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Mejor que pensar en los malos, es pensar en los males

TAMTAM - Numero 4 - v13

Existe una habitual reacción en las personas a sentirse decepcionadas cuando el mundo que las rodea no se ajusta a lo que desearían, generalmente como producto de una proyección fantasiosa de carácter ilusorio.

En esos casos, se generan diferentes actitudes. Algunos se limitan a disgustarse, y simplemente continúan su camino. Otros critican con ardor, intentan hacer algo, pero rápidamente desisten al percibir que mover algo pesado requiere mayor esfuerzo, gran compromiso y, casi siempre, generar un movimiento para que entre muchos pueda removerse el obstáculo del camino.

Todos en general se enojan, se sienten ofendidos y piensan que no son escuchados, cuando justamente ellos son los portadores de la única verdad.

Muy pocos son los que se arremangan y zambullen en el asunto para cambiarlo desde adentro. Son los que, además de poseer buenas intenciones, buscan obtener resultados y piden ayuda. Así, comparten sus deseos con otros que identificándose suman sus fuerzas y empujan en la misma dirección. Como ya no son tiempos de revoluciones violentas, más que nunca debemos tener constancia, paciencia y tolerancia para, férreamente y sin pausa, avanzar hacia el objetivo.

Siempre me identifiqué con aquellos que, inspirados por un ideal, se empeñan en generar cambios, aportes solidarios que con frecuencia son calificados de utopías, especialmente por los que observan como si se tratase de una obra de teatro y, sabiondos y críticos, se regodean desde la tribuna de los que poco hacen, y censuran a  los que, al menos, lo intentan.

Son esos críticos que olvidan sus propios defectos los que suelen hablar de los malos,  y… ¿saben una cosa? En mi vida aprendí que es mejor hablar de los males y así, tratar de sumar corazones y esfuerzos para hacer un mundo mejor.

Tal vez no triunfemos, pero podremos disfrutar de la lucha, del sabor del intento, del cansancio que nos hace sentir útiles. De la plenitud que uno siente cuando está enamorado de algo más grande. Es lo que los pobres de espíritu nunca podrán tener.

¡Hasta la próxima semana!

Experiencias que nos fortalecen

                                                                                                                                                                                                                                                                                                experienciaCuando yo nací, mi padre era un próspero empresario. Mis primeros años transcurrieron en una hermosa casa ubicada en uno de los más selectos barrios de la ciudad de Rosario. Varias empresas permitían a la familia sostener un estándar de vida elevado. Pero el deseo de seguir con nuevos emprendimientos llevó a mi padre a enfrentar riesgos que en poco tiempo le hicieron perder todo su capital y, como consecuencia, nuestra comodidad.

Tuvimos que mudarnos a la casa de mi abuelo materno, quien nos alojó, ante lo desesperado de la situación.

Mi padre no bajó los brazos; como todo emprendedor, logró mejorar nuevamente y en unos años estábamos mudándonos a otra ciudad del interior de la provincia de Santa Fe, donde intentaría progresar con un nuevo proyecto.

Sin embargo, malas sociedades, riesgos exagerados y otros detalles que nunca conseguí descubrir en su totalidad nos llevaron a un nuevo quebranto económico.

Estos altibajos se repitieron varias veces, pasando a ser para mí una enseñanza difícil pero, a la vez, valiosa. Comprobé empíricamente que se podía vivir en ambos extremos de una línea. Fue una importante experiencia de vida que me brindó sentido de realidad.

Una de las cosas que rescato es que, a pesar de lo complicado de esas situaciones, nunca las vivimos con sentido trágico. Había optimismo y confianza en la capacidad de superarlas.

Con mi edad actual y una vida construida y estable, hoy puedo comprender la frase atribuida al filósofo Séneca: “la riqueza es esclava del sabio y dueña del necio”.

Creo que debo agradecer a mis padres por haberme enseñado a encontrar lo positivo en todo momento, y por la capacidad de ambos para intentarlo siempre una vez más.

