

Desde mi visión, siempre tenemos que estar seguros de la veracidad de los datos. Esto requiere un compromiso de filtrar y chequear informaciones y fuentes con otros estudiosos del tema.

En la actualidad proliferan fuentes de fácil acceso, especialmente en Internet, y eso puede generar la tentación de tomar como válidas informaciones que no lo son y además, en infinidad de casos, son tendenciosas.

Hay que resistirse a la seducción que produce la “novedad”. Si el que enseña es responsable, va a chequear y cotejar esa información con otros colegas que tengan erudición suficiente para discutirla, antes de brindarla a sus alumnos, que por la autoridad cognitiva que reconocen al maestro, tomarán los datos como veraces.

El que está en la posición de enseñar también debe estar atento a administrar su ego, para no caer en la mágica sensación de ser poseedor de información única, que causa sorpresa en los alumnos y muchas veces engorda el ego del profesor quien, en lugar de limitarse a enseñar, se deja seducir por la gloria que produce la fugaz admiración del que aprende.

Digo fugaz, porque esa información que motivó la admiración del alumno y engrandeció al maestro, en un tiempo será la causa de la decepción de ese mismo alumno al saber más y darse cuenta de que ese conocimiento no fue un verdadero aporte a su evolución.

Otra variedad pedagógica que es frecuente observar en las casas de estudio, es el docente que con su mejor intención estudia e investiga, pero que, a la hora de enseñar, cae en el error de no saber dosificar el contenido en porciones que sus alumnos puedan digerir con facilidad. Por experiencia, todos sabemos que si comemos en forma exagerada no estaremos más nutridos sino más proclives a una indigestión. Lo mismo ocurre con el intelecto.

Enseñar es un acto de extrema responsabilidad y amor para con nuestros maestros y alumnos. Responsabilidad al transmitir verdades comprobadas, sin alterar los contenidos, compartiendo píldoras de saber cuidadosamente elaboradas, y en dosis tolerables.

Los que amamos antiguas tradiciones observamos que ese conocimiento llegó hasta nosotros por medio de personas dedicadas a la noble tarea del magisterio, que aplicaron a su didáctica dos valores: fidelidad y lealtad.

Fidelidad para no alterar la sustancia de lo que enseñamos, y lealtad a la escuela, al que nos enseñó y a nuestra propia conciencia, cuidando a nuestros alumnos con cada palabra, gesto y actitud.

Hasta la próxima semana.

Nuestras Olimpíadas de cada día

 

olimpiadas

En estos días estamos atravesados por la pasión deportiva que contagian los Juegos Olímpicos. Durante años los atletas que compiten han entrenado incalculables horas para conquistar un lugar entre los mejores del mundo.

Los televisores en todo el planeta reproducen de manera incansable las imágenes de las competencias deportivas. Son cientos de atletas en movimiento que muestran sus habilidades frente a millones de personas estáticas que se emocionan hasta las lágrimas.

La emoción se exacerba y adquiere un sentido patriótico. El atleta con los colores de la bandera pasa a representar al país en una suerte de combate épico que produce en el espectador espasmos de adrenalina desbordante. Momentos que se viven con intensidad similar a la de Leónidas y sus trescientos guerreros espartanos en las Termópilas o, por singular coincidencia, a la de otro Leónidas, el de Rodas, que compitió en cuatro olimpíadas (164 AC, 160 AC, 156 AC y 152 AC) y a quien por sus triunfos se recuerda como el gran atleta del mundo antiguo.

Es muy bueno que este tiempo de conexión con el deporte, el cuerpo, las ganas de superarse y la base ética de las competencias penetre en la sociedad y despierte un entusiasmo que se transforme en acciones constructivas.

Lo triste es saber que millones de personas observan desde su sofá, bebiendo alcohol, fumando y comiendo exageradamente, a unos pocos que madrugan cada día con la vocación de superarse.

En un mundo en el cual el sedentarismo y la obesidad crecen de manera exponencial, estos juegos olímpicos podrían ser el virus positivo que contagie, a aquellos que optan simplemente por observar, un nuevo entusiasmo y ganas de hacer.

Utilicemos la inspiración de los atletas que acompañamos en las imágenes. Ellos han logrado despertar una de las mayores fuerzas: la voluntad. En sí misma no tiene control. Es como la energía eléctrica, que únicamente ofrece un potencial hasta que es utilizada y guiada hacia un objetivo determinado. Este fenómeno es aplicable a todo lo que queremos lograr, y puedo asegurarles que se fortalece si la estimulamos. Además, al final del esfuerzo llega la gran satisfacción de haberlo intentado.

Empezá ya, definí tu objetivo, visualizalo con la mayor exactitud y proyectate hacia él.