Entendí también que no se trata de preferir la pobreza a la riqueza; por el contrario, se trata de administrar esa situación y lograr ser independiente aumentando lo propicio y reduciendo lo desfavorable. Una cierta forma de asimetría positiva en cada caso. Al fin de cuentas, el dinero constituye una poderosa fuente de energía, comparable al fuego. Todo depende de cómo sea utilizado.

En otras palabras, podría decir que la “dependencia” de las circunstancias –o más bien las emociones resultantes de ellas- genera una especial forma de esclavitud.

Lo vivido en mi juventud fue una importante semilla. Lo aprehendido en mis años de práctica y estudio de técnicas y conceptos basados en filosofías antiguas constituyó el abono para avanzar a un estado de más libertad, apoyado en la autosuficiencia.

Si lo logramos, podemos superar la fragilidad de sentir temor a perder, es decir, de poner más energía en lo negativo que en lo positivo.

Volviendo a mis recuerdos, tengo en mi memoria la imagen de una noche, cuando a la hora de la cena el menú fue una manzana para cada uno. Podría haber dejado una marca de tristeza entre mis recuerdos; sin embargo, lo llevo en mí como una noche de alegría y plena intimidad. Recordarlo en momentos difíciles me hizo sentir que siempre podemos transformar una situación en algo mejor.

¡Hasta la próxima semana!

 

 

Ábrete sésamo

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Desde la popular expresión abracadabra y el ábrete sésamo de Alí Babá en Las mil y una noches hasta el Avada Kedavra  de Harry Potters, percibo que popularmente se cree en palabras asociadas a poderes misteriosos y ocultos, generalmente invocadas por seres especiales.

En la actualidad, sin caer en creencias sobrenaturales, observo cómo palabras que eran habituales producen fuertes efectos sobre aquellos que las emiten y también en los que las escuchan. Tal vez como consecuencia de haber caído en desuso adquieran la capacidad de producir mayor resultado al pronunciarlas.

Me gusta experimentarlas especialmente en los lugares donde no siempre esperamos   cortesía por parte del otro. Al decir buen día, por favor o un simple sería tan amable, consigo un mejor trato del taxista o de quien atiende en el mostrador de una oficina pública.

Siempre funciona: la expresión del rostro torvo y sombrío se suaviza de inmediato ante el efecto encantador y casi mágico de alguna de esas expresiones de cortesía. Me recuerda la    comparación que se suele hacer de la vida con un espejo: si le sonríes te devuelve una sonrisa, si le gruñes te devolverá un gruñido.

Ahora bien, ¿es antiético usar estas fórmulas de buena convivencia para obtener mejores resultados? Considero que no lo es si las utilizamos con sinceridad, aderezadas con el deseo de comunicarnos mejor, de aproximarnos y hasta de entender que esa otra persona posiblemente se encuentre cargada de agresividad o intolerancia porque su vida no está en un buen momento.

Al instalar este estilo de vida, alteramos el condicionamiento a reaccionar agresivamente y adquirimos un hábito comportamental positivo. Como consecuencia se nos facilita la convivencia, se evitan conflictos y nos relacionamos con el mundo desde un lugar más sensible, amigable y cariñoso. Esto podemos considerarlo mejor calidad de vida.

Si lo observamos en forma pragmática, debemos reconocer que el mundo actual está interconectado. Nuestros vecinos ya no son pocas casas circundantes: hoy son 7.000.000.000 de personas que están observándonos las veinticuatro horas. Las redes sociales han producido la revolución de una interconexión creciente y que expande nuestro radio de influencia en forma ilimitada.

Como consecuencia, la civilidad retorna para entronizarse entre las principales virtudes, tal cual los griegos ya la consideraban hace siglos. Gran cantidad de ejemplos nos muestran cómo la reputación es vulnerable al juicio público de una sociedad sensible a lo que se comparte en las redes.

Estamos ante grandes cambios de paradigmas. La humanidad evoluciona con errores y aciertos en forma de oleadas constantes. El mundo se mueve y camina sin detenerse.

Y las palabras están allí, cargadas de su poder mágico, para abrir puertas, tocar corazones y acercarnos más.

Hasta la próxima semana.

 

El bienestar de la gratitud

 

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Desde pequeño adopté la actitud de agradecer. La incorporación de la gratitud como conducta puede haber tenido sus raíces en el comportamiento de mi familia de origen. En especial recuerdo a mi madre transmitiéndome el mensaje positivo de ser agradecidos a la vida, expresando con alegría que debíamos actuar para retribuir en acciones concretas y cotidianas.

Ella era pintora, fundadora de una escuela de arte, y lo que más le gustaba eran los retratos. Habitualmente me encontraba en mi casa a mendigos a quienes invitaba para que fueran sus modelos vivos. Cuando le preguntaba por qué traía a esas personas a casa, me explicaba amorosamente que era una manera de brindarles cariño, una pausa en sus existencias difíciles. Una forma de expresar gratitud.

Es para mí una virtud misteriosa. No dudo del placer que se experimenta, pero soy consciente del gran obstáculo que se vence, y eso es superador. Lo lindo del sentimiento de gratitud es que le hace bien, en primer término, al que lo siente.

No debemos confundirla con adulación, obsequiosidad, mentira o ese “gracias” que dice por conveniencia el que espera recibir más. Es virtud cuando está ligado al cariño sincero, sin adquirir característica de trueque. Es el placer de sentir agradecimiento incluso manteniéndolo íntimamente guardado, sin necesidad de manifestarlo.

En DeRose Method la gratitud es un valor muy presente, inspirado en antiguas tradiciones. Es un precepto rector de conducta que se siente, se entrena y nos llena de orgullo. Está entre los conceptos que son parte de una reeducación comportamental positiva.

En nuestras escuelas la gratitud fluye sin imposición, de manera armoniosa, sin constituir un deber (no creo tanto en los deberes sino en lo volitivo). La valoramos porque creemos que se trata de un acto de excelencia humana. Tal vez por ello, la sociedad no ve con buenos ojos a los ingratos.

En muchos ya es un don que viene desde adentro; otros lo van desarrollando, incorporando con la simple experiencia de la convivencia con otras personas que también lo desean. Me emociona cuando algunos alumnos me expresan, con gratitud, que han incorporado “gratitud”. Se perciben en sus ojos chispitas de alegría y satisfacción.

Hago pública aquí mi gratitud a todos aquellos de los cuales aprendí, de manera formal e informal, porque sin ellos mi existencia sería más pobre y no gozaría de este bienestar que poseo.

Hasta la próxima semana.

 

 

 

Aprender de los niños…

comunicacion

 

Hace unos días observaba a la mamá de Luca, un hermoso bebé, en una instintiva y tierna conversación. Ella realizaba diversos sonidos acompañados de gestos y el niño trataba de imitarlos iluminando su carita con asombro y sonrisas divertidas. Los sonidos eran solo eso. No tenían un significado particular, no eran palabras ni frases. Solo estímulos sonoros, cargados de amor y energía maternal, viajando desde la mamá al niño que, atento, intentaba retribuirlos.

Al observarlos, en mi mente florecían recuerdos de mis hijos cuando eran tan pequeños como Luca, y de tantos otros niños que en algún momento iniciaron ese aprendizaje tan complejo, bello y sutil que es la comunicación con los otros seres.

La escena me hizo entender en forma práctica que los humanos traemos una necesidad de comunicarnos, como la tienen también todos los integrantes del reino animal. La diferencia es que en nuestras queridas mascotas ese lenguaje es innato, y en los Sapiens se requiere un aprendizaje de códigos que varía de cultura en cultura.

Este conjunto de sonidos y gestos que nos permite comunicarnos está profundamente vinculado a una manera de pensar. Las palabras evocan imágenes, las imágenes predicen a nuestra mente realidades, generan reacciones biológicas y emocionales, transmiten certezas o dudas, se transforman en acciones y mantienen activa esa fascinante maquinaria que es la comunicación humana.