Recordemos las palabras de Abraham Maslow: “el hombre tiene su futuro en su interior, dinámicamente vivo en este momento.”

Hasta la semana próxima.

 

 

 

Para aprender, ¡poné las manos en la masa!

Amasando pan

Soy un convencido de que el verdadero aprendizaje se genera cuando hacemos, cuando realizamos algo que trasciende lo meramente teórico. Esa experiencia de concretar lo ideado pone en movimiento todas las capacidades de la persona y, como consecuencia, se asimila y nunca se olvida. Hay frases alusivas a este estilo de aprendizaje: es como andar en bicicleta, una vez que aprendiste no se te olvida más. O la tan escuchada si querés aprender tenés que poner las manos en la masa, en referencia al loable trabajo del maestro panadero en la confección del apreciado alimento.

La sabiduría comienza antes de ponernos en acción: es en el momento de la toma de decisiones cuando configura en sí misma una etapa importante del hacer. Allí empieza la apasionante tarea de avanzar en un laberinto de variadas posibilidades. Comienzan los intentos, vendrán aciertos y errores, brotarán experiencias enriquecedoras y podremos sentir la adrenalina positiva que condimenta la vida de todo emprendedor.

Dicen que, para llegar a ser un buen filósofo, es mejor empezar por realizar tareas prácticas, aquellas que nos obligan a sortear obstáculos manteniendo un claro sentido de la realidad. En esta etapa nos fortalecemos y vamos adquiriendo nuevas aptitudes y talentos.

El recordado filósofo naturalista Lucio Anneo Séneca, más tarde conocido como Séneca el joven, consideraba tan valiosas las experiencias prácticas que elaboraba guías para compartir con sus contemporáneos. En una oportunidad sobrevivió a un naufragio y redactó una serie de consejos prácticos para que tuvieran en cuenta los navegantes en casos similares. Un precursor en la confección de los checklist que tanto usamos actualmente. Incluso cuando fue obligado a quitarse la vida, siguió al pie de la letra y con extrema coherencia los principios prácticos que había predicado. Esto enalteció su figura al punto que se lo sigue leyendo en la actualidad.

Más allá de que lo que nos llega sobre estos célebres personajes que pueden ser generadores de una inspiración positiva para nuestras vidas, en lo particular soy un convencido de que si queremos superarnos y ser positivos y solidarios con los demás, no debemos quedarnos únicamente en el discurso. Me decepcionan los teóricos que escriben artículos que servirán de inspiración a otros teóricos y así sucesivamente, cuando en sus vidas no han logrado concretar uno solo de sus grandes postulados, o algo tan elemental como la autosuficiencia para preparar un huevo frito. Sé que toda generalización es injusta, y ya me disculpo por ello, pero me apena la frustración que genera el discurso que no está acompañado de coherencia.

Soy un apasionado del Método que enseño porque brinda herramientas a los alumnos para que generen cambios positivos en sus vidas. Todo está imbuido de un elevado sentido práctico, ligado a la libertad y al deseo de superarse.

Si mencioné la capacidad de preparar un huevo frito, es por la especial conexión que tengo desde niño con la cocina. Me gusta cocinar con frecuencia y lo utilizo también como recurso didáctico con mis alumnos. Disfruto de elaborar artesanalmente con mis propias manos un producto que brindaré como testimonio de mi afecto. Al final de cuentas, en ese acto tan simple quebramos el paradigma de luchar entre nosotros por la comida. Seguramente esto nos humaniza, nos conecta con el hacer, fortalece el vínculo de confianza entre nosotros. Y facilita la tarea de enseñar y aprender.

Para finalizar, quiero dejar en claro que celebro la intelectualidad e intento desarrollarla, pero propongo evitar el divorcio entre intelectualidad y capacidad práctica.

Como lo expresa el escritor DeRose en uno de sus pensamientos: es por la acción efectiva que alcanzaremos lo que tantos soñaron y no consiguieron, porque únicamente soñaron pero no actuaron.

Hasta la semana próxima.

 

 

El maravilloso zumbido…

 

zumbido

Desde niño comencé a percibir una especie de zumbido que no comprendía. Fui reconociendo que se presentaba con más intensidad cuando estaba entusiasmado con algo que quería realizar o emprender.

Era algo raro. No lograba definirlo con claridad, porque no era un sonido externo que podían escuchar mis oídos. Era una sensación interna, con diferentes niveles de intensidad de acuerdo al grado de entusiasmo que yo poseía.

No sentía temor o incomodidad cuando este zumbido aparecía; al contrario, me atraía, despertaba en mí la curiosidad y lo tomaba como un anuncio de algo positivo. Sin embargo, quería saber más sobre esa sensación que me acompañaba.