Ahora bien, volviendo a mi pequeño maestro Luca -que me está enseñando cómo se comunica sin todavía saber los códigos de lenguaje que durante años deberá incorporar-, observo que el vínculo de confianza con su mamá es el gran paso para establecer el deseo de entenderse.

Y allí está un importante nudo que dificulta el entendimiento, la falta de confianza con el otro. Traslademos la situación a un ejemplo simple: cuando alguien toca a nuestra puerta, si confiamos le abrimos, lo recibimos sonrientes, le ofrecemos hospitalidad y lo dejamos ingresar a nuestro espacio. Estaremos predispuestos a recibir su persona y su mensaje. En una conversación ocurre lo mismo: podemos abrir la puerta de acceso a nosotros, recibirlo con alegría e interesarnos por lo que tiene para decirnos con la intención de comprenderlo, o bien bloquear, cerrar, no escuchar y en algunos casos desencadenar violencia, de la cual no siempre es posible retornar. Generalmente esto ocurre por paradigmas incorporados.

Si el lenguaje y la comunicación están entonces tan ligados a la cultura formativa, debemos poner atención en revisar, actualizar y hasta modificar barreras preestablecidas. Recordemos que frecuentemente repetimos actitudes de las cuales no nos sentimos orgullosos. Reacciones que incorporamos generalmente por imitación y utilizamos sin pensar. Si no lo modificamos, en cada oportunidad que esto ocurre el paradigma o condicionamiento se actualiza y fortalece. Si hay ganas, siempre podremos mejorar y lograr que muchas puertas comiencen a abrirse.

Hoy, 7.000.000.000 de otros seres humanos están distribuidos en el planeta, con costumbres y formas diferentes, y deseando vincularse. La tecnología lo impulsa y favorece. Hacerlo es reducir fronteras y un ejercicio para humanizarnos. Gracias, Luca, por inspirarme.

Hasta la próxima semana…

 

La enseñanza de los puercoespines.

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Constantemente los seres vivos debieron adaptarse para no sucumbir ante condiciones extremas. El hombre necesitó aprender rápido y atravesar períodos adaptativos para seguir conquistando nuevas capacidades que le permitieran llegar a nuestros días.

El cambio es necesario en todos los seres y, de una manera pragmática y poderosa, el premio de esta capacidad es el mayor: seguir existiendo.

Hoy, el ser humano disfruta de logros que le permiten vivir más años y en condiciones más confortables. Pero la necesidad de adaptación continúa. Se habita en ciudades de alta densidad demográfica, la comunicación con los demás es constante, los espacios se reducen y comparten. El estrés crece y es propio de la urgencia de abrirse paso entre otros competidores y obtener resultados inmediatos. Vemos logros y novedades y somos estimulados a obtenerlos.

Desde mi visión todo esto es positivo, se trata de un período de cambios veloces. Hace poco tiempo andábamos en carros y casi sin percibirlo tenemos que pilotear a la velocidad de un Fórmula 1.

Para ello es preciso aprender, entrenar, compartir actividades con personas positivas y con las cuales podamos interactuar solidariamente. Y, atención: tenemos que trabajar sobre plazos y metas, pero nunca olvidarnos de las personas.

Compartimos espacios, tareas, vehículos, calles, espacios libres, y la proximidad constante con otros Sapiens nos obliga a enfocarnos en administrar las buenas relaciones humanas.

Ya no hay opción; así como siglos atrás debíamos defendernos de fieras salvajes, plagas, otras tribus o grupos que disputaban nuestro espacio o alimento, hoy tenemos que incorporar el sentido de colaboración, entendernos, formar grupos con ideas diferentes, con costumbres variadas, y hacer que esto nos enriquezca. Nunca hasta hoy la humanidad ha tenido una oportunidad tan clara de humanizarse en la unión y fortalecerse con ello.

Esto no es fácil y requiere un aprendizaje diario. Instalar cada día la vocación de pensar con la cabeza del otro, como alerta el escritor DeRose. Llegó la hora de los grupos, de las egrégoras fuertes y unidas, de los espacios de coworking. De entender que es infantil pretender una total ausencia de conflictos; de aprender a solucionarlos con inteligencia. De reconocer que no todos los integrantes de un grupo de trabajo deben pensar lo mismo sino pensar en lo mismo.

Podemos inspirarnos en la experiencia de los puercoespines, animalitos totalmente cubiertos de espinas que, según la historia, en la Edad del Hielo comenzaron a morir de frío. Ante esta situación y observando lo que hacían otros grupos de animales, decidieron juntarse y permanecer próximos para generar calor y sobrevivir. Así lo hicieron, pero algunos de ellos empezaron a molestarse por las espinas y las pequeñas heridas que esta proximidad producía. Abandonaban el grupo, y lógicamente morían congelados. Los que inteligentemente preferían las molestias de las espinas y a pesar de eso, seguir juntos, lograron sobrevivir, generar descendencia y llegar hasta nuestros días.

En la convivencia con los que están más próximos a veces surgen diferencias, y hasta se producen pequeñas heridas; sin embargo, debemos superarlo e instalar una reeducación comportamental inteligente para que las buenas relaciones humanas sinceras y auténticas, lleguen a ser un hábito. Ganaremos calidad de vida y lograremos mejores resultados.

Hasta la próxima semana.

Sabiduría intuicional

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¿Alguna vez pensaste en la posibilidad de tener más conocimiento sobre algún tema, sin recurrir a la intelectualidad o incluso sin efectuar una prueba previa sobre algo?

Por ejemplo: imaginemos que alguien te propone hacer una torta de cumpleaños utilizando como principales ingredientes hígado de pollo, cebolla cruda y abundante crema chantillí. ¿Avanzarías en la elaboración o desecharías rápidamente la idea? Seguramente tomarías la segunda opción, sin necesidad de experimentarlo.

Esto evidencia que alguna capacidad intuitiva nos dice que la combinación de esos ingredientes no nos permitirá obtener un buen resultado.

En un caso así, sabemos sin necesidad de experimentar previamente. ¿Cómo funciona este fenómeno?

La ciencia nos explica que nuestra especie ha logrado desarrollar en el cerebro una corteza prefrontal que le permite al homo sapiens, desde hace miles de años, utilizar una especie de simulador o capacidad predictiva.

Así como existen simuladores de vuelo, poseemos un simulador de experiencias. Es una adaptación muy especial que en apariencia se habría desarrollado en los humanos en forma más importante que en otras especies. Una adaptación tan valiosa como el pulgar oponible, el bipedismo o el lenguaje.

Ocurre que ya sabemos que esos ingredientes no nos servirán para elaborar la torta esperada por todos. Sin embargo nunca experimentamos esa mezcla. Es simple: nuestro simulador se activa intuitivamente tomando conocimientos que se fueron transmitiendo de generación en generación. Ese saber acumulado puede ser de gran utilidad si logramos acceder a él y traerlo a la esfera consciente.

Existen herramientas que permiten acceder a ese estado de conciencia que amplía nuestra sabiduría y nos facilita la vida, llevándonos a un estado de autoconocimiento.

La principal de ellas se llama meditación. Tiene más de 5000 años de antigüedad y miles de seres humanos la experimentaron. Eso certifica su valor.

Hasta la próxima semana.

 

 

 

 

La comunicación que desconecta.

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Desde hace tiempo escucho y leo en distintas fuentes informativas que estamos en la llamada Era de la Comunicación. La tecnología nos ha brindado la posibilidad de estar on line con todo el planeta mediante redes a las que accedemos con un simple smartphone o “teléfono inteligente”, las 24 horas del día.

Para mí, que viajo a distintas ciudades y países en forma constante, esta facilidad de conexión es de una gran ayuda. Puedo conversar con nuestras familias y personas queridas por medio de audio e imágenes en tiempo real y acceder a una enorme gama de posibilidades en lo laboral y profesional.