Cuando tenía aproximadamente ocho años, mi abuelo me llevó a la estación de trenes Rosario Norte a ver llegar y partir esos colosos de hierro y vapor. Allí estaban, ruidosos y humeantes como toros de lidia enfrentando al torero en una siniestra corrida. Desde mi perspectiva de niño adquirían una dimensión que me emocionaba profundamente. Tal vez por eso, nunca olvido esos paseos por la estación y las recurrentes explicaciones de mi abuelo Agustín que, a pesar de su paciencia, no alcanzaban para satisfacer mi curiosidad.

Y fue en esa observación cuando comprendí que la locomotora (en aquellos años a vapor) comenzaba a acumular energía hasta que fuera suficiente para mover las toneladas de peso de los vagones que arrastraba. Al ir aumentando esa energía, la máquina vibraba generando un zumbido creciente, hasta que el maquinista soltaba los frenos y el tren iniciaba su marcha.

Por primera vez empecé a tener parámetros para entender que lo que yo sentía era un fuerte entusiasmo. Un proceso surgido de la motivación y el deseo de conquista, que a su vez generaban energía para moverme hacia mi objetivo.

Hoy administro mucho mejor esa fuerza anímica que me empuja hacia la meta que deseo alcanzar. Aprendí por medio del uso de las técnicas y conceptos que nos proporciona DeRose Method que, si logramos concentrarnos en el objetivo y lo condimentamos con compromiso y convicción, nuestra fuerza se intensifica en forma inconmensurable.

Los años continuaron pasando y el zumbido sigue. Eso me alegra poderosamente, porque me hace saber que los entusiasmos están vivos y actuantes. Estoy seguro de que en vos, que estás leyendo, también hay zumbidos ligados a deseos positivos.

Mi consejo es que los dejes crecer para que se intensifiquen y generen la construcción de tus sueños más anhelados. Y cuando sientas ese hermoso zumbido que precede la acción, soltá los frenos y comenzá a andar. Si lo logramos, habrá muchos zumbidos que se unirán en un gran bramido que moverá a otros, disolverá paradigmas y será generador de construcciones liberadoras y personas más felices.

Hasta la semana próxima…

 

Escribir es trascender límites.

bici voladora

Tal vez algún lector se pregunte por qué resolví hacer esto y cuál es el motivo para escribir especialmente los domingos, el día establecido para el descanso.

El principal motivo de este texto es compartir la respuesta a esa pregunta que me realizo repetidas veces, especialmente cuando sentado frente a la computadora no consigo que las musas inspiradoras lleguen en mi ayuda, y en su reemplazo aparecen los estresores.

La decisión de escribir cada domingo constituye un recurso muy útil para establecer rutinas, generar hábitos positivos que con el tiempo serán generadores de nuevas capacidades. Los hábitos se alimentan con una energía muy poderosa que es la voluntad, potenciada por el compromiso asumido con uno mismo y el fin determinado.

Otro de los motivos es trascender límites: al escribir comienzo a salir de las rutinas ordinarias de la vida cotidiana. Primero hay que redondear la idea, darle forma hasta que, logrado esto, al comenzar a hacer marcas en un papel o ahora en la pantalla de mi computadora, plenamente concentrado percibo que estoy entrando en un estado de integración, conmigo y con los demás.

Estoy compartiendo una idea, un pensamiento, una opinión con todos aquellos que se interesen en leerlo. A su vez, esta reflexión o pensamiento será un estímulo para generar nuevas asociaciones que serán compartidas con otros, y así de manera incalculable se generará una red creciente de pensamientos asociados.

No significa que mis escritos sean de gran importancia, pero son mis análisis o reflexiones, casi siempre empíricas. Puede ser que algunos lectores las compartan, otros piensen de otra forma, algunos las distruten y otros las critiquen, pero de una u otra manera nos permitirán enriquecernos por la simple tarea de pensar y sentir en consecuencia. Es abrir una puerta, es comunicarse, es enseñar algo y compartir mucho de lo que cada uno es.

Me gusta escribir, me causa placer porque constituye una agradable sensación de unión ilimitada. Y, como nos dice el escritor DeRose, la fuerza está en la Unión, en la desunión, la flaqueza.

Hasta la próxima semana.

¿Imágenes versus palabras?

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Existen expresiones diversas que empiezan a ser repetidas y cobran la dimensión de verdades irrefutables. Esta es una de ellas: una imagen vale más que mil palabras.

Analizándola me doy cuenta que no es tan determinante ni constituye la definición de una realidad única. Claro está que en la era de la comunicación y la velocidad, las imágenes se están imponiendo por varios goles contra las palabras. El equipo de las palabras cada vez posee menos jugadores talentosos y por falta de entrenamiento se van empobreciendo gradualmente.