Sin embargo, en forma paralela a estos avances, observo que esa creciente conectividad no contribuye a entendernos mejor. La dispersión que genera la exagerada y constante atención a tantos estímulos produce un gasto de energía que nos resta capacidad para concentrarnos y comunicarnos de verdad con el otro.

En antiguas filosofías y tradiciones se entendía que para comprender había que tratar de “ser el otro”, estimular la capacidad de descubrir cómo sentía aquel con quien tratábamos de comunicarnos. Percibir una constelación de micro-señales que espontáneamente emiten y reciben los que dialogan sobre un tema determinado.

Existe una corriente energética, una vibración entre ambos, hormonas que se activan, aromas que se perciben, diferentes aspectos sutiles que nos indican el grado de emocionalidad del otro. Detalles que enriquecen, amplían y sinceran la comunicación cuando estamos frente a frente.

El neurocientista Uri Hasson nos explica en una disertación TED que en el diálogo se establece una conexión neuronal. Un grupo de investigadores observaron que, ante una misma historia, los que la escuchaban tenían similares reacciones en sus cerebros. Una especie de armonía se generaba en la actividad mental ante el relato. La explicación es una alineación de los cerebros como consecuencia de las palabras, del tono de voz, de la manera de expresarse, del contenido y de otras variables sumamente sutiles. La investigación nos demuestra que uno solo de estos elementos fragmenta la comprensión, y en cambio la suma de los aspectos que intervienen en el diálogo personal favorece el entendimiento.

Tenemos que recuperar el arte de la comunicación personal. Hacerlo desde el placer y el deseo de estar vinculado a otro ser humano. Recordemos que los otros también nos definen y que aprendemos a través de cada vínculo.

Según mis observaciones en empresas y diversos grupos, la comunicación es uno de los aspectos más importantes sobre los cuales se debe trabajar para mejorar. Comunicarse por teléfono o computadora no da los mismos resultados que mantener un diálogo personal. Es al estar frente a frente cuando se establece una conexión profunda y fértil para pensar y sentir con la cabeza del otro, en forma coincidente con lo que nos dice la filosofía y ahora la ciencia. Si estamos en la Era de la Comunicación, no olvidemos el diálogo, el café con amigos, la cena sin prisa. Sumemos todas las posibilidades para poder entendernos más y obtener mejores resultados. En mi experiencia personal, para resolver alguna situación, prefiero siempre preparar una buena comida y mantener un diálogo en el cual se involucren todos los sentidos y podamos mirarnos a los ojos.

Hasta la próxima…

 

 

 

 

 

Somos lo que hacemos

 

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Hay una frase atribuida a J. W. Goethe que me resulta sumamente inspiradora. El poeta, novelista y dramaturgo alemán que ejerció una fuerte influencia en el Romanticismo señalaba que “hay que aprender a hacer las cosas más pequeñas de la manera más grande”.

Esta frase nos indica varias cosas interesantes. En primer lugar, que no es tan relevante el nivel de la tarea, ya que todas las cosas que hacemos pueden ser muy importantes, y eso depende de nuestro grado de compromiso.

En muchos casos, las tareas de gran magnitud son la suma de cosas pequeñas, que no siempre son observadas y atendidas debidamente. De esa constelación de detalles dependerá en la mayoría de los casos la calidad de lo realizado.

También, hacer las pequeñas cosas con ganas y plena dedicación nos sirve como ejercicio para aprender y superarnos. Todo debe realizarse con entusiasmo, sin importar de qué se trate. Esta actitud genera una energía positiva que crece y nos empuja a seguir avanzando.

Considero que el trabajo ennoblece; no importa cuál sea la tarea, lo más importante es hacer las cosas por el valor que asignamos a lo que estamos construyendo, y no exclusivamente por el resultado económico. Esta actitud engrandece la tarea y a quien la realiza.

Además, lo que define el valor de lo que se hace, es uno mismo. En mi caso, la principal ocupación —entre muchas— es la de enseñar. Y esa importancia se la asigno porque es lo que me produce más placer y felicidad.

Disfruto principalmente al ver a los que están en el proceso de aprender, cuando aplican en su vida cotidiana lo nuevo, lo que ahora pasó a integrar su patrimonio de saberes. Eso da sentido a mis días y compensa todos los esfuerzos.

Por experiencia puedo afirmar que escoger un trabajo guiado únicamente por la ambición económica es un gran error, de hecho, es el camino hacia el fracaso personal. Pasamos a ser esclavos de aquello que tanto nos importa y, como consecuencia, se reduce la libertad y nos transformamos en pobres con dinero.

Al momento de buscar a qué dedicarnos, pensemos cuántas horas por día estaremos haciéndolo, con qué grupo de personas tendremos que convivir, sus valores éticos y profesionales. Y, principalmente, si la tarea nos permitirá crecer como seres humanos.

Siempre se puede. Nos enfrentaremos a dificultades diversas, pero si hay verdaderas ganas y empeño alcanzaremos nuestros objetivos, la autoestima se fortalecerá y vendrá una brisa de aire fresco a nuestra vida.

Empezá hoy mismo a construirlo.

Hasta la próxima.

De palabras y silencios…

 

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Si bien escribí cuatro libros, no me encuadro en el rótulo de escritor. No me considero un dotado en el arte de la escritura. Admiro a aquellos que juegan con las palabras y tienen la capacidad de desarrollar textos iluminados por todos los recursos idiomáticos. Esos escritos que al leerlos nos producen una sensación parecida a la que experimentamos cuando saboreamos un manjar delicioso: ¡queremos más!

Me atrevería a decir que me considero un decidor, un relator de experiencias, simples, prácticas, surgidas de situaciones vividas o de percepciones propias sobre diferentes hechos o realidades.

Tal vez este estilo lo fui adoptando en mi adolescencia, al crecer en una ciudad pequeña ubicada en una región del interior de mi país, donde el campo y sus tradiciones prevalecían sobre el estilo de vida de las grandes ciudades.

Recuerdo cuando era un niño repetir frecuentemente la aventura de escaparme a uno de aquellos típicos almacenes de ramos generales, donde convivía la venta de todo tipo de productos con un bar o casi pulpería, lugar de reunión de paisanos de paso, con andar cansino, pocas palabras, rostros duros y curtidos por el sol.

Sus diálogos eran simples, sentidos, lentos, sin los arabescos y el adorno de las palabras cultas pero con la precisión descriptiva de un cirujano al operar.

Todo estaba fortalecido por la experiencia, lo empírico y las pausas que entre frase y frase le dan al que escucha la capacidad de asimilar. Ese respeto del decir y dar tiempo al otro para expresar su idea, sin ansiedad. Una payada de ideas a capela que disfrutaba absorto desde mi rinconcito de niño sorprendido.

Tal vez ese origen, de muchos silencios y palabras justas, sumado al estudio de filosofías prácticas y naturalistas, me dio una identificación con un estilo: expresar mis relatos y percepciones acompañados del respaldo de la experiencia y lo concreto.

Julio Cortázar, que era un mago en el uso de las palabras, nos dejó un texto referido a ellas que me impresiona cada vez que lo leo: Hay palabras que a fuerza de ser repetidas, y muchas veces mal empleadas, terminan por agotarse, por perder poco a poco su vitalidad. En vez de brotar de las bocas o de la escritura como lo que fueron alguna vez, flechas de la comunicación, pájaros del pensamiento y de la sensibilidad, las vemos o las oímos caer como piedras opacas, empezamos a no recibir de lleno su mensaje, o a percibir solamente una faceta de su contenido, a sentirlas como monedas gastadas, a perderlas cada vez más como signos vivos y a servirnos de ellas como pañuelos de bolsillo, como zapatos usados.

¡Hasta la próxima semana!

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