Tonto sería si negara el enorme valor de las imágenes, que ilustran de una manera especial nuestra existencia y son profundamente reveladoras, sin embargo y posiblemente por una nostalgia personal, recuerdo con añoranza la hermosa fantasía que generaba mi abuela Eleonora cuando se sentaba en su silla de patas bajas, en su patio de macetas y malvones para verter palabras. Con mis amiguitos la rodeábamos ansiosos para escuchar sus interminables cuentos que nos conducían a esos mundos imaginarios y bellamente ilustrados con las imágenes surgidas de nuestras propias fantasías. Mundos a los cuales regreso de tanto en tanto.

No estoy apuntando en dirección al valor intrínseco de las palabras como discurseaba con gracia particular el Negro Fontanarrosa al exponer su opinión sobre buenas y malas palabras. No estoy afirmando ni negando nada. Estoy intentando estimular el uso del lenguaje en su mayor amplitud, a fin de enriquecerlo y que no perdamos nunca ese don tan humano y maravilloso.

La Biblia señala que “primero fue el verbo” asignándole un gran valor a la palabra. También con su talento poético Pablo Neruda nos dice «aún la atmósfera tiembla con la primera palabra, elaborada con pánico y gemido».

Soy de la costumbre de escribir, leer, y escuchar palabras. De sentir desde ellas, de poder recibirlas y descifrarlas como si frotáramos una lámpara mágica de la cual brotan imágenes diversas.

Que vivan las imágenes que con tanto efecto nos tocan en lo profundo, pero nunca en desmedro de las palabras que nos conducen al bello mundo de la comunicación sentida y humana.

Hasta la semana próxima.

Tolerancia, una virtud necesaria

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Es habitual creer que la persona tolerante, tolera todo. Que es una especie de actitud pasiva. Sin embargo, no se debe confundir la tolerancia con la indiferencia o la simple complicidad. Lo mismo ocurre con supuestos tolerantes que pretenden obligar a los otros a soportar cosas que los dañan, mientras ellos egoístamente solamente observan.

La verdadera tolerancia es la que ejercemos con relación a nosotros mismos, y no pretendiendo que otros toleren lo que no sufrimos.

Por lo tanto esta virtud se halla limitada por la verdad. Por ejemplo: un matemático que comete un error en un cálculo no necesita tolerancia, dado que es comprobable el error. En cambio, una creencia religiosa requiere tolerancia por parte de los que no creen en ella, por la simple razón de que no es comprobable. Lo que es verdad por cuestión de fe para unos, es incomprobable y por lo tanto no creíble para otros. Recordemos el pensamiento del escritor DeRose: “la realidad es una cuestión de óptica”.

En la diferencia es donde el concepto de ser tolerantes adquiere la verdadera dimensión virtuosa, porque es una actitud más elevada que acerca y permite la convivencia de personas con distintos puntos de vista. En estos casos el más beneficiado es el que decide ser tolerante: dará un gran paso hacia su humanidad y evolución.

En el Método DeRose, la formación profesional es una de las tareas más importantes. Entre los conceptos que se transmiten, la tolerancia ocupa un lugar destacado. Es una modalidad que respeta todas las diversidades dentro de límites éticos que consideramos importantes preservar. Este molde es formativo y no punitivo, dado que lo que se transmite es una convivencia con respeto, sin adoctrinar, con reflexión y que será aceptada por aquellos que ya vibran en sintonía con la propuesta, preservando el más absoluto clima de libertad individual.

Revalorizando el compromiso y la acción efectiva, vuelvo a dejar de manifiesto que en ningún caso esta tolerancia debe ser entendida como pasividad o indiferencia.

Alain definía la tolerancia como “un tipo de sabiduría que triunfa sobre el fanatismo, ese temible amor a la verdad”.

Esta propuesta de tolerancia se inserta como un oasis en una sociedad compleja que enfrenta una situación de ajuste y cambio. Encontramos grandes avances en la conquista de libertades individuales y en forma diametralmente opuesta observamos con pena a grupos que desean imponer costumbres y modos de vida restrictivos, llegando a utilizar la violencia desmedida, ligados a sentimientos fanáticos por creencias religiosas poco comprobables o políticas desactualizadas que ya no se ajustan a las necesidades de la sociedad actual.

¿Qué podemos hacer individualmente? Como en todo, si queremos un cambio debemos empezar por nosotros mismos. Antes de pedir tolerancia a otros, incorporemos otro paradigma: tratemos de entender imaginando ser el otro por un instante. Seguramente esta actitud será beneficiosa y marcará el inicio de una comprensión posible y la incorporación de una virtud necesaria que enaltece y se transforma en una cuota de sabiduría accesible.

Hasta la semana próxima.

 

